DON GILBERTO ESCOBOSA GÁMEZ. CRONISTA (1917-2007)





A propósito del Centenario de Don Gilberto Escobosa Gámez y la sentida evocación que en su portal Contactox le hace su hijo Claudio, comparto unas páginas de mi libro inédito "El Hermosillo que se nos fue. Postales de una familia del Barrio de Mayo":...

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-03-19 00:00:00

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Héctor Rodríguez Espinoza

A propósito del Centenario de Don Gilberto Escobosa Gámez y la sentida evocación que en su portal Contactox le hace su hijo Claudio, comparto unas páginas de mi libro inédito "El Hermosillo que se nos fue. Postales de una familia del Barrio de Mayo":

" ...

En el número 48 del Boletín Historia de Sonora, del Archivo Histórico del Gobierno del Estado, de Junio de 1987, aparecen unas palabras que me habían pedido expresar, semanas antes, en un homenaje al Cronista de la ciudad de Hermosillo, Don Gilberto Escobosa Gámez, por parte del H. Ayuntamiento del Municipio.

            El texto, que transcribo, se tituló:

LOS CRONISTAS DE LA PATRIA CHICA. HOMENAJE A GILBERTO ESCOBOSA GÁMEZ. RECUERDOS ÍNTIMOS Y DISPERSOS DEL BARRIO 5 DE MAYO. ...

            I." En la Revista Nexos de diciembre pasado su publicó un Ensayo llamado Suave Matria, del historiador michoacano Luis González. En ese texto, Don Luis, autor de la Novela Pueblo en vilo, pone frente a la patria, el concepto que él llama la matria, con el ánimo de rescatar lo que otros han llamado la Patria chica; pero todavía más: lo que yo llamaría la micropatria, que él define como: pequeño mundo que nos nutre, nos envuelve y nos cuida de los exabruptos patrióticos; al orbe minúsculo que, en alguna forma, recuerda el seno de la madre cuyo amparo, como es bien sabido, se prolonga después del nacimiento; es, también, área homogénea de características físicas y culturales diferentes de las áreas vecinas.

            En efecto, siempre ha sido la patria el valor que se nos  ha  infundido a través de los lemas militares, como: Frente a la patria, o se es leal o se es traidor; La Patria es primero; el mandamiento contenido en el Art. 3o. constitucional de inculcarnos el amor a la patria; y hasta aquel poema romántico y nacionalista de Ramón López Velarde, Suave Patria.

            Pero las Patrias no son muy fáciles de identificar, de aprehender y por tanto de amar. México cuenta con dos millones de kilómetros cuadrados, en los que habitamos, bien que mal, ochenta y cinco millones de seres humanos. Aún coexisten, con o sin nosotros, cincuenta y seis grupos étnicos, con sus originales dialectos y culturas. Los niveles de Historia Universal de quienes habitamos México, van desde quienes viven todavía en la edad de piedra pulimentada, hasta quienes lo hacen cotidianamente en la era de las micro computadoras. Cierto es, sin embargo, que los elementos que le dan cohesión a este abigarrado mosaico nacional - afirma González - son: el idioma español, la religión católica y el régimen político.

            II. Bajo esta Patria subyace un conjunto desigual y combinado de zonas, regiones y municipios. Unos parten al país en nueve zonas originales, una  de  las cuales sería la nuestra, la que llaman  el noroeste de los Jesuitas, en atención a los 170 fecundos años que ellos permanecieron rigiendo la economía, el espíritu y la conciencia de los pueblos del noroeste novohispano.

            Los ecologistas, por su parte, dividen al país en hasta doscientas regiones de esta índole. Cada vez más los académicos, entre Antropólogos, Historiadores, Economistas y Juristas, se dedican al estudio del desarrollo regional.

            La patria, pues, no obstante las redes modernas de comunicación social, terminan por convertirse en una entelequia que pudiese decirnos muy poco. (¿Qué podría significar, por ejemplo, para los guarijíos de alta sierra de Álamos y El Quiriego, o para los Seris de la costa de nuestro orgulloso Hermosillo, el águila devorando una serpiente sobre un nopal, símbolo nacional derivado de la fundación de Tenochtitlán, a casi cinco siglos y dos mil kilómetros de distancia?)

