DOMINGO DE ¿RESURECCIÓN?





En mi clase de Filosofía del Derecho es necesario acudir a su raíz teológica, de donde devienen el llamado Derecho Natural y el Derecho Canónico, en oposición milenaria al Derecho Positivo.

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicacin: 2018-04-06 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Héctor Rodríguez Espinoza

En mi clase de Filosofía del Derecho es necesario acudir a su raíz teológica, de donde devienen el llamado Derecho Natural y el Derecho Canónico, en oposición milenaria al Derecho Positivo.

Mis discípulos debaten con entusiasmo –raro en esta materia- y, llegando de Semana Santa, me piden abordar el peliagudo tema de la resurrección de Jesús.

Acudo al especialista: Pedro M. Fernández, joven miembro de la National Geographic Society, investigador de enigmas desde hace más de treinta años, en 1978 fundó una asociación convertida en parte de la historia de la ufología hispana. Ha colaborado en periódicos y radio, dirige algunos programas. Ha publicado en las revistas Karma-7, Enigmas, Año/Cero,  o en Il Giornale dei Misteri. Escribe para un semanario extremeño, una página dedicada a los enigmas. Blog: Misterios del Hombre y el Universo. http://pedromariafernandez.blogspot.com

Los 40 días ignorados de Jesús después de su resurrección

Para Fernández, según la Biblia Jesús regresó de entre los muertos y caminó por el desierto durante 40 días antes de ascender al cielo. Indaga en una parte de su vida, apenas conocida, ya que el Nuevo Testamento cuenta muy poco acerca de este milagro fundamental de la fe cristiana.

Fuentes no bíblicas enterradas hace largo tiempo, como los evangelios apócrifos de Tomás y de María Magdalena, el Apocalipsis de Juan y los escritos del historiador judío Flavio Josefo, han proporcionado detalles asombrosos.

La resurrección

Del sustantivo latino resurrectĭo, -ōnis; del verbo resurgo (resurrexi, resurrectum -3ª declinación): levantarse, alzarse, resurgir, renacer, acción de resucitar, de dar nuevo ser o nueva vida. Sea un mito, una idea o un hecho, constituye un símbolo de la trascendencia, relacionado en parte con la creencia, ya presente en pueblos de la antigüedad, en la posibilidad de una «vida después de la muerte».

Pero su concepción bíblica, que experimentó una evolución lenta a través de la Biblia hebrea, de los libros griegos del Antiguo y del Nuevo Testamento, y que continúa presente en el Judaísmo, en el Cristianismo y en el Islam, no tiene punto de comparación con el ideario antiguo de inmortalidad típico, por ejemplo, de la concepción griega. Entendida en las Sagradas Escrituras primero como rescate del sheol (donde van a parar todos los muertos), en algunos casos como retorno a la vida anterior, y como continuidad en la vida eterna de todo humano, el vocablo termina por asumir con el cristianismo su acepción por antonomasia: la resurrección de Jesucristo, resultante de la experiencia de la Pascua, de la cual sigue por extensión la resurrección de los hombres.

Este punto, debatido desde las primeras comunidades seguidoras de Jesús hasta nuestros días, es -sin duda- el centro y piedra angular de la fe cristiana, como lo expresó taxativamente Pablo de Tarso a la comunidad griega de Corinto, reticente a creer en la resurrección de los muertos: «Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía es también nuestra fe» (I Corintios 15:14).

Mitos antiguos

Desde la antigüedad, la resurrección se consideró el símbolo más indiscutible de la manifestación divina, se suponía que el secreto de la vida no puede pertenecer más que a la divinidad. El propio «sol inmortal», que cada noche descendía al «reino de los muertos», podía llevar consigo a los hombres y, al ponerse, matarlos. Pero también guiar a las almas a través de las regiones infernales, «resucitando» a la luz al día siguiente, con la mañana.

Cuando Asclepio, hijo de Apolo y de la mortal Corónide, semidiós de la medicina (los romanos llamaron Esculapio), instruido por el centauro Quirón en el arte de curar las enfermedades, alcanzó tales progresos que consiguió ser capaz de resucitar a los muertos, su ciencia llegó al punto de provocar las quejas de Hades. Zeus, temiendo que el arte de aquél trastornase el orden del mundo, fulminó al médico con un rayo.  La «ciencia de la resurrección» era una ciencia prohibida.

Las «religiones del misterio», en particular los de Eleusis, así como las ceremonias funerarias egipcias, testimoniaron una expectativa humana vivaz por la resurrección. Los ritos de iniciación a los grandes misterios eran símbolos de la resurrección esperada por los iniciados. Si algo tienen en común con su idea bíblica, es que todos sitúan su principio fuera del poder del hombre.

La «resurrección» y la ciencia

Para los cristianos, el cuerpo resucitado es un dato de fe. La revelación no ofrece ninguna explicitación científica y no existen trabajos científicos. Pero algunos escritores han realizado sus propios tratamientos.

José María Cabodevilla (1928-2003) reflexiona largamente en «El Cielo en Palabras Terrenas» (Madrid: Ediciones Paulinas 1990), la vida ultraterrena, el «cielo»... ironizando que, si el «cielo» no existe, sufriría la «frustración por haber estado ocupado estos meses en un trabajo inútil, por haber escrito en balde doscientos folios sobre el cielo, un tema irreal para un libro ya impublicable [...]» (p. 255).

Sobre la resurrección: ¿Se trata de una transformación límite de la materia en energía?

