EL ASALTO AL BANCO (Cuento)





Hace media hora que cambié el disfraz de cebra, por un traje. Las puertas de la prisión fueron cerradas después de que pasé por ellas, y en esta ocasión quedé en el exterior como cualquier hombre libre que puede marcharse a donde le dé la gana...

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2019-01-22 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 
 

Por Gilberto Escobosa Gámez

De su último libro titulado "LOS CUENTOS DE DON GILBERTO”

Hace media hora que cambié el disfraz de cebra, por un traje. Las puertas de la prisión fueron cerradas después de que pasé por ellas, y en esta ocasión quedé en el exterior como cualquier hombre libre que puede marcharse a donde le dé la gana... si le dejan entrar. Sin embargo, mi caso no es igual al de los otros que cuando salen de la cárcel no les ocupan ni para ensalivar una ventanilla de correos. La entrada y salida de chirona me dio una popularidad inusitada en un hombre que parece que nació reñido con el arte. Un asno afónico cantaría mejor que yo las canciones de la "nueva ola”, un rinoceronte reumático me ganaría en un torneo de baile, y lo único que toco de cuando en cuando son las puertas. No obstante, no crean ustedes que esta popularidad me salió de oque, porque me costó noventa días de permanencia en la sombra, donde, modestia aparte, hice muy buenas amistades y adquirí –válgame la expresión- un montón de conocimientos que en casos de apuro podrán darme el pan de cada día con el sudor de la frente ajena. Ahora mismo, si alguna de las personas que han venido a felicitarme (por la salida, no por la entrada en la cárcel) le podría despojar del reloj, la billetera y los calcetines, sin sacarle los zapatos. Mas, afortunadamente, esas habilidades y muchas más, quedarán sólo para los casos muy especiales, pues el señor alcaide, a modo de indemnización por los días que estuve en su "hotel”, echó en uno de los bolsillos de mi saco mil quinientos pesos y una constancia de que no soy un delincuente.

-Entonces... –pensarían ustedes- ¿este hombre que nos dirige la palabra estuvo en la cárcel en calidad de turista?-. Ese sarcasmo lo digo yo antes de que me lo digan, para luego explicarles todas esas cosas que determinaron que mis amados huesos (que ojalá algún día reposes en la Rotonda de los Hombres Ilustres) fuesen a dar a la prisión. Mis dificultades empezaron durante el asalto al Bando, adonde yo iba todos los días a disfrutar de la refrigeración, ya que el señor gerente había prometido darme un empleo cuando se presentase la primera oportunidad, y diariamente me decía: "Peritos, dese una vueltecita mañana”, con lo cual llegué a sentirme en órbita como un satélite artificial. Tantas veces concurrí a la institución bancaria, que ya los empleados me trataban con afecto, exceptuando a uno de los cajeros que por ser tan presumido parece que se cree el inventor de la carabina de ambrosio. Este sujeto, en mayor grado, fue uno de los causantes de que pusieran en mi pecho un número que no es precisamente el del "gordo” de la Lotería.

Pues... sí. Hace aproximadamente noventa días con treinta minutos y cuarenta y dos... tres segundos, estaba yo sentado en un banco del Banco, cuando entraron tres sujetos encapuchados... ¿Disfraces de Ku-Klux-Klan, en México, o... quizá... el Banco quería poner a prueba el valor de sus empleados? ¡Que bah! El señor gerente temblaba como un pedazo de gelatina y la polilla de su indumento se santiguaba creyendo que aquello era el peor temblor que sufrían todas las generaciones de su especie; los señores cajeros, incluyendo al descubridor del arco iris, quedaron con sus bocas como a punto de morder un durmiente de ferrocarril; una de las secretarias cayó sin sentido con la cara encima de una escupidera; los clientes levantaron simultáneamente los brazos y a un pobre señor gordo se le cayeron los pantalones al sumir la barriga. Todo el mundo quedó en su lugar, exceptuando a los heroicos guardias que salieron como alma que lleva el diablo por una puerta trasera.

Y en el centro de aquel maremágnum yo, como no tenía pito en la orquesta, permanecí tranquilo, observando todo con detenimiento, hasta puedo asegurar que me divertía por la forma en que la gente reacciona en estos casos, pues hasta los bandidos estaban asustados. Tomé nota del tiempo que duró el asalto: Tres minutos y medio; y en ese mismo lapso, tomando en cuenta que los guardias corrían a una velocidad de 60 kilómetros por hora estimulados por el miedo, llegaban a la Jefatura de Policía.

Cinco minutos después de que salieron los asaltantes, todos se sintieron con pasta de héroes. El señor gerente corrió hasta su oficina de donde quitó de la pared el arcabuz de ornato y comenzó a gritar: "¿Dónde están los bandidos?”, repitiendo la frase y amenazando disparar la antigualla. Luego todos, menos yo, salieron valerosamente a perseguir a los ladrones, y ahí fue donde resultaron varios heridos porque en la puerta de salida a la calle, no cupo tanta gente, y muchos fueron pisoteados, incluso el señor gordo que, sin sentirse héroe pero sí pudoroso, se empeñó en subirse los pantalones en medio de aquel tumulto.

Media hora después de que la diligente Policía recibió el aviso de los bizarros guardias del Banco, se presentaron en el lugar del asalto veinte agentes policíacos con las pistolas en la mano listas para ser disparadas. 

Entonces, cuando ya había pasado el peligro, el interventor de la carabina de ambrosio se le encendió un foquito en el cerebro y se sintió un Peter Pérez, sin llegar siquiera a un modesto Pito Pérez, y me señaló como miembro de la pandilla porque:

1º. Fue el único que no levantó los brazos,

2º. Fue el único que permaneció tranquilo,

3º. Fue el único que no persiguió a los bandidos después del asalto, y

4º. Fue el único que mostró miedo cuando llegó la Policía.

Cuando el nuevo Sherlok Holmes me acusó, dos cumplidos agentes comenzaron a tirar de mis brazos, cada quien para su lado; y si un teniente no grita "¡Alto!”, me dejan con la Venus de Milo.

Después, ustedes ya saben, estuve como Ladrillo en la cárcel, cantando durante tres meses "el prisionero número catorce” y enloqueciendo a los compañeros de celda, quienes bondadosamente me decían: "No la chifles, compadre; mejor báilala”.

Pero por fortuna para mí y para los otros pájaros enjaulados que sufrían por mis gorjeos, unos detectives particulares contratados por el Banco, secretamente, aprehendieron a los asaltantes valiéndose de las observaciones que hice de los bandidos en el momento del asalto. Y cuando la noticia fue difundida por una radiodifusora local, casi todo el pueblo sintió compasión por mí y vino a estar presente en mi excarcelación.

En este momento mi esposa me abraza y estamos rodeados por nuestros ocho niños, y el pueblo aplaude como si yo fuese un gran personaje. También yo estoy muy contento porque mi esposa me acaba de decir que el Banco me ha nombrado su jefe de guardias.

¿Verdad que no sería atinado escamotearle la billetera al señor gerente del Banco, quien vino también a felicitarme, para luego decir: una de cal por las que van de arena?

@(Copyright) Claudio Escobosa Serrano, Todos los derechos reservados

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