EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 44)





Una de las situaciones más tristes y dramáticas de la vida del padre Kino fue ocasionada por la falta de nuevos misioneros que le ayudaran.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-07-09 00:00:00

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Por Cruz G. Acuña

Una Cabellera Humana

Kino en Bacerac

Una de las situaciones más tristes y dramáticas de la vida del padre Kino fue ocasionada por la falta de nuevos misioneros que le ayudaran.

No los tenía para atender a sus pimas de Caborca, Pitiquito, Sáric, etc. Cuando descubrió las prometedoras rancherías de los sobaipuris, desde Tumacácori hasta el río Gila, se le partía el corazón al ver que no podía atenderlos, instruirlos, bautizarlos. Su angustia se aumentaba cuando los indios hacían largos y frecuentes viajes a Dolores para suplicarle que fuera con ellos o que enviara a otro.

En septiembre de 1697 estalló su corazón y con un buen número de jefes sobaipuris, algunos procedentes del Gila, se dirigió a Bacerac donde estaba el Visitador Pólici, para pedirle más misiones. Pólici estudió el problema; llegó hasta a examinar secretamente las intenciones de aquellos indios, y quedó convencido. Escribió al general Jironza y a los superiores. Fue enviado el joven padre Gonzalvo, pero pronto murió, y la región quedó otra vez desamparada. Kino tenía que hacer constantes viajes para ayudar en algo.

El problema se volvió más aflictivo cuando Kino descubrió las tribus de los pápagos por las regiones de Sonoita, Quitovac, Ootcam, etc.; y terminó por ser desesperante cuando dio con las remotas tribus del río Colorado y la Alta California, las cuales lo llamaban a gritos desde sus lejanías.

En 1706 solamente trabajaban en la frontera: Kino en Dolores, Campos en San Ignacio y Minutuli en Tubutama. Tres hombres para atender, a caballo, todo el Norte de Sonora, todo el Estado de Arizona y parte de la Alta California. El viejo fundador no podía descansar, ni podía sentirse feliz.

Un día del año 1707 llegaron desde los ríos Gila y Colorado muchos jefes indígenas para suplicar, una vez más, la presencia de alguien que los iniciara en la dicha y el progreso de la nueva era anunciada por Kino. El anciano misionero de 62 años emprendió con ellos otra vez la fatigosa caminata hasta Bacerac para presentar al Visitador todas sus ansias y sus anhelos. Desde Bacerac Kino escribió sobre el mismo asunto a Roma, al padre General que ahora era Tamburini. En su carta se le escapan frases como esta: "Por las sagradas heridas de Jesucristo, trate de enviamos trabajadores conspicuos por su cielo... mándenos muchos de ellos". Su grito de angustia se perdió en el inmenso mundo egoísta y comodino.

Mientras estaba construyendo en Búsanic (1706), llegó a la aldea un indio solitario. Venía como mensajero desde California. Traía en su mano una siniestra cabellera humana arrancada a algún indio vencido. Se presentó al padre y le dio su mensaje: "Todas las tribus quieren que vayas con ellos... Todas quieren ser civilizadas y cristianas... Todas te suplican... Esta cabellera es la del "único indio que se oponía"...

El argumento del quiquima era bárbaro; pero expresivo. El pensaba que Kino podía tener miedo a los opositores; él no sabía que el mismo padre ardía en ansias de ir allá, pero no podía multiplicarse; él no comprendía que en las grandes ciudades del Virreinato faltaban gentes generosas, dispuestas a entregar su vida para ayudados; él no podía comprender que en España, los cristianos luchaban entre sí por un "hueso" en la corte, y que por eso la flota no podía zarpar y ocho misioneros estaban en Sevilla esperando inútilmente, desesperadamente, la venturosa nave que: los trajera a Sonora. El indio tampoco podía entender que el idealismo, el amor, la generosidad, se estaban enfriando en Europa comenzando una etapa de feroz nacionalismo. Y él no sabía que los cristianos se estaban volviendo miopes, rencorosos y egoístas, y así fue como la marcha del progreso y del amor se detuvo entonces en las fronteras del desierto. Nunca se imaginaron los cristianos de México y de Europa, que su vida mediocre, tibia, comodina y egoísta, iba a tener tan tristes consecuencias en nuestras remotas tierras.

Hoy como entonces, cada hombre debe considerarse, como el padre Kino, responsable del destino, de la dicha y de la paz de todo el mundo.

EL ROMANCE DEL PADRE KINO

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