"HORAS DE ANGUSTIA” (Cuento)





Chémali Rodríguez vio su reloj y se dijo: - ya son las doce del día. El sol en el cenit dejaba caer sus ardientes rayos verticales en aquel verano sin lluvias. El hombre sudaba copiosamente cerca de su caballo muerto por iniciativa de su amo.

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2018-12-06 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 
 

Por Gilberto Escobosa Gámez

De su último libro titulado "Los Cuentos de Don Gilberto”

Chémali Rodríguez vio su reloj y se dijo: - ya son las doce del día.

El sol en el cenit dejaba caer sus ardientes rayos verticales en aquel verano sin lluvias. El hombre sudaba copiosamente cerca de su caballo muerto por iniciativa de su amo. Era el mejor animal de su especie "en muchas lenguas a la redonda”, como pintorescamente afirmaban los vaqueros de "La Aurora”, no sin un dejo de orgullo:

Chémali sintió la urgencia de cambiar de posición a su cuerpo caído pero el dolor que sintió en su pierna fracturada le hizo emitir un grito apagado; tampoco pudo mover el brazo izquierdo que sangraba a ratos por una enorme herida. Todavía no lograba explicarse cómo logró desenfundar la carabina de la montura y dar muerte al noble animal, evitándole así un sufrimiento estéril a "Lucero”. La caída de ambos, por causas de la pisada de la cabalgadura sobre un terreno fofo, fue de graves consecuencias.

El tiempo transcurría lentamente, con esa lentitud con que se miden las horas cuando los dolores físicos son intensos. Nuevamente vio su reloj y se dijo en voz alta que solamente eran las dos de la tarde, y al hacer cuentas no podía concebir cómo aquellas ocho horas que tenía tendido sobre la yerba seca y rala, la parecían días enteros.

A las cinco de la tarde Chémali se esforzaba en no desesperarse, porque a ratos sentíase presa de la angustia y comprendía que ésta suele ser mala consejera. Ahora los rayos del sol no eran tan fuertes, pero temía pasar la noche allí solo con su caballo muerto, máxime que el cadáver del animal había empezado a hincharse. Trató de no pensar en nada, lo cual le resultaba imposible.

Llegó la noche y con dificultad por tener un brazo inmovilizado, sacó su reloj de bolsillo que su padre le había obsequiado antes de morir. Eran las ocho, y sin embargo, todavía a lo lejos se veía el crepúsculo con sus resplandores rojiazules. 

El Estado de Sonora es una de las entidades de la República que tiene los climas más extremosos y los días más largos en cuanto a luz solar. Y se puede decir sin hipérbole, que tiene también los crepúsculos más hermosos del mundo. Igualmente podemos asegurar que los habitantes de Caborca, Pitiquito, Altar y Hermosillo disfrutan de los mejores atardeceres de Sonora. Parece que la naturaleza, cicatera para dar lluvias y buenas temperaturas, nos obsequia con esos espectáculos que se ven al morir el día.

Pero aquel día de agosto, José María Rodríguez no estaba en condiciones de disfrutar el crepúsculo multicolor. Los dolores de su pierna, ya muy inflamada, le habían aumentado con la humedad de la brisa; y fue hasta la madrugada cuando tuvo un respiro de sus dolencias. El hombre comenzó a pensar y reflexionar sobre los últimos acontecimientos que afectaban a él y a su familia. Últimamente sus relaciones con María, con quien tenía doce años de casado, iban de mal en peor al grado de que estaban a punto de tramitar la separación legal; "Es muy posesiva”, se dijo, "y la atención del rancho me impide dedicarle más tiempo a ella. Y a causa de estas sequías no he logrado cumplir mis compromisos con los bancos...Es esto último lo que me ha agriado el carácter; desde hace un año no me soporto yo mismo y aún menos María y mis amigos”.

Chémali, a pesar de su estado hacía examen de conciencia y analizaba su comportamiento. Mas no pudo continuar con sus meditaciones porque volvieron los dolores punzantes, siendo cuando empezó a estudiar su propia situación.

- Cuando salí del caserío nadie me vio; por eso no extrañan mi ausencia. Creo que nadie vendrá a buscarme y aquí moriré; la gangrena no tardará en atacar el brazo y la pierna heridos. Si grito pidiendo auxilio nadie oirá; debo estar a una distancia de cinco kilómetros de las casas.