           Por ello, sin perjuicio de la necesidad nacional de reconocer y pertenecer a una patria común, máxime cuando tenemos frontera con una nación de cultura pesada y dominante, es necesario reconocer y pertenecer, antes, a algún núcleo social en el que nacimos, crecimos y adquirimos las vivencias, afectos y valores más tempranos, que conforman nuestra personalidad social. Ese corazón puede ser una ranchería, un ejido, un barrio, una colonia y hasta una ciudad de regular tamaño. Es en esos focos donde se da la primera identidad cultural, la llamada identidad de aldea, sin la cual no pueden sustentarse la identidad nacional y la identidad universal, a la cual todos los hombres y los pueblos debemos aspirar.

       Incluso esa vida costumbrista, bucólica y coloquial nos permite despojarnos de ciertas solemnidades y hasta tomarnos algunas libertades que traslucen una forma de ser y estar en nuestra comunidad. Nos permite, por ejemplo, tutearnos y hablarnos por medio de sobrenombres familiares.

            III. Estas miles de identidades, indígenas y mestizas, que coexisten en los 2,372 municipios de México, en las 96,000 localidades del país, evolucionan y se transforman conforme la nación va perdiendo su carácter rural y se transfigura en despersonalizante e industrial ámbito urbano. (Algo no muy distinto a esto le está ocurriendo ya, toda proporción guardada, a Hermosillo.)

            Inteligencias tan respetables como nuestros Gabriel García Márquez y Juan Rulfo y el místico poeta checo Rainier Rilke, coinciden en que, es en la edad temprana, la que llega hasta los ocho años, en la que se marca al humano, en el mero centro de su corazón, los pininos de las primeras huellas del camino que va a recorrer después. Por eso los educadores jesuitas, cuya paternidad civilizadora del noroeste de México -quiérase o no- es una verdad histórica, decían: Denme un niño hasta la edad de los siete años, y haré con él lo que quiera.

            IV.  Los historiadores Gilberto Escobosa y Flavio Molina pueden decir -mucho mejor que yo- que Hermosillo ya no es el conjunto de jacales que, con el nombre indígena de Pitiquín, conoció el Padre Eusebio Francisco Kino en 1686, en el actual vaso de la Presa Abelardo L. Rodríguez, en el paso de aquel humanista trentino a la Pimería Alta y al encuentro de su grandioso destino. No es, tampoco, aquella ranchería pomposamente llamada Real Presidio de San Pedro de la Conquista del  Pitic, durante los gobiernos coloniales de Agustín de Vildósola y Rafael Rodríguez Gallardo, en 1748, que habitaban unos pocos indios seris y mestizos, por el rumbo de la Casa de la Cultura; no es el rancho grande que conocieron y describieron Francisco José Velasco y el Capitán Guillete, en 1850-66, de siete u ocho mil habitantes; no es el bizarro, liberal y cervecero pueblo que, tan coloquialmente, retratan José Enciso Ulloa en Vidas Anónimas; Fernando A. Galaz, en Desde el cerro de la campana; Agustín Zamora, en La cohetera, mi barrio; Ana Ramírez, en El Señor del retiro; Catalina Acosta de Bernal, en Gemas; Enriqueta de Parodi, en Ventana al interior; Luis López Alvarez, en su costumbrista anecdotario Aquellos tiempos anchos; y Abelardo L. Casanova, en su novela Los pasos perdidos. No es la ciudad agrícola de 1950, que contaba ya con 43,519 habitantes, pero cuyos límites seguían siendo la calle Veracruz, al norte; el vado del río, al sur; la Capilla del Carmen, al oriente; y la colonia Centenario, al poniente.

