LA CONSPIRACIÓN DE 1910





Desde mediados de 1910, Juan G. Cabral, el más entusiasta  de los revolucionarios sonorenses, sabiendo que el general Porfirio Díaz sería reelecto a pesar de sus declaraciones en 1908 en el sentido de que se retiraría  de la política al terminar ese sexenio

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicacin: 2018-05-30 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 


FRAGMENTOS DE LA HISTORIA.

Por Gilberto Escobosa Gámez.


Desde mediados de 1910, Juan G. Cabral, el más entusiasta  de los revolucionarios sonorenses, sabiendo que el general Porfirio Díaz sería reelecto a pesar de sus declaraciones en 1908 en el sentido de que se retiraría  de la política al terminar ese sexenio,  empezó a adquirir armas, la mayoría usadas, y municiones. Durante varios meses anduvo en la sierra haciendo proselitismo a favor del maderismo, acompañado de un antiguo huelguista de Cananea en 1906, a quien por ese motivo le tenía confianza. Sin embargo, este individuo fue a las autoridades y le denunció, viéndose obligado Cabral a salir huyendo a Arizona en compañía de Salvador Alvarado.

En el exilio Alvarado y Cabral encontraron a Rafael Romero, viejo conocido cananeense, quien también había tenido que salir  violentamente del país. Durante una plática que tuvieron los tres hombres acordaron  dirigirse al Mineral del Rey, en Arizona, donde había muchos obreros mexicanos ansiosos de participar en el movimiento armado, unos por espíritu de aventura, otros porque habían sido adoctrinados y otros más porque habían participado ellos o sus padres en la huelga de Cananea y odiaban al  régimen porfirista.

Contando con muchos adeptos en Arizona,  formaron  la Junta Revolucionaria Sonorense, prescindiendo de la Junta Revolucionaria que había organizado en Nogales, Arizona, don José María Maytorena. En la nueva organización aparecían como presidente Rafael T. Romero, como vicepresidente Juan G. Cabral y como secretario y tesorero Pedro Bracamonte y Rito Aguilar, respectivamente.

Las autoridades de la oligarquía sonorense no podían hacer nada contra los hombres  que conspiraban en los Estados Unidos, a pesar de que sabían que ya  contaban con hombres dispuestos a pasar la línea divisoria para luchar por el candidato opositor a don Porfirio; lo único que podían hacer era ordenar su aprehensión en cuanto regresaran al país, sin ocurrírseles que ninguno de los exiliados iba a entrar a Sonora por un puerto fronterizo.

Cabral, Alvarado, Bracamonte y Rafael T. Romero no tenían ninguna simpatía por José María Maytorena. En una reunión que organizaron los jefes rebeldes en Nogales de Estados Unidos, don José María les informó que el señor Francisco I. Madero le había enviado el nombramiento de gobernador interino, poniéndolo en tela de duda los de la Junta Revolucionaria Sonorense, que le exigieron los documentos que le acreditaban así. Como la documentación respectiva se encontraba en Guaymas, Adolfo de la Huerta fue comisionado para ir al puerto a traerla.

Mientras aquello sucedía allende la frontera, los rebeldes del sur del Estado iban con menos suerte. Benjamín  Hill y Flavio Bórquez habían iniciado sus trabajos conspiratorios de acuerdo con los que se daban a conocer desde San Antonio, Tejas; pero al terminar el año 1910 cuando habían dado los primeros pasos  fueron aprehendidos y enviados,  consignados, a la Penitenciaría General del Estado. "Esta detención”, afirma Héctor Aguilar Camín, "disparó la primera acción de guerra en el
Distrito de Álamos en la figura del coronel Severiano Talamante y sus dos hijos”.

En el sur del Estado era más evidente y organizado el maderismo; ahí había calado entre hacendados y rancheros, los que podían poner en juego sus bienes y pertrechar bien las huestes que pudieran reunir. El mismo 2 de enero en que cayeron presos Bórquez y Hill, fue capturado un hacendado alamense, José Amparán, como sospechoso de haber organizado  una partida de 80 hombres que acampaban en su hacienda.

El general Luis E. Torres en esos días ofrecía una vela a Dios y otra al diablo: mientras aumentaba la fuerza pública con 802 hombres más,  realizó en el Palacio de Gobierno una reunión con los personajes notables del Estado, solicitando a los "hombres de bien presentes,  su colaboración para combatir a los revoltosos que sólo pretenden provocar la anarquía en el Estado”. Y en la junta de la tarde de ese mismo día,  comunicó a los asistentes que en las próximas elecciones de abril de 1911, habría respeto absoluto al voto. Empero, esto último era como aplicarle un remedio a un moribundo: nadie creía en eso y todos los reunidos eran maderistas convencidos.

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