EL DRAMA DE QUERETARO





Agotados todos los recursos legales para salvar las vidas de Maximiliano de Habsburgo, de Miguel Miramón y de Tomás Mejía, tomados prisioneros después del triunfo de los republicanos en el histórico sitio de Querétaro en el año 1867, los amigos de los condenados...

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicacin: 2018-05-18 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 
 


Por Gilberto Escobosa Gámez

     Agotados todos los recursos legales para salvar las vidas de Maximiliano de Habsburgo, de Miguel Miramón y de Tomás Mejía, tomados prisioneros después del triunfo de los republicanos en el histórico sitio de Querétaro en el año 1867, los amigos de los condenados – mexicanos y europeos – acudieron a todos los medios para salvarles.  Los fusilamientos debían ocurrir el 16 de junio, pero hubo un aplazamiento dispuesto por el presidente Juárez.

     El cambio de fecha para ejecutar las sentencias, llenó de optimismo a los condenados a muerte, a sus defensores y a sus amigos.  Se creyó que el ejecutivo atendería las demandas de clemencia que hacían casi todos los gobiernos de la vieja Europa.  En México el barón von Magnus se trasladó de Querétaro a San Luis, con un crédito ilimitado para sobornar a Juárez y a Lerdo; pero nada logró.

     Después de su fracaso en el intento de cohechar a dos hombres insobornables, de regreso en Querétaro e informado del desplazamiento de las sentencias, el barón se dirigió por telégrafo al presidente Juárez, en un último intento desesperado de salvar al archiduque – también llamado emperador de México – Maximiliano.  Empezaba diciendo en su telegrama que como el 16 de junio los condenados ya creían estar próximos a ser ejecutados, moralmente ya se habían cumplido las sentencias de muerte, y por tanto rogaba que no se hiciese morir una segunda vez.  "Conjuro a usted”, le escribió, "En nombre de la humanidad y por amor de Dios que ordene que ya no se les fusile y repito a usted, una vez más, que tengo la certeza de que mi soberano, su majestad el rey de Prusia y todos los monarcas de Europa unidos por lazos de sangre con el príncipe prisionero, esto es, su hermano, el emperador de Austria, su prima, la reina de Gran Bretaña, su cuñado el rey de los belgas y su prima la reina de España, así como los reyes de Italia y Suecia se pondrán de acuerdo para dar a su excelencia el señor Benito Juárez todas las garantías de que ninguno de los prisioneros volverá jamás a pisar el suelo mexicano”.

     El barón olvidó – ¿Olvidó? – mencionar que Napoleón III, llamado Napoleón el pequeño, también deseaba que se salvase la vida del príncipe austriaco.

     Procurando salvar a los tres prisioneros, se recurrió a todos los procedimientos, desde los legales hasta a los más sucios e indignantes, no dejándose por otra parte, de acudir a los más humanos y nobles.  Doña Concepción Lombardo, la valerosa esposa de Miramón, fue acompañada por sus hijitos ante la presencia del presidente a implorar por la vida de su marido.  La princesa Agnes Salm ofreció dinero y sus encantos personales al jefe responsable de la custodia de los prisioneros, buscando la posibilidad de una fuga.  La Sra. Salm era una belleza de treinta años, excepcionalmente atractiva, más nada logró.

     Sobre el drama del Cerro de las Campanas, el escritor europeo Egon Caesar Conte Corti, en su libro MAXIMILIANO Y CARLOTA, editado en Viena en junio de 1923, en el idioma alemán, dice: "Hasta el último momento pensó el emperador en todos sus allegados.  Después presentándose ante la puerta de las celdas de los dos generales dijo: ¿Están ustedes listos, señores? Yo ya estoy dispuesto.  Maximiliano abrazó a sus dos compañeros de infortunio: pronto, les dijo, nos veremos de nuevo en la otra vida”.  Miramón al igual que el archiduque, en esos momentos dramáticos se notaba lleno de certeza, no así Mejía, quien debilitado por una penosa enfermedad que padeció durante su cautiverio, apenas podía sostenerse en pie.

     Maximiliano, vestido de civil con un traje negro, bajó las escaleras y se detuvo en el último peldaño exclamando: "¡Qué día más hermoso! Siempre había deseado morir en un día como este”.  Enseguida subieron a los coches que llevaron a los condenados al lugar de la ejecución, el Cerro de las Campanas.  Era el lugar donde fue hecho prisionero el archiduque.  Un numeroso grupo de tropas de caballería e infantería acompañaba a los coches; detrás marchaban los pelotones de ejecución.  La imperialista Ciudad de Querétaro, en señal de duelo había cerrado todas las puertas y ventanas por donde pasaba el cortejo y reinaba el más profundo silencio.  Algunos transeúntes iban vestidos de negro y mostraban caras graves.  Se veía llorar a las mujeres que contemplaban a la joven esposa de Tomás Mejía que, sollozando, corría tras el cortejo con su niño de pecho en los brazos.