            Por todo lo anterior, los que nacimos, crecimos, estudiamos y vivimos en Hermosillo, hasta hace unos cuarenta años, sabemos y sentimos los secretos imborrables de nuestra infancia y juventud. Inconscientemente nos acompañan siempre los recuerdos de la casa, la calle y el barrio donde nacimos; los amigos, las fiestas, escuelas y sucesos de aquel pueblo grande que fue hasta los años treinta; que se fue transformando en ciudad con la fundación, en 1942, de la Universidad de Sonora; y la apertura de las tierras al cultivo en la costa de Hermosillo, en la década de los cincuenta.

            V. Perdonándoseme la personal disgresión, pero ...¿cómo podría yo olvidar mi barrio de la 5 de mayo, y cuando desde el changarro La ciudad de Zacatecas de Don Odón Rodríguez Reynoso, mi padre, ví erigir -  en 1950  -  el majestuoso templo del Sagrado Corazón de Jesús? Allí, el Coro de Adoradoras del Altar, comandadas por la esposa del escultor Pedro Calles, entonaba:

 AVE MARÍA

El trece de mayo

la Virgen María,

bajó de los cielos

a Cobadiría.

Ave, Ave,

Ave María,

Ave, Ave,

Ave María.

A tres pastorcitos

la madre de Dios,

les abrió la puertas

de su corazón.

Ave, Ave,

Ave María,

Ave Ave,

Ave María.

Y esta otra :

 TÚ REYNARÁS

Tú  reynarás, este es el grito,

que ardiente exhala nuestra fé,

tú reynarás,¡ oh! rey bendito,

pues tu dijiste reinaré.

Reyne Jesús por siempre,

reine su corazón,

en nuestra patria y nuestro suelo,

que es de María la nación,

en nuestra patria y nuestro suelo

que es de María la nación.

Tú reynarás, Dulce esperanza,

que al alma llena de placer,

habrá por fin paz y bonanza,

felicidad habrá doquier.

Tú reynarás, dichosa era,

dichoso pueblo con tal Rey,

será tu cruz nuestra bandera,

tu amor será la nuestra ley.

Tú reinarás, en este suelo,

te prometemos nuestro amor,

¡Oh buen Jesús danos consuelo!

en este valle de dolor.

            También la melodía famosa en el ambiente de música coral sacra mexicana, inspiración del vecino del barrio, compositor y Maestro de muchas generaciones de coros escolares y religiosos, José Sosa Chávez:


PLEGARIA A JESÚS  SACRAMENTADO

Escucha Jesús la ferviente plegaria,

escucha la voz del que gime en la vida,

y llega hasta ti con la fe redentora,

que pueda calmar el dolor de una herida.

Venimos al pie de tu Sagrario,

trayendo una flor blanca y divina,

que riegue su olor en tu Santuario,

que arome el fervor de una oración.

Venimos a ti trayendo el alma

rendida de amor, cautiva y triste,

buscando la luz, la dulce calma,

que vuelve la paz al corazón,

 al corazón.

            ¿Cómo olvidar, también, las fantasiosas temporadas de lucha libre en el cine arena, protagonizadas por El  carnicero Butcher ,  El médico asesino, El gorilita Flores, El cavernario Galindo?; ¿cómo olvidar los panes teleras, virginias, cortadillos, cochitos  y birotes  nuevecitos de la panadería  La flor y nata?; ¿cómo olvidar aquel histórico jonrón de Jimmy Ochoa, en el noveno ining, para decidir en favor de Hermosillo, un partido frente a los engreídos Diablos Rojos de la Capital de la  República?; ¿cómo olvidar mis primeros aprendizajes en la Escuela Primaria Angel Arreola, que dirigía la profesora Zoyla Reyna de Palafox?; ¿cómo olvidar aquella grandota Escuela Primaria Heriberto Aja, cercenada ahora más de la mitad?; ¿cómo olvidar aquella Escuela Secundaria de la Universidad de Sonora que dirigió el profesor Amadeo Hernández Coronado, en la que enseñaron Emiliana de Zubeldía, Corralitos, El botas, El glostora, el Mayor Isauro E. Sánchez Pérez, El chipote Córdova?; ¿cómo olvidar las campañas de Antonio Toño Sánchez Rodarte, para Presidente de la FEUS, cuyos votos los obtenía regalándonos paletas de Don canti ... y un cúmulo de íntimos recuerdos que se agolpan en la memoria ...?  ¿... cómo ...?