La ciencia actual tiene un concepto de la materia sumamente elástico: puede ser inconmensurable, imponderable, inextensa. La gran variedad de seres que pueblan el mundo se debe únicamente a la manera de combinarse sus partículas elementales; todo se reduce a estructura. Esos mismos componentes pueden presentarse aquí como corpúsculos y allí como ondas. ¿Como ondas inmateriales? Inevitablemente tendemos a pensar que para que las haya, tiene que haber algo que ondule, su soporte o conductor, lo mismo que hace falta la cuerda vibrante de un violín para sus vibraciones. La física moderna niega tal necesidad. Koestler desafiaba a sus oyentes a imaginar una vibración de la cuerda pero sin cuerda, una onda de agua pero sin agua, la sonrisa del gato de Alicia pero sin gato.

La verdad es que no hace falta que algo sea imaginable para que sea verdad. El grado exigible para que algo pueda considerarse real, para afirmar que tiene entidad material, ha descendido bajo mínimos. Nada más amplio, nada más flexible y acomodaticio que el concepto actual de materia. La frontera entre lo que llamamos material y lo que llamamos inmaterial se ha hecho no sólo borrosa, sino incluso permeable.

¿Se puede esperar que la ciencia confirme la resurrección?

Así como la revelación no proporciona ninguna explicación científica, tampoco debemos esperar que la ciencia confirme o esclarezca los hechos revelados. Pero sí cabe decir, al menos, que las teorías de la física moderna son tan sorprendentes, tan extrañas al sentido común, tan inverosímiles como un dogma de fe. Nada imaginable o inimaginable contradice de suyo a las leyes de la naturaleza, sino solamente el exiguo conocimiento que podamos tener de las mismas. Nada atenta contra las leyes de la naturaleza, sino únicamente contra el cálculo de probabilidades.

Hoy nos divierten o irritan cuestiones que la antigua escolástica solía plantear acerca de los cuerpos glorificados. [...] hay quienes intentan demostrar que la relación entre onda y corpúsculo es algo más que una metáfora de la relación entre alma y cuerpo, y se plantean cuestiones que mañana mismo han de divertir o irritar a la posteridad. Deberían saber ya que las metafísicas mueren casi siempre por su física y que las creencias pierden vigor en la medida en que andan buscando una prueba palpable donde afirmarse. Se trata de algo totalmente ajeno a la fe, en cierta manera opuesto a ella. Quienes siguen preocupándose por problemas de orden físico recuerdan a aquellas mujeres del evangelio que fueron con sus perfumes al sepulcro de Jesús: se preguntaban cómo podrían mover la losa.

Sin renunciar a pensar sobre la resurrección, Cabodevilla señala que resulta vano el esfuerzo imaginativo del hombre.

La materia, sin dejar de serla, es asumida en la vida, y la vida, sin dejar de ser vida, es asumida en el pensamiento. En el hombre hay pensamientos, funciones orgánicas y una cierta cantidad de carbono, hidrógeno, calcio. ¿No cabría pensar en un nuevo nivel donde todo eso estuviera presente y a la vez transformado? [...] El cuerpo glorioso y el cuerpo terreno son tan diferentes y tan semejantes como uno terreno y su sombra. En una rosa no hay otros elementos distintos de los que ya existen en el suelo donde arraiga el rosal. Son las mismas sustancias, pero cernidas y refinadas y transmutadas. Desde esos cuerpos oscuros, pesadamente terrenales, intentamos vanamente imaginar cómo será, en qué consistirá aquello que Rilke llamaba «florecimiento de la carne».

Las Apariciones de Jesús (los 40 días perdidos)

Es una parte de su vida apenas conocida, el Nuevo Testamento cuenta muy poco acerca de este milagro fundamental de la fe cristiana. Gracias a los evangelios apócrifos de Tomás y María Magdalena, el Apocalipsis de Juan y los escritos del historiador Flavio Josefo, hemos conseguido descubrir detalles asombrosos sobre estos cuarenta días aparentemente perdidos.

Aparición a María Magdalena, a las mujeres, a Pedro, a Cleofás y su compañero, a los Apóstoles sin Tomás, a Tomás una semana después, al amanecer a siete discípulos, a más de quinientas personas, a  Santiago (Jacobo) y por última vez a los discípulos y su Ascensión.

La Ascensión

La versión de la Biblia es vaga e incoherente, y nos da pocas pistas sobre lo ocurrido realmente.

Los estudiosos debaten sobre si la Ascensión debe ser entendida literalmente o en alguna especie de sentido figurado. Sin embargo, Lucas insistía mucho en el carácter físico de la muerte y resurrección de Jesús, porque al parecer quería que entendiéramos que se trataba de un acontecimiento físico. Así que, en realidad, Jesús se fue al cielo físicamente.

Desde luego es todo un misterio. Nuestra reacción más normal ante historias como estas es mitificarlas y convertirlas en un filme, y es muy difícil estudiarlas bajo una perspectiva fría y calculadora, y pensar que le sucedió a unos seres humanos.

Pero pudo ser más real de lo que imaginamos, lo suficientemente como para quedar registrada en la Historia. No sólo fueron los evangelistas los que hablaron de ella, fueron muchas las personas que lo vieron, y esa convicción les llevó a ese movimiento, a decir que no estaba muerto, que volvería.

Epílogo

No obstante, y como final, Fernández aclara que, a lo largo de los siglos, se han presentado diferentes razones para negar la realidad de la resurrección y sus apariciones; que se trataba de visiones subjetivas, de alucinaciones, de histeria, de un fantasma, de una tumba equivocada o de un desmayo en la cruz que dio a Jesús por muerto.

Hoy día algunos teólogos apoyan la negación de su resurrección al clasificar las narraciones como leyendas o mitos que nos enseñan algo, pero que no describen una resurrección histórica.

FIN

A mí también,  como a ustedes mis lectores, me deja un dolor de cabeza debatiendo estos temas. Pero es mi responsabilidad pedagógica laica.

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