GILBERTO GUTIÉRREZ QUIROZ Y LOS PLATILLOS DE UN DESPIDO MUSICAL





Cuando la rectoría le ofreció al Mayor Isauro Sánchez Pérez un aumento de sueldo, nos manifestó que sólo lo aceptaba si también se le autorizaba a su compañera Emiliana de Zubeldía.

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2018-09-15 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad

 
 
 
 
 

Héctor Rodríguez Espinoza

Cuando la rectoría le ofreció al Mayor Isauro Sánchez Pérez un aumento de sueldo, nos manifestó que sólo lo aceptaba si también se le autorizaba a su compañera Emiliana de Zubeldía.

I. Por razones de preciosismo literario, en el programa La mirada del búho de la anterior Vicerectoría de la Universidad de Sonora, ha quedado pendiente de publicación de mi ensayo biográfico MAYOR ISAURO SÁNCHEZ PEREZ. UNIVERSITARIO SONORENSE REPRESENTATIVO.

Con elegante prólogo del galardonado Cuentista Mtro. Luis Enrique García Pérez y un completo bosquejo de toda una vida entregada a la patria y a la música sinfónica de banda –muy pocos como él-, le pedí también su colaboración al Lic. Gilberto Gutiérrez Quiroz.
 
Gilberto_Gutierrez_Quiroz

Con motivo del otro y reciente homenaje del H. Ayuntamiento de Hermosillo, al imponerle su nombre al Boulevard que conduce a San Pedro el Saucito, es oportuno compartir y recrear unas bellas e inéditas páginas de su juventud:

II. "EPÍLOGO.

Mi despedida musical. En octubre de 1949 fui a dar con el Mayor Isauro Sánchez Pérez, en búsqueda de hacer realidad mi ilusión de convertirme en trompetista dentro de la incipiente Banda de Música de la Universidad de Sonora.

Como becario de la Universidad, se consideraba como obligatorio deber del estudiante de la Escuela Normal, el formar parte de la Banda de Música o del Orfeón Universitario dirigido por la inolvidable Emiliana de Zubeldía.

A pesar del ya conocido y admirado "vibrato” de mi voz, no creía que la música cantada era mi destino. Yo ya había visto películas musicales de Fred Astaire y había escuchado las trompetas de Jimmy Dorsey y de Harry James. Quería ser famoso y aquí estaba mi oportunidad.

Llegué al salón de ensayos y vi a un alegre grupo de jovenzuelos, casi niños, practicando. Ahí estaban, con sus trompetas, sus clarinetes, saxofones, trombones de vara y hasta la Tuba que pocos años después -a mediados de los años 50s-, tocaría Rafael García Maheda, el hoy Maestro Doctor en Derecho Héctor Rodríguez Espinosa, su recordado hermano Luis, los Curiel Jacobo, Teresita Saldate y otros más.

Los más veteranos los fui conociendo a lo largo de mis tres años en la Escuela Normal y a estos muchachos los vi ya cuando fui Jefe de Extensión Universitaria en el período del Dr. Moisés Canale Rodríguez.

Me acerqué al Mayor. Le informé que el Profesor Rosalío E. Moreno, Secretario General de la Universidad, me enviaba para formar parte de la Banda de Música. Se retiró sin un gesto. No me oyó o no quiso oírme.

Pero no me moví. En esos tiempos ya había leído a Lobsang Rampa y sabía de su larga y fructífera espera para convertirse en monje Tibetano. No me moví.
 
Mayor_Isauro_Sanchez_Perez_Banda_Los_Zapadores

Cuando le dio la gana el Mayor se separó de sus muchachos y vino a preguntarme qué quería. Le dije que deseaba estudiar música y, específicamente la trompeta, bajo su dirección.

Guardó su silencio. Pasó a decir no sé qué cosas a algunos muchachos y nuevamente, cuando así le pareció, regresó a donde yo esperaba.

- ¿Sabe algo de música?-. No sabía yo qué contestar ni quería decir alguna mentira.

- No, señor. Quiero aprender.

- ¿Sabe solfear?-. No pude mentir, conocía el nombre de las notas, el pentagrama y la Clave o Llave de sol. Y párele de contar.

- No señor.

- Venga mañana a las cinco de la tarde.

Ahí estuve al día siguiente, ilusionado con la posibilidad; me acompañaban, por curiosidad, Ivón Méndez quien ya pulsaba la trompeta muy regular y otros curiosos.

