EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 38)





Noviembre 3 de 1701. En el pueblo de Dolores hay movimiento. Otra caravana está lista para partir. Llevan, además de las mulas cargadas y los caballos de repuesto, una manada de yeguas para aumentar el rancho de la misión de Sonoita.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-05-30 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

La Carrera de la Civilización. Por San Luis Río Colorado.


    Noviembre 3 de 1701. En el pueblo de Dolores hay movimiento. Otra caravana está lista para partir. Llevan, además de las mulas cargadas y los caballos de repuesto, una manada de yeguas para aumentar el rancho de la misión de Sonoita. No va ningún soldado; pues el general Jironza ha sido removido de su puesto, y el capitán Mange anda en una comisión persiguiendo unas brujas. Acompañan al padre Kino los experimentados vaqueros pimas de Dolores, y solamente un español.

    Parte la caravana. El padre Kino va visitando de paso sus misiones: levantando los ánimos y dando las órdenes necesarias. Por ahora, el camino más practicable del desierto es el camino del Diablo. Por ahí se dirigen hasta el Gila. Continúan río abajo y llegan hasta el Gila se une al Colorado. Hasta allí todas las tribus son viejas conocidas. En todas partes los reciben con arcos, cruces y provisiones. Sólo que los yumas de la Junta de los ríos están ahora sumamente pobres. Aquél ha sido un año malo para ellos y sus cosechas se han perdido. Sufren hambre.

    De la Junta, siguen río abajo, para visitar a los indios quiquimas y para buscar un vado por donde pueda cruzarse el caudaloso Colorado. De la Junta en adelante, el camino es nuevo, inexplorado, desconocido. Pero más nuevo es el espectáculo que presenta aquella caravana, pues ahora acompañan a Kino unos trescientos indios, entre yumas y pimas. El buen misionero ha prometido a los yumas hambrientos comprar maíz, frijol y calabazas a los  quiquimas para que los yumas puedan pasar su crisis. Y los yumas confían en él ciegamente aunque saben que los quiquimas son sus más encarnizados enemigos. Se vislumbra una gran reconciliación con la presencia del mensajero de la paz, o una gran carnicería, si el mago blanco falla.

    Al segundo día de camino, llegan al primer pueblo quiquima. Centenares de indios, ya bien preparados, salen a recibidos con danzas y cantares. Los enemigos se abrazan. No pueden luchar en la presencia del hombre pacífico y pacificador.

    Pero la multitud de indios desconocidos, las extrañas danzas y los gritos de júbilo, causan verdadero pánico en el único español que iba en la comitiva, y el pobre hombre huye, enloquecido, rumbo al desierto. Cuando Kino se da cuenta de su desaparición, ya es tarde. Manda a sus vaqueros darle alcance, pero no lo encuentran. Kino teme que este hombre lleve más chismes alarmantes a sus misiones. No sabemos la odisea de este fugitivo, pero tal vez fue el primero que cruzó aquel desierto, pues más tarde lo encontramos en Sonoita. También el miedo hace realizar cosas notables.

    Los quiquimas son generosos. Dan de comer a todos; tienen una choza especial para el padre; y al día siguiente, asisten todos a misa Lo que más les agrada de la misa es la casulla del misionero, que luce unas flores bordadas de vivos colores. Cuando termina la misa y el padre va a quitarse la casulla, los indios le suplican que no se la quite, porque todavía van a llegar más nativos que no la han visto. Y el buen padre les concede ese gusto.

    Aquellos indios quiquimas nunca habían visto ni caballos ni mulas. No dejan de mirarlos y de observarlos llenos de curiosidad, como los niños cuando llega a un pueblo el primer automóvil. Cuando los yumas les contaron que los caballos corrían más rápidos que cualquier corredor indígena aunque fuera olímpico, los quiquimas no quisieron dar crédito. Fueron con el padre y le pidieron que hiciera una prueba.

    El padre ordenó a uno de sus vaqueros de Dolores que ensillara un caballo. El cacique indígena seleccionó a ocho de sus mejores corredores, los cuales se pusieron en línea con el jinete. La indiada despejó el campo emocionada y expectante. Los yumas sonreían. Se dio la señal y empezó la carrera. Para darle más sabor al evento el vaquero pima dejó que los corredores indios tomaran al principio una buena ventaja; después clavó las espuelas a su corcel y como una ráfaga pasó adelante y dejó atrás a los atónitos quiquimas. Todo era parte de la gran fiesta.

    Aquel día, aunque California no llegaba aún a la era del Jet, con la introducción de los primeros caballos, dio un gran paso en firme en la carrera de la civilización.


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