EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 32)





La sierra de Santa Clara (Pinacate) se destacaba imponente. Era una inmensa mole negruzca sobre el desierto de fina y blanca arena. Estaba asentada sobre un mar de lava de un viejo volcán extinguido, que parecía un mar de espuma negra petrificada

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-04-18 00:00:00

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Por Cruz G. Acuña

En la Sierra del Pinacate


    La sierra de Santa Clara (Pinacate) se destacaba imponente. Era una inmensa mole negruzca sobre el desierto de fina y blanca arena. Estaba asentada sobre un mar de lava de un viejo volcán extinguido, que parecía un mar de espuma negra petrificada. No se veía un manantial ni un árbol ni siquiera un pedazo de tierra blanda acogedora.

    Por esas quebradas rocas filosas y sedientas, un grupo de hombres ascendía trabajosamente, a caballo. Las aristas de las peñas hacían sangrar las patas de los animales. No había ningún sendero. Se avanzaba lentamente, fatigosamente, audazmente. Aquellos hombres no iban por cierto a un día de campo. Era el andariego padre Kino acompañado de algunos guías indígenas. Trataban de llegar hasta la cumbre de la monstruosa cordillera, y no iban como alpinistas, no iban sólo por sport.

    Nosotros hacemos nuestros mapas sentados cómodamente ante el escritorio y copiando mapas que otros hicieron. Pero el primer mapa de cada región exigió un esfuerzo superior y a veces un gran esfuerzo. Había que conocer y observar con los propios ojos la región; había que recorrer a pie, a caballo o en barco, las llanuras, sierras y litorales; había que medir enormes distancias y observar los movimientos de las estrellas y la declinación del sol, para poder establecer la situación de aquel país desconocido con respecto a los demás. A veces, en el camino, se interponía inesperadamente un desierto, una montaña inaccesible, un gran río o el mismo mar. Por todas estas cosas pasó el padre Kino para trazar los primeros mapas objetivos de Sonora, Arizona y California.

    Los mapas de esos años hacían del Golfo de California, no un golfo, sino un mar que se prolongaba indefinidamente hacia el Norte, casi hasta Alaska; y en ellos la península californiana figuraba como una gran faja de terreno separada del Continente, como una isla al lado de aquel mar, como la isla más grande del mundo. El, río Gila y el río Colorado no se juntaban en esos mapas, sino que desembocaban en el mar cada uno por su cuenta.

    Y éstos eran los mapas que usaban en sus clases de geografía los cultos profesores y los ávidos estudiantes de las escuelas y universidades de México y de Europa. Por esta razón, las potencias colonizadoras como Inglaterra, Francia y la misma Rusia, suponiendo que California estaba separada del Continente, no la consideraban parte de Nueva España, sino como una isla independiente que ellos podían conquistar para su propio provecho. Pero ninguno de los autores de aquellos mapas había recorrido los litorales de Sonora y California hasta su remate, ni había atravesado los desiertos y las montañas del Noroeste.

    La intención del padre Kino en aquella expedición, era llegar hasta el mar, explorar la costa y señalar con precisión la desembocadura de los ríos Gila y Colorado. Los nativos le dijeron que no se podía llegar al mar, pues estaba de por medio el desierto con sus enormes dunas de arena y sin una gota de agua, pero que desde la cumbre de la sierra del Pinacate se podía divisar el desemboque del río Colorado Por eso Kino subía afanosamente, desesperadamente la montaña negra.

    Por fin llegaron a la cumbre, fatigados y jadeantes, pero optimistas. Sin embargo, la primera impresión no fue muy halagüeña. A sus pies se extendía hasta el horizonte, un mar de lava y de arena. Hacia el Noroeste, la atmósfera estaba llena de bruma y no podía distinguirse la boca del Colorado. Pero Kino tenía mucho que observar por otros rumbos. Hacia el Oeste y el Sur, se veía claramente el mar de California con una extensa bahía que el padre dibujó cuidadosamente. Y casi hacia el Norte, los indios le señalaron el sitio donde el Colorado se reúne con el Gila. Kino comprobó el hecho con su poderoso telescopio y apuntó emocionado aquel dato para sus futuros mapas, pues era una verdadera novedad para él y para la Geografía de entonces.

    Pero lo que más le preocupaba era California. Aquella niebla inoportuna le impedía ver con claridad. Sin embargo, aferrado largo rato a su telescopio, creyó descubrir entre las brumas lejanas, las montañas de California que avanzaban como fantasmas majestuosos hacia las costas de Sonora: le pareció ver que California y Sonora se unían y que allí terminaba el mar. ¿Sería aquello una realidad, o sólo un alucinante espejismo del desierto?.. El explorador no consiguió esta incierta visión en sus apuntes. Era tan difícil negar lo que todos admitían; era tan atrevido decir que California no era una isla... Sin embargo, Kino guardó este ilusorio paisaje en su memoria y en su corazón. Tal vez California y Sonora eran como dos amigas que se daban la mano... Pero todavía tenía mucho que explorar y comprobar.

    Bajaron de la sierra y por Sonoita se dirigieron a Caborca. Allí lo esperaban veinte caballos de repuesto que el experimentado explorador había ordenado antes de partir. En esa expedición de septiembre y octubre de 1698, Kino recorrió también toda la región de los pápagos, desde Sonoita hasta el Gila. Iba con el Cacique de Dolores, siete indígenas, y sólo un hombre blanco: el capitán Carrasco como representante del Gobierno. Llevaban unos cuarenta caballos de repuesto, y 25 mulas de carga. Los caballos y las mulas, cuando se cansaban, se remudaban pronto. Sólo así pudo recorrer mil doscientos kilómetros en veinticinco días, explorando, organizando misiones y predicando.


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