Ivón Méndez. Merece un capítulo aparte. Fue el mejor trompetista que ha dado Sonora, integrante de orquestas famosas como las de Dámaso Pérez Prado, el Rey del mambo –con quien realizó grabaciones y una gira a Nueva York y Japón-, Pablo Beltrán Ruiz y Chucho Rodríguez, entre otras.

En sus vacaciones de diciembre, en Hermosillo, reforzaba con sus propios arreglos y trompeta a orquestas locales, como la de Manuelito García, la de los Hermanos Ureña, para las cuales era un lujo tenerlo de solista.

Al quedarse a residir en la capital del Estado, fue subdirector de la Banda de Música del Estado y Director de la Banda de la Escuela Secundaria Juan Escutia. Infortunadamente la traicionera diabetes terminó con su vida, un tanto prematuramente.

Héctor Rodríguez Espinoza insiste que tanto los músicos de la vieja guardia como los jóvenes le deben un reconocimiento, así sea póstumo, como los que, en vida, se les ha hecho al trompetista y arreglista Rodolfo "El Chino” Medina y a los extraordinarios saxofonistas Ángel Valdés y Armando "El Kennedy” Noriega, en el Festival anual Ortiz Tirado, en el pueblo mágico de Álamos.  

Volviendo a mis curiosos acompañantes, también estaban Rafael Ballesteros, Virgilio López Soto y creo que Mario Villalobos Luna, de Esperanza.

El Mayor me examinó con la mirada, por encima de sus anteojos de aro claro y cristales sin limpiar. Nada se manifestó en su semblante.

- Venga conmigo-, me indicó. Lo seguí y me condujo al otro lado del salón donde estaban practicando algunos de los componentes de la banda. Ahí arriba estaba un muchachito y me llevó con él; tomó en sus manos unos discos enormes y los puso en mis manos. – "Explícale cómo se usa este instrumento”-, le instruyó. Aquel niñito se me quedó mirando y con una sonrisa de fastidio me mostró aquellas cosas redondas con las que estaba practicando. ¡Platillos!

Toda mi ilusión enviada al orfanato musical. ¡Los Platillos!

Así  juzgaba el Mayor el nivel de mi vocación musical. Me sentí ofendido; ¡No lo podía creer! De lejos, Rafael Ballesteros, el sensible poeta con quien había comentado mis ilusiones de trompetista, se reía inmisericordemente de lo que me estaba sucediendo.

¡Los platillos! Consideraba aquello como una burla pero pensé, como lo hubiera hecho Lobsang Rampa, que era como una prueba de disciplina que el Mayor me estaba imponiendo y que debía ser conveniente que luego luego la superara. Así que acepté la forzada indicación de escuchar las explicaciones de aquel sonriente muchachito. No estoy seguro, pero podría decir que se trataba de Héctor Lorenzo "El Pipí” Puebla, hermano del ingeniero Manuel Puebla y del doctor Aurelio Puebla y, consecuentemente, hermano también de la Lolis  y de Bernardo.

Aquel jovenzuelo procedió a hacerme una demostración.

- Es fácil -comentó-. Solamente tienes qué conservar el ritmo y fijarte cuándo te toca entrar. Fíjate- indicó. Empezó como marcando el paso en el mismo lugar, como llevando la marcha sin moverte. – Uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro. Luego puso aquellos metales redondos en mis manos y me indicó cómo tomarlos, uno en cada mano. Me insistió que debía de tomar las baquetas introduciendo la mano dentro del aro formado por el cuero que servía para sujetar cada platillo. Me explicó, como si le hablara a un deficiente mental: "deben de tomarse así” y no encerrando las baquetas dentro del puño, porque se corría el riesgo de soltar el platillo y eso, al rodar por el piso, producía un ruido violento que "le molestaría mucho al mayor y no lo perdona”. Luego me indicó que siguiera su ejemplo.

Empecé. Uno, dos, tres, cuatro; hacer sonar el platillo al frente. 1, 2, 3, 4; abrir, después de golpear los platillos, al frente. Luego uno, dos, tres, cuatro, hacer sonar los platillos al frente y abrir con el platillo de la derecha; luego lo mismo con la mano izquierda. Otra vez. Otra vez. Así fue toda la tarde; analicé que solamente se producía ruido supuestamente musical. Comprendí por qué ensayaban allá en donde a nadie le importa, lejos de los demás.

