LOS APUROS DE LOS IMPERIALISTAS EN SONORA





El 13 de marzo de 1866 regresó al Estado don Ignacio Pesqueira, después del fallecimiento de uno de sus hijos y de su esposa. Esto último ocurrió en Tubac donde instalaron provisionalmente su hogar. La ausencia del general duró varios meses...

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2019-02-04 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 
 

Por Gilberto Escobosa Gámez

(1866)

El 13 de marzo de 1866 regresó al Estado don Ignacio Pesqueira, después del fallecimiento de uno de sus hijos y de su esposa. Esto último ocurrió en Tubac donde instalaron provisionalmente su hogar. La ausencia del general duró varios meses recuperándose de su profunda pena. En esas fechas los republicanos habían obtenido triunfos importantes contra los imperialistas y los soldados de la Legión Extranjera; la balanza de la victoria se inclinaba hacia los hombres que luchaban por su patria.

Don Jesús García Morales, gobernador provisional, se apresuró a  entregar el mando a  Pesqueira y por su parte el General Ángel Martínez, al mando de los macheteros enviados a Sonora por el General Ramón Corona, jefe del Ejercito de Occidente, se presentó a informar y a recibir órdenes. Nunca en la historia de Sonora tres grandes jefes militares lucharon con tan buena coordinación, de  acuerdo a las circunstancias, como estos tres hombres patriotas; y por supuesto, a partir de allí la campaña empieza a producir mejores realizaciones.

El 4 de mayo de 1866 los tres jefes mexicanos, con sus respectivas unidades, lanzaron un tremendo ataque a la Ciudad de Hermosillo, introduciéndose por el lado de la Capilla del Carmen en una forma tan violenta, que llegaron hasta la Casa Municipal haciendo huir más que de prisa a franceses y mexicanos imperialistas. En menos de una hora los republicanos estaban esparcidos por La Alameda (hoy Parque Madero) y todas las calles buscando enemigos. Sin embargo, unos minutos después el clarín anunció que una fuerza imperialista, combinada, se acercaba y enseguida se dio el toque de reunión para evacuar la plaza.

Durante el combate el General Martínez ordenó que se vigilaran las salidas de la ciudad, ya que tenía muchos deseos de tomar prisioneros a las jefes enemigos y, sobre todo, al prefecto del Imperio don José María Tranquilino Almada, a quien había derrotado en Álamos el día 7 de enero anterior, y se le había escapado. Pero el tan deseado individuo había logrado salir de la ciudad, huyendo velozmente con más de 300 hombres de su tropa con rumbo a Ures.

Ese día del ataque de los republicanos a Hermosillo, don José María Tranquilino Almada estaba de suerte, por dos razones: porque logró salir con vida después de su derrota frente a quienes más que nada deseaban fusilarle y, segunda, porque a unos diez kilómetros de distancia del lugar en que escapó, encontró una fuerza imperialista que venía en su auxilio, que le salvó de sus perseguidores.

Mientras los republicanos se reunían para evacuar todos juntos la plaza, un piquete de caballería de la retaguardia de Martínez se batía en retirada con los soldados del Imperio.

Furiosos los imperialistas penetraron nuevamente a Hermosillo, porque ya tenían información de que los hermosillenses habían celebrado el triunfo republicano que se acababa de frustrar.

En cuanto llegaron a la ciudad los imperialistas, comenzaron a cometer toda clase de atropellos con la población civil y a asesinar a los prisioneros heridos.

A mediados de mayo Martínez con sus macheteros atacó Ures y aunque al principio tuvo éxito, finalmente hubo de desistir y salir a prisa rumbo a Topahue, de donde enseguida marchó a San Marcial.

En esas fechas, mes de mayo de 1866, los imperialistas daban comienzo a su calvario; no recibían con regularidad los fondos del pago de sus tropas y carecían de suficientes elementos de guerra. En el resto de la República los soldados franceses habían recibido órdenes de concentrarse en la Ciudad de México para posteriormente regresar a su país por el Puerto de Veracruz.

A partir de allí los amigos del imperio, cuando menos muchos de ellos, sabían que estaban sentenciados a muerte, ya que no eran pocos quienes habían abusado del poder que les dio el gobierno de Maximiliano.


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