CALLE RAFAELA RODRÍGUEZ 





Heroína sonorense. Rafaela Rodríguez Sanders, nació el 24 de octubre de 1927 en Acaponeta, Nayarit, vivió en Hermosillo con su mamá en una casa ubicada en No Reelección y Juárez; estudió en la Escuela Rébsamen, laboró allí mismo

Por Juan Antonio Ruibal Corella
Fecha de publicación: 2019-06-09 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Politica

 
 
 

Por Juan Antonio Ruibal Corella

De su libro titulado "PERSONAJES DE LA CIUDAD. Nombres de algunas de las calles más representativas de Hermosillo”

(Colonia Balderrama)

Heroína sonorense. Rafaela Rodríguez Sanders, nació el 24 de octubre de 1927 en Acaponeta, Nayarit, vivió en Hermosillo con su mamá en una casa ubicada en No Reelección y Juárez; estudió en la Escuela Rébsamen, laboró allí mismo y en la Escuela Heriberto Aja y en planteles de Sonoyta, Carbó, Querobabi, Luis B. Sánchez y Nacozari. En el año de 1953, se fue a radicar a Etchojoa, para trabajar en la Escuela Primaria Gral. Ignacio Zaragoza a cargo del grupo de primer año. 

A fines de la cuaresma de 1954, cundió en todas las aulas escolares del Estado, una heroica tragedia de una profesora de Etchojoa. El relato lo hace una testigo Julieta Ramírez (hoy señora de Urrea) entonces niña de 6 años de edad, que logró ser salvada por la Maestra, minutos antes de su hundimiento en las aguas del Río Mayo. Este es su testimonio:

"El domingo 14 de mayo de 1954, después de acudir a misa, la profesora invitó a un grupo de alumnos a paseo al río. Julieta recuerda: "La alegría inundaba mi corazón al encaminarnos al paseo que prometía ser inolvidable. A pesar de que mi mamá no tuvo tiempo de prepararme el lunch, no me preocupaba, sabía que estando con mi señorita, de ninguna manera pasaría hambre; ella había ofrecido compartir conmigo su almuerzo. Llevaba una bolsita de estraza con unos panecillos rojos entre otras cosas. Llegar al río y empezar a neciar por meternos al agua, fue sólo una cosa: en el total olvido quedaban las promesas ofrecidas a cambio del permiso obtenido de no meterme al agua.

"La señorita trató de convencerme de que me mantuviera en la orilla, pero yo – niña al fin y al cabo- insistí para meterme junto con mis compañeritas, éramos cinco. Ante los lloriqueos ella accedió, pero recién iba entrando al agua empecé a sentir como mis pies se hundían de manera extraña en unas hondanadas. Las niñas que entraron primero, gritaban desesperadamente por ayuda, para salir de aquella trampa que el río nos había tendido.

"La profesora, sin pensarlo siquiera se lanzó rápidamente en nuestro auxilio; a mí fue a la primera que sacó –quizá porque era la que estaba más cerca de la orilla-; alcanzó a ayudar a otra niña. Una más recuerdo que salió por sí sola arrojando agua por la boca y nariz vomitando. Pero el río cobró dos víctimas: la profesora que prefirió ofrendar su vida antes de salir dejando a la última de las alumnas que quedaba, perdiéndose ambas en la profundidad, ante nuestros ojos aterrados.”

"Tomé la bolsita de su lunch y echamos a correr hacia el pueblo para dar aviso de los que estaba pasando y solicitar ayuda. Nos encontramos con un señor que pastoreaba, quien el escuchar nuestro relato, alcanzó a decir: `No pues la profesora ya debe estar muerta´. Sin dar crédito a sus palabras –temiendo lo peor-, llegué no a mi casa, sino a la casita que ella habitaba, en donde permanecía sola viendo la bolsita de la cual compartiríamos el alimento, sin atinar a hacer otra cosa.

"Pasaron no sé si horas o minutos –el tiempo parecía haberse detenido-, tomé camino a casa, en donde todo era angustia, pensaban que yo me había ahogado, ya que no me encontraban. Y el momento de la sepultura llegó, a la señorita la velaron en la escuela. Al principio no me permitieron asistir, pero mi mamá accedió, sólo para despedirme de mi adorada profesora…”

El 25 de junio siguiente, el Comité Ejecutivo de la entonces Federación Estatal de Maestros de Sonora, erigió un busto a su memoria en la "Casa del Maestro”, ubicada por la calle Obregón que fue develado por el Gobernador Ignacio Soto. El Presidente Ruiz Cortines le entregó post mortem, la medalla Ignacio Manuel Altamirano. Una escuela y la mitad del boulevard principal de Etchojoa llevan su nombre, así como una calle de Hermosillo que atraviesa las Colonias Balderrama y Olivares; no obstante su tumba en el Panteón Yáñez con el epitafio "Valor y abnegación” permanece polvorienta y olvidada.

@(Copyright) Juan Antonio Ruibal Corella, Todos los derechos reservados

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110.- Datos proporcionados por el Dr. Héctor Rodríguez Espinoza.

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