     Todos los europeos se habían quedado en Querétaro, excepto el cocinero del príncipe austriaco, Tüdös, quien siguió a los coches.  Tüdös nunca había creído que las cosas llegasen a tanto; por ello Maximiliano al bajar del coche le preguntó: "¿Crees ahora que me fusilarán?”.

     Enseguida caminó Maximiliano diez paso colina arriba; a su lado marchaba también erecto, Miramón.  Sólo Mejía no podía sostenerse de pie; dos soldados le sostenían en la marcha hacia el lugar del suplicio.  Arriba se encontraban las tropas formando tres lados de un cuadrado, el cuarto lado estaba cerrado por un pequeño muro de piedra.  Allí fueron llevados los prisioneros y colocados cara a Querétaro que, apacible se extendía al sol.  El austriaco quedó en medio de los dos generales, y fue cuando aquél dijo a Miramón: "General, un valiente debe ser honrado por su monarca hasta en la hora de la muerte.  Permítame, general, que le ceda mi lugar de honor”.  Con estas palabras hizo que el general Miguel Miramón se pusiese en el centro.  Después dirigiéndose a Mejía le dijo: "General, lo que no es compensado en la Tierra lo será en el cielo”.

     Los pelotones de fusilamiento se aproximaron.  El oficial que debía dar la orden de fuego, estaba nervioso; los soldados también estaban inquietos.  Maximiliano dio una onza de oro a cada uno de los soldados que estaban frente a él, rogándoles que apuntasen bien.  Volviendo a su sitio se secó el sudor de la frente con el pañuelo y se lo dio, con el sombrero, a su criado Tüdös para que llevase estos objetos a su patria.  Enseguida pronunció las siguientes palabras en español: Perdono a todos; ruego que también me perdonen a mi y ojalá que mi sangre beneficie al país. ¡Viva México, viva la independencia!”  Luego el oficial que mandaba el pelotón bajó el sable, sonaron siete disparos y Maximiliano cayó abatido, atravesado por cinco balas.  Al caer exclamó en voz baja: "¡HOMBRE!” en español.  Como el archiduque, con estremecimientos mostraba aún vida, el oficial que había dado la orden de fuego acudió junto al cuerpo del caído, le dio la vuelta con el sable, y con la punta, sin decir palabra, indicó el corazón.  Un soldado se aproximó y en el lugar indicado disparó a quemarropa.

     Así murió Maximiliano, el archiduque de Austria, hermano del emperador de ese país.  El tiro de gracia lo recibió en el corazón,  no en la cabeza, pues él dispuso que su cadáver se embalsamase para ser enviado a su tierra natal.

     Después de Maximiliano le tocó a Miguel Miramón ser ajusticiado.  Este hombre también murió valientemente, lanzando vivas a México y a su emperador.  Luego fue fusilado Tomás Mejía, quien sólo pudo gritar débilmente: "¡Viva México! ¡Viva el emperador!”.
 
Maximiliano_fusilamiento

     Así terminó el drama del Cerro de las Campanas, en Querétaro.

     La prensa europea se ensañó con Juárez y los republicanos.  Declaró mártir a Maximiliano y señaló como hombre cruel al presidente de México.  Pero don Benito, aún sabiendo lo que se decía de él, continuó impasible, con el rostro inescrutable como es el de su raza, sin importarle los denuestos de los editorialistas de Austria, Bélgica, Francia y otros países.  Se había cumplido con las leyes de México, que era lo que realmente importaba al presidente Juárez.

     Jamás en la Historia, la muerte conmovió e hizo derramar lágrimas a tantas familias poderosas del mundo.  Los emperadores de Francia, principales culpables de la tragedia del Cerro de las Campanas, sufrieron remordimientos hasta el día de su muerte.  Y Carlota, la viuda de Maximiliano, sobrevivió a su marido cincuenta años con la mente extraviada.

     Pero todos aquellos grandes o mediocres personajes, propietarios o colaboradores de los principales diarios del mundo, que interpretando el dolor de las casas reinantes de Europa señalaban a México como país de magnicidas, olvidaban algo que para ellos era insignificante: La muerte de cientos de miles de mexicanos asesinados por las bayonetas francesas, y la ruina y la desolación que dejaron por todo el país las tropas invasoras.

@(Copyright) Claudio Escobosa Serrano, Todos los derechos reservados

http://www.contactox.net/

FACEBOOK DE GILBERTO ESCOBOSA:

https://www.facebook.com/GilbertoEscobosaGamez?ref=hl


TWITTER DE GILBERTO ESCOBOSA GÁMEZ:

@GilberEscobosa
https://twitter.com/GilberEscobosa

Comentarios de nuestros lectores:



Enva tus comentarios