Durante casi dos semanas estuvimos ensayando el aburrido golpeteo de los platillos. Nunca llegó la observación personal del Mayor. Solamente llegaba, nos veía y le preguntaba cómo iban las cosas a aquel muchacho que, con toda seriedad, le contestaba que bien. Más allasito estaban otros dos jovencitos haciendo el mismo ejercicio con sus platillos, pero bien; los platillos se veían nuevos y relucientes. Intuí que los que me prestaban era para principiantes, se veían muy golpeados.

Una tarde corrió la voz de que se iba a ensayar la Obertura de "Guillermo Tell”, la musiquita del Llanero Solitario, con todo el personal de la Banda. Los otros dos jovencitos que practicaban aparte se pusieron felices y vinieron a platicar con nosotros. Se iban a utilizar los cuatro juegos de platillos.

El día del ensayo, como preparación, se tocó dicha Obertura (en la que se lucían los metales, principalmente las trompetas, ¡Oh, las trompetas!) y mi jovenzuelo protector me indicó los pasajes en los que íbamos a entrar y la señal que el Mayor nos iba a dar. Manifesté mi temor de no saber cómo iba a entrar yo junto con ellos y me dijo que me fijara bien porque tenían que sonar todos al mismo tiempo. Que el sonido tenía que ser a la vez, que debíamos estar sincronizados y que él ya se iba y abandonó el salón. Entonces, empecé a practicar con los otros dos y, para entonces, ya estaba ensayando con nosotros mi compañero de la Normal Román López Durán, de Banámichi, quien también estaba de meritorio ensayando con los platillos, que quizá eran los de mi joven preceptor que me había abandonado sin explicaciones. "El Banámichi" ya estaba aprendiendo a tocar el piano con la maestra Zubeldía.

Era natural que existiera nerviosismo. Lo chamaquitos que se pusieron al lado derecho ya habían ensayado esa partitura. Empezamos lo que era un ensayo cuasi formal y nos salió bien;  "El Banámichi" López Durán me quedó a la derecha y más allá los dos muchachos que sí sabían. Cuando nos tocó la primera entrada de los platillos, que era abriendo al frente, todo salió al unísono. Impecable. En el siguiente pasaje nos tocaba abrir a la derecha, para dar fuerza a los instrumentos de percusión. En su momento, habiendo olvidado que debía sujetar cada platillo con la mano por dentro del aro de la baquetas, abrí a la derecha y "El Banámichi", equivocando su movimiento, abrió a la izquierda y con el filo de su platillo me golpeó la mano derecha provocando, por el dolor, que abriera la mano y soltara el platillo, mismo que cayó rodando por el piso con un muy característico ruido intenso, entre los miembros de la banda. La indignada y flamígeramente punitiva mirada del Mayor fue de acusación  inmediata y la traduje como de intensa ira contenida. Sin formación de causa me formó el cuadro y sin Consejo Militar ni oportunidad de defensa alguna ordenó mentalmente que fuera fusilado. Así sentí.

Sí me sentí muy avergonzado; no había obedecido la regla de introducir mi mano en el claro de la raqueta y con el golpe la había soltado. Mi delito era claro y de castigo inmediato. El maestro no estaba para tafetanes, todos guardaban silencio. Desde allá donde estaba me ordenó que me retirara. Quise decir alguna palabra de defensa pero no me dio oportunidad, vigorosamente extendió el brazo derecho señalando con enérgica determinación la puerta de salida. Me despidió.

No le guardo rencor, lo merecía. Pero ahí se destruyó mi carrera musical; el Mayor no sabe el daño que le hizo al mundo de la música con esa despedida. Quién sabe hasta dónde hubiera llegado…

Pero cómo da vueltas la vida: como escribí al principio, a los más veteranos los fui conociendo a lo largo de mis tres años en la Escuela Normal y a estos muchachos los vi ya cuando fui Jefe de Extensión Universitaria en el período del Dr. Moisés Canale Rodríguez, 1964-1967. Y como tal, fui el conducto de la Rectoría y de la Secretaría General con los grupos artísticos representativos de la institución. Así coordiné giras artísticas de la Banda de Música en municipios del Estado y –debo decirlo- la ejecución de su versátil repertorio por los muchachos, como lo evoca Héctor Rodríguez Espinoza, era la admiración de los pobladores de las más alejadas comunidades urbanas y rurales visitadas.

No puedo dejar de recordar cuando la rectoría le ofreció un aumento de sueldo y nos manifestó que, sólo lo aceptaba si también se le autorizaba a su compañera Emiliana de Zubeldía. ¡Esto es un pequeño gran gesto de generosidad y solidaridad!

"El que honra se honra, Héctor": Lic. Gilberto Gutiérrez Quiroz.  


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