El dolor agudo volvió a sentirlo al salir el sol, acompañado de una terrible sed. Se tocó con la mano sana los labios y se dio cuenta de que estaban resecos y agrietados, trató de humedecerlos con la lengua y se percató de que estaba tumefacta. Luego pensó que ojalá pudiese descalzarse, lo cual era imposible porque el pie herido estaba tan inflamado que casi reventaba la bota vaquera.

La soledad es amiga del pensamiento y de las meditaciones y cuando las horas de angustia son dilatadas, quien las sufre suele enjuiciar su vida y a empequeñecer los problemas y las dificultades que creía insoportables, porque lo que importa en esos momentos es la propia vida. Por eso los moribundos en sus postreros momentos de lucidez se despojan de ambiciones y rencores, perdonan y piden perdón por lo que en circunstancias normales no harían. Y en los instantes en que la vida y la muerte disputan por su presa, quienes fueron codiciosos y mezquinos actúan como seres generosos.

Chémali se acercaba a la agonía y eran muchos los minutos que perdía el conocimiento. A las dos de la tarde del día siguiente al del tropiezo, ya no sentía ningún dolor y en sus ratos lúcidos sólo le provocaba temor la presencia de las aves de rapiña que se acercaban al cadáver de "Lucero”, y pensó: "Luego seguirán conmigo”.

Hubo momentos en que los zopilotes se acercaban tanto a Rodríguez, que cerraba los ojos para esperar picotazos. Por eso hacía esfuerzos inauditos para no volver a la inconsciencia.

Poco antes de que el sol se ocultara en el horizonte, como entre sueños oyó el pisar de un caballo y como buen ranchero, por medio de la audición se percató que sobre el animal venía un jinete. Trató de gritar y no pudo; de su garganta no salía voz alguna. Enseguida fue dominado por el sopor y tardó media hora en despertar. Luego pensó: - "¡No me vio, Dios mío!”

La luna ya mostraba su rostro luminoso cuando José María creyó que la fiebre había llegado a la fase de delirio, al escuchar ruidos, voces y llanto de su mujer, y no sintió nada al ser colocado con mil precauciones en una camilla improvisada y le subieron en la camioneta del rancho.

Durante cinco días Chemalí permaneció inconsciente; no con el sueño que precede a la muerte, sino por los somníferos que le administraban por prescripción facultativa. Al término de ese lapso abrió los ojos y tuvo un estremecimiento al creer que los zopilotes empezarían a devorarle. A su lado estaban su esposa, sus dos hijos y el médico. En el rostro de la mujer se adivinaban las horas de zozobra que había vivido. El enfermo sólo pudo balbucir:

- ¡Perdóname, María, me he portado muy mal contigo!- y luego añadió: "Los negocios del rancho marchan mal por la sequía de dos años y... – aquí Rodríguez hubo de callar porque la mujer no le oiría; estaba sollozando.

El enfermo ya se había percatado de que le faltaba una parte de la pierna derecha, desde un oco debajo de la rodilla, y creyó que por eso su esposa lloraba, entonces díjole él: -Mujer, no te preocupes más, me siento feliz de volver a la vida, aun con media pierna menos... ¿Para qué me servirían mis dos piernas si estuviese dos metros bajo tierra?

En las circunstancias en que se encontraba José María, cualquier otro hombre hubiese tenido un acceso de histeria o de llanto al verse mutilado; pero los sufrimientos físicos y el verse tan cerca de la muerte le habían dado fortaleza de espíritu y una gran hombría.

Unos momentos después llegó el vaquero que le había localizado casualmente. Esa tarde, al ver que los zopilotes merodeaban sobre un lugar en el rancho y creyendo que algún animal de uña había sacrificado un becerro, fue a investigar.

Chémali pensó: "Mi querido "Lucero” me salvó aún después de muerto”.

Luego el ranchero informó a su patrón que el día anterior había llovido en "La Aurora”. Su esposa, por su parte, le entregó una carta del Banco con la que se le concedía una prórroga de dieciocho meses para comenzar a amortizar el crédito a largo plazo que el año anterior le había otorgado.

Cuarenta y cinco días después, Chémali volvía a "La Aurora” con media pierna mutilada y dos muletas, acompañado de su mujer y sus hijos. Su carácter había cambiado radicalmente después de las horas de angustia. Sólo dejo al subir con dificultad los tres peldaños de la entrada a su casa: - ¿Será cierto María, que con la pierna ortopédica que me llegará dentro de dos meses, podré bailar contigo mi próximo cumpleaños?

Al pasar el umbral de la casa José María y su mujer reían como un par de colegiales. 

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