            VI. Esa necesidad de contar con una identidad cultural matriótica, nos lleva a otra: la de contar con ciudadanos cuyo amor a su Matria les inspire la observación, la investigación, la preservación, el enriquecimiento y la divulgación de los pequeños grandes sucesos que van construyendo, día a día, la historia de sus lugares de origen. Ellos son los cronistas.

            Para aquilatar su importancia social, basta preguntarnos: ¿qué fuera de la historia del país sin sus Códices prehispánicos, las Cartas e Informes de relación y la Crónicas de los indígenas de Mesoamérica y de los cronistas europeos?; ¿qué fuera de la historia de Sonora, si no contáramos con las crónicas de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Francisco Vásquez de Coronado, Andrés Pérez de Rivas, Eusebio Francisco Kino, Luis Xavier Velarde, Giuseppe María Genovese, Daniel Januske, José Agustín Campos, Juan Nentuig, Ignacio Pfefferkorn, Rafael Rodríguez Gallardo, Francisco Velasco, Edurdo W. Villa, Francisco R. Almada, Laureano Calvo Berber, Manuel Sandomingo,...?¿ Qué fuera de las historias de Hermosillo, sin las crónicas de los intuitivos cronistas hermosillenses que antes mencioné?

            VII. Sin falsos y manipuladores patriotismos y matriotismos; con una sólida conciencia de las raíces que nutren nuestro árbol municipal, es como los individuos y las naciones podemos aspirar a merecer el respeto universal, y cruzar, con orgullo y dignidad, los miles de caminos de otras culturas de este planeta.

            Enhorabuena que el Ayuntamiento de Hermosillo le da el rango moral, que de suyo le corresponde, al ser y quehacer del cronista; en este caso, el reconocimiento que le rindió el 17 de febrero próximo pasado; y en él, a la memoria de todos aquellos hermosillenses quienes nos han legado un atesorable depósito de conocimientos y sentimientos invaluables y trascendentes: Don Gilberto Escoboza Gámez.”

            (Al día siguiente del acto de reconocimiento al cronista de Hermosillo, se instituyó en la Capital de la República, el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, en una ceremonia solemne encabezada por el Presidente de la República. La razón de substituir a un cronista, por un Consejo de la crónica, fue la de concebir la memoria de una gran ciudad, como  una tarea colectiva y de distintos criterios, con el apoyo incluso de los avances de la moderna informática, y no dejar esa enorme carga y responsabilidad en las espaldas de una sola persona, de carácter injustamente honorífico y obligado a trabajar prácticamente con las uñas. En aquel monstruo centralista se invitó a distinguidos habitantes, por encima de toda sospecha, para evitar crónicas, juicios,  resoluciones efímeras y sexenales: Rufino Tamayo, Octavio Paz, José Iturriaga (quien dió la idea para que el Centro Histórico fuese rescatado), Andrés Henestrosa, Luis González y González, Silvio Zavala, Efraín Castro Morales (exDirector de Monumentos Históricos, autor del  Catálogo  del  Centro  Histórico  y  Cronista de Puebla), Homero Aridjis ( representante del Grupo de los cien),  Teodoro  González  de  León  (Arquitecto que construyó el edificio de  El Colegio de México y el Museo Tamayo), Andrés Lira, Rogelio Álvarez (autor de la Enciclopedia de México), Carlos Fuentes ( quien no fue a la ceremonia por hallarse en Moscú), los ex cronistas José Luis Martínez y Miguel León Portilla, Emmanuel Carballo, José Luis Cuevas, Ramón Xirau, Fernando Gamboa y Guillermo Tovar y de Teresa.

       Sería saludable ir pensando en adoptar, con nuestra lógica y características particulares, un modelo así, apropiado para las cientos de realidades culturales de Hermosillo, y de los otros Municipios del Estado). ...”

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