EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 42)





Fue tanto el revuelo que armó la expedición anterior, que todos pedían otra que llegara, por fin, hasta las misiones mismas de California. El anciano padre González, misionero de Moctezuma, también se entusiasmó y contribuyó con vaqueros

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-06-21 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

El Precio de California

Kino por Hermosillo y Guaymas


    Fue tanto el revuelo que armó la expedición anterior, que todos pedían otra que llegara, por fin, hasta las misiones mismas de California. El anciano padre González, misionero de Moctezuma, también se entusiasmó y contribuyó con vaqueros, provisiones y cincuenta mulas para que se organizara otra expedición. Y así fue como, sólo unos dos meses después, el 5 de febrero de 1702, el padre Kino salió de nuevo rumbo a California en compañía del padre González. Durante el camino se repitieron las jubilosas demostraciones de los indios; nada más que ahora el padre Kino aparece también popular entre las mujeres. Las madres indias iban con sus hijitos para que el misionero los tocara siquiera, pues en la expedición anterior había bautizado a un indito moribundo y éste se había aliviado.

    El 11 de marzo ya estaban en la misma desembocadura del río Colorado a la cual nunca antes habían llegado. Ese día vieron salir el sol del lado del mar, señal evidente de que ya se encontraban en la Península de California.

    Pero no pudieron cruzar el río. Las lluvias y los deshielos del Norte habían transformado el río en un mar, y en aquel sitio había muchos hoyos y mucho fango, donde los caballos se hundían o se atascaban. Además, el padre González se había enfermado gravemente, y se hacía urgente regresar.

    Kino eligió el camino más corto tratando de atravesar el desierto hacia Sonoita. Caminaron como unas diez y ocho leguas sobre las pesadas dunas de arena, luchando contra un viento huracanado, "el viento negro del desierto", y sin encontrar una sola gota de agua. No sólo el padre González podía morir, sino toda la caravana. Por eso al siguiente día desistieron de cruzar el desierto y volvieron a caminar las mismas diez y ocho leguas hacia el Colorado. Si hubieran tenido un mapa moderno se hubieran dado cuenta de que esa misma jornada les bastaba para llegar hasta las cercanías de la ya conocida y ahora misericordiosa sierra del Pinacate. Pero entonces nadie conocía la longitud de aquel desierto.

    Tomaron la ruta ya conocida; pasaron por el Camino del Diablo, y el anciano enfermo aún permanecía firme en su cabalgadura. Pero al llegar a Sonoita no pudo más. Descansaron tres días, y el enfermo no se recobró. La savia de su vida se había agotado en el duro trabajo de las misiones. Los buenos indígenas hicieron una camilla, y en ella transpor­taron al moribundo nada menos que hasta Tubutama. Desde allí se enviaron correos a diferentes partes, hasta Moctezuma, en busca de un médico. Pero el cansado misionero murió a los pocos días, asistido por el padre Iturmendi.

    Parece que con semejante tragedia los superiores ya no permitieron al nada joven Kino intentar otro viaje a la Península. Se dedicó más a sus misiones, pero sin descuidar California con la cual estaba ya muy comprometido. El había entusiasmado a Salvatierra con aquella ardua misión; él le había estado enviando ayuda constantemente desde 1697. Las remesas eran de doscientas reses, quince cargas de harina, etc. etc. Hasta hacía colectas en otras misiones para ayudar a California. Los barcos salían del río Yaqui, pero después Salvatierra y Píccolo fundaron el puerto de Guaymas (San José) para hacer más fácil el embarque y más segura la travesía. En una remesa de trescientas reses, Kino dice: doscientas para California y cien para Guaymas. También los guaymenses le deben algo.

    En marzo de 1704 él, personalmente, fue a Guaymas a llevar el ganado. Veía que el camino que seguían los vaqueros era muy largo, y (Ures, Mátape, Tecoripa, San José de Pimas, y quería cruzar otro más corto, y lo hizo. Pasó por Cucurpe. Pópulox y Pitic (Hermosillo), donde encontró al padre Juan de San Martín quien había abandonado las misiones de Kino, buscando tal vez "¡un clima mejor!" De Hermosillo trazó el camino a Guaymas precisamente por la ruta que ahora sigue la línea del ferrocarril.

    Y tampoco olvidó un viejo sueño. En enero de 1706 aprovechó la ocasión de que estaba en Caborca, construyendo una iglesia, para hacer una excursión hasta la costa, frente a la isla del Tiburón. El nos describe aquellas polvorientas llanuras como si fueran un paraíso. Parece que aquel optimista caminante usaba siempre "lentes color de rosa" para contemplar las cosas y aun las almas primitivas de los indígenas. Desde el cabo Tepoca divisó luces en la costa de California (o en la isla Angel de la Guarda) y ordenó continuar la construcción de su barco famoso. Lo hubiera terminado si el experimentado padre Ugarte no lo hubiera convencido de que era más barato comprar uno ya hecho.

    Ese mismo año el Gobierno, ignorante y desconfiado, exigía un informe oficial de la unión por tierra entre California y Sonora; y el padre, ya de 61 años de edad, tuvo que llevar a los representantes del Gobierno hasta la remota cumbre negra de la sierra del Pinacate.

    Cuando se escriba en detalles la historia de Salvatierra y de Ugarte, así como se ha escrito la de Junípero Serra y la del sonorense caballero De Anza, reconoceremos emocionados cual fue el verdadero precio de la conquista de California.

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