EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 29)





Otros de los enemigos más destructores de la civilización, fueron los indios apaches. En ráfagas violentas bajaban de las sierras de Arizona y de las cumbres de la Sierra Madre. Destruían poblados, mataban sin misericordia y se robaban el ganado y la caballada.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-04-03 00:00:00

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Por Cruz G. Acuña

Diez Pimas contra Diez Apaches por el Rumbo de Huachuca


    Otros de los enemigos más destructores de la civilización, fueron los indios apaches. En ráfagas violentas bajaban de las sierras de Arizona y de las cumbres de la Sierra Madre. Destruían poblados, mataban sin misericordia y se robaban el ganado y la caballada. No tenían patria. Lo mismo atacaban a las colonias españolas que a las rancherías ópatas o pimas. Eran un enemigo común.

    Por eso Kino exhortaba a sus pimas para que cooperaran en las campañas contra los apache s que obstaculizaban el progreso y causaban tantas víctimas inocentes. Y para los pimas, los deseos de Kino eran mandatos solemnes.

    Sin embargo, los anónimos detractores de las misiones, gritaban que los pimas estaban confabulados con los apaches, y más de una vez los inocentes pimas fueron duramente castigados por el ejército. Pero ellos siguieron fieles a su misionero y eran los únicos capaces de contener la furia sanguinaria de los pieles rojas. Por eso a Kino también se le da el título de defensor de la frontera. Un ejemplo bastará para justificar este título.

    El 30 de marzo de 1698, seiscientos apaches, jocomes y sumas, atacaron la ranchería sobaipuri de Santa Cruz. Asesinaron al jefe y a otros muchos y acabaron con el ganado que el padre Kino tenía allí para fundar la misión. Embriagados por el triunfo, comenzaron a celebrar una gran fiesta alrededor de las fogatas.

    Pero cerca de allí, como a unos seis kilómetros, en Quíburi, estaba el valiente jefe Coro. Supo lo sucedido; reunió a su gente, a la cual se agregaron numerosos indios de otra tribu que habían venido por maíz; y se dirigió a Santa Cruz.

    Capotcari, el jefe apache, vio venir aquel ejército. Pensó que la batalla no sería fácil y que tendrían poco que robar, y concibió una idea genial.

    Mandó emisarios a Coro con la siguiente proposición: pelearían diez pimas contra diez apaches, y así se decidiría la victoria. Los vencidos serían prisioneros. Coro consultó a los demás jefes y aceptó el reto.

    La dos escuadras indias se colocaron en las faldas de los montes como en un gran anfiteatro. Poco a poco fueron bajando los gladiadores seleccionados: diez pimas contra diez apaches, y así fue como en estas remotas lejanías de Nueva España, se pudo presenciar un espectáculo parecido a los del Circo romano, o a los bárbaros torneos medioevales, con todas las reglas de la caballería.

    A una señal convenida la lucha comenzó. Los apaches eran magníficos arqueros; pero los pimas estaban expresamente adiestrados en el difícil deporte de esquivar las flechas. Con vista de águila veían venir el dardo mortal, y con rápidos movimientos felinos escapaban el cuerpo. Los apaches no podían dar al blanco. Mientras tanto, ellos iban cayendo uno tras otro con el corazón traspasado. Al poco tiempo, en el campo apache, sólo quedaba vivo el Jefe Capotcari, quien también era una fiera esquivando flechas. Nueve pimas se retiraron caballerosamente, y el jefe apache quedó frente a un solo enemigo pima. Las flechas silbaban como balas y aquellos gladiadores de bronce sacaban el cuerpo con velocidad de rayo. Se trataba de la vida o de la muerte. Viendo el pima que sus flechas no encontraban a su adversario, y que se perdían rabiosas silbando entre los matorrales, se lanzó a la lucha cuerpo a cuerpo. De un golpe derribó al sorprendido Capotcari, y con una gran piedra le estrelló la cabeza.

    Una gritería salvaje se levantó en el campo apache. No se resignaban a declararse cautivos, y por otra parte veían la superioridad de los pimas. Optaron por huir desordenadamente, al estilo de "sálvese el que pueda".

    Los pimas los persiguieron disparando sus certeras flechas. Los apaches caían como las hojas de los árboles en otoño cuando el viento sopla. La sangrienta persecución se prolongó por espacio de veinte kilómetros, y en la huida quedaron como unos trescientos apaches muertos o heridos.

    La noticia de aquella victoria se divulgó por todo Sonora. En los poblados siempre amenazados por los apaches, repicaron las campanas y hubo grandes fiestas. Los gladiadores de Coro recibieron muchos regalos, y el general Jironza envió al Cacique mil pesos como recompensa.

    Por mucho tiempo los apaches no se atrevieron a repetir sus depredaciones en aquella región. Dicen que muchos, aterrorizados por lo que habían visto, se fueron a dar de paz a los Fuertes de Janos, el Paso y hasta Nuevo México. Y el Noroeste de Sonora, en un ambiente de paz, pudo seguir con más confianza el camino del progreso.

    El más felicitado de todos fue Kino, quien, con sus fieles pimas, quedaba consagrado como defensor de la civilización en la frontera. (Quisiera anotar aquí que también los feroces apaches sintieron alguna vez el hechizo de Kino; pero tristes condiciones humanas, que merecen otro libro, impidieron la gran obra).

    Llegaron al río Gila. Los acompañantes de Kino tenían fibra y entusiasmo. Bernal estaba en armonía con toda su gente. Acuña, el intérprete, y el valeroso Escalante a quien ya conocimos en San Ignacio, atravesaron nadando alegremente el río Gila para explorar una de las Casas Grandes. Mange se entretenía tomando de los naturales, informaciones sobre una mina de azogue que estaba cerca del Colorado, y sobre extraños hombres y mujeres rubias que los indios habían visto más al centro, y que no eran por cierto marcianos. Todo el viaje fue una cabalgata regocijante y triunfal.

    El día 2 de diciembre de 1697 ya estaban de regreso en Dolores. Los oficiales informaron a sus superiores sobre los sobaipuris; son gente afable y pacífica: viven en valles fértiles; les hemos contado 920 casas y 4,700 personas. Todos piden un misionero... Y de este modo se borró la leyenda que hacía de aquellos indígenas unos caníbales.

    Expediciones como ésta hizo muchas el padre Kino. Es admirable ver cómo los indios más remotos, que nunca lo habían visto, lo recibían como a un viejo y conocido amigo. Le daban alojamiento y comida; le hacían fiestas; se reunían para escucharlo; obedecían sus deseos y le servían de guías por aquellos senderos inexplorados. Cuando las expediciones eran por el ingrato desierto, los indígenas lo iban a encontrar a muchos kilómetros de distancia, llevando sobre sus hombros ollas de agua; porque en el desierto sediento un vaso de agua fresca para el viajero es el mejor de los regalos. ¡Oh magnetismo de la bondad!...


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