LA EXPLOSIÓN DE UN POLVORÍN





La tarde del 31 de julio de 1950, por más de treinta minutos prevaleció la alarma en Hermosillo y se vio que del Cuartel del Catorce salían varios camiones con soldados hacia el Norte de la ciudad; y en la misma forma actuó la Policía al poner en movimiento

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicacin: 2018-06-07 00:00:00

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Por Gilberto Escobosa Gámez

De su libro titulado "CRÓNICAS, CUENTOS Y LEYENDAS SONORENSES”

    La tarde del 31 de julio de 1950, por más de treinta minutos prevaleció la alarma en Hermosillo y se vio que del Cuartel del Catorce salían varios camiones con soldados hacia el Norte de la ciudad; y en la misma forma actuó la Policía al poner en movimiento todo su cuerpo de vigilancia en los vehículos con que contaba.

    Y sucedió también que algunas tiendas, las principales, cerraban sus puertas para que sus empleados salieran a toda prisa a la calle, ya que todo mundo pensaba que un sismo había sacudido a la zona urbana y su periferia.

    Por las calles los conductores de automóviles corrían a velocidades prohibidas por el Reglamento de Tránsito, a pesar de que una tormenta impedía una buena visibilidad.

    En la parte Norte de nuestra capital era notable la alarma, dado que allí además del temblor escucharon una explosión, por lo que muchas mujeres gritaban histéricas mientras sus hombres creían que había explotado una poderosa bomba y después otras de menos potencia, pues las capas atmosféricas daban la sensación de ser muchas las explosiones, como si sucedieran en cadena.

    En esos momentos el que esto escribe, a las 16:45 horas venía llegando a Hermosillo procedente de Magdalena (hoy de Kino); y precisamente donde hoy se ubica el Casino de Hermosillo, en cuyo lugar en esa fecha estaban los talleres del Gobierno del Estado, sintió que el pickup que conducía saltaba hacia el lado izquierdo hasta fuera de la carpeta asfáltica.

    Después del salto del vehículo, ya parado éste frente a los talleres del Gobierno, fijé mi vista hacia el norte a través de la tierra yerma donde hoy está la colonia Constitución, que en ese tiempo no existía, y vi una columna de humo blanco en forma de hongo que me llenó de terror, y sintiendo un nudo en la garganta exclamé: "¡Gran Dios! ¡Es una explosión atómica!”

    Hay que considerar que los norteamericanos habían lanzado la primera bomba atómica en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y la de Nagasaki tres días después, y el mundo entero todavía se horrorizaba cuando traía a su memoria tan terribles acontecimientos... ¿Y quién iba a recordar en los momentos de la explosión al Norte de nuestra ciudad ese memorable 31 de julio, que pasarían aun muchos años antes de que los rusos lograran fabricar un artefacto atómico?

    En 1950 la guerra de Corea estaba en su apogeo; la llamada guerra fría entre los Estados Unidos y Rusia estaba en uno de sus momentos más difíciles y, por tanto, se esperaba y ya estábamos preparados emocionalmente para una nueva gran guerra. Aun recordamos que los grandes estrategas locales, compuestos por agricultores, avicultores, lecheros y otros madrugadores, sostenían grandes polémicas en el Café de doña Elvira del Mercado Municipal, todas las mañanas, entre partidarios de la Unión Soviética, que eran pocos, y los Estados Unidos de Norteamérica, que eran los más.

    Por ello fue que cuando escuchamos la explosión en Hermosillo pensamos, ignorantemente, que los soviéticos habían lanzado sobre México, por error del cálculo, una bomba atómica que, como después comprendimos al serenarnos, estaban muy lejos de poder fabricar y de tener con qué enviarla.

    Afortunadamente el ejército, que sí sabe lo que hace y por qué lo hace, pronto aclaró que una descarga eléctrica del firmamento hizo explosionar el polvorín que la Mercería de la Paz, S.A., tenía establecido extramuros de la ciudad, en la parte Septentrional.

    Al día siguiente de la explosión, la Prensa local nos informó que los residentes del Barrio de la Cruz Gálvez fueron quienes tuvieron mayores daños en sus viviendas, consistentes en cuarteaduras y aflojamiento de puertas y ventanas; y los habitantes de la flamante colonia Pitic no quedaron exentos del susto y de vidrios rotos, siendo la más dañada la Capilla del Espíritu Santo que requirió posteriores reparaciones de sus techos, puertas y ventanas.

    En el centro de la ciudad algunos edificios tuvieron daños ligeros por el sacudimiento telúrico, como la rotura de los escaparates de Tapia Hermanos S.A., que en ese tiempo se ubicaban en la esquina de las calles Juárez y Morelia, y la tienda de ropa "El Progreso S.A.”, que abría sus puertas al público frente al Mercado Municipal, en la avenida Vildósola, hoy Plutarco Elías Calles.

    Por fortuna, a consecuencia de la explosión del polvorín no hubo muertos ni heridos. Solamente un susto mayúsculo en algunos hogares.


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