EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 26)





En los años que siguieron, el padre Kino reconstruyó las misiones destruidas y fundó o dejó iniciadas otras nuevas, como San Javier de Bac, San Cosme de Tucsón, San Agustín de Oniaur, en el centro de Arizona; Santa Cruz y Quíburi, al otro lado de...

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-02-24 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña


LA POLÍTICA... IGUAL. APACHES ENTRE HUÁSABAS Y BACADÉHUACHI

    En los años que siguieron, el padre Kino reconstruyó las misiones destruidas y fundó o dejó iniciadas otras nuevas, como San Javier de Bac, San Cosme de Tucsón, San Agustín de Oniaur, en el centro de Arizona; Santa Cruz y Quíburi, al otro lado de las montañas de Huachuca; Búsanic, Atil y Pitiquito, en el río de Altar; Sonoita, en los linderos del desierto; y otras más.

    Como si fueran pocas las dificultades propias de estas empresas, el amigo de los indios encontró otros obstáculos puestos a propósito por algunos enemigos emboscados. Los colonos españoles veían con envidia las abundantes cosechas y los ricos ranchos de las misiones. Además, estando los indios controlados y protegidos por Kino, los colonos no podían forzarlos a trabajar en sus haciendas o en sus minas. Necesitaban campo libre. Por eso no dejaban de desprestigiar a las misiones pimas ante las autoridades. Decían que los pimas eran muy pocos y que no requerían tantos misioneros. Añadían que eran rebeldes, y que robaban ganado y caballada, y que no merecían la protección del Gobierno.

    Con la rebelión de 1695 estas acusaciones parecieron fundadas y se presentó el peligro de que no se enviaran más misioneros a los pimas o de que el Gobierno los forzara a trabajar con los colonos. Ya los enemigos comenzaban a mover en las altas esferas todas las teclas. Conociendo cómo se manejaban las cosas en la corte virreinal, el misionero diplomático, desde lejos, vio venir la tempestad.

    No se iba a dar por vencido, y ni siquiera se iba a dejar ganar la mano. Seleccionó algunos muchachos pimas para que lo acompañaran; ensilló su caballo, y emprendió el viaje, de más de dos mil kilómetros, hacia la ciudad de México. Era el 16 de noviembre. En Navidad celebró las tres misas en Guadalajara, en la capilla de Loreto construida por el padre Salvatierra. Cincuenta y tres días exactos duró el largo viaje hasta la Capital.

     Allá en la metrópoli se entrevistó con el virrey Conde de Galve; habló con los miembros de la Audiencia; y discutió con el Provincial de los jesuitas. Explicó que los rebeldes habían sido pocos y que estaban muy arrepentidos; expresó las esperanzas que los pimas ofrecían para la civilización y para la fe; expuso las posibilidades de extender las fronteras de la patria indefinidamente hacia el Norte; y convenció a todos los que tenía que convencer. Le prometieron enviarle cinco misioneros más y no abandonar a la Pimería.

    No sabemos las penalidades que pasó en el largo camino de regreso; sólo conocemos un incidente en el cual salvó la vida milagrosamente... Le habían dado una escolta para su protección. Venían, pues, con él el capitán Cristóbal de León, su hijo, y un buen piquete de soldados. En el trayecto de Bacerac a Huásabas, el padre Kino dejó la escolta y se desvió a Nácori y Bacadéhuachi para visitar a los padres Francisco Carranco y Pedro de Mármol. Eran tan reconfortantes unas buenas pláticas entre aquellos misioneros solitarios, perdidos en las montañas o en los desiertos, que bien valían la pena de una desviación de cuatro o cinco días de extenuante cabalgata por los agrios senderos de la sierra.

    Pero cuando el padre Kino, después de sus visitas, regresó al camino real, se encontró con un espectáculo macabro. El capitán Cristóbal de León y su hijo, y todos los soldados de la escolta, yacían muertos en el camino... Los indios jacomes, con su habitual astucia y crueldad, habían sorprendido y liquidado al campamento... Si el amistoso padre no hubiera ido a visitar a sus colegas... nosotros terminaríamos aquí su ya larga historia.

    Cuando llegó a Dolores en la primavera de 1696, citó a todos los caciques de la Pimería para una junta solemne. Desde los más lejanos rincones acudieron al llamado del gran jefe. En la convención celebrada, el padre Kino les hizo una detallada relación de todas sus gestiones en la ciudad de México; les enumeró con entusiasmo las prestaciones obtenidas; y proclamó públicamente su adhesión a los postulados del gobierno central. Por toda la Pimería se extendió la noticia de que el padre Kino era "el bueno"; y el partido de la oposición quedó muy desprestigiado. A través de los siglos, la política no ha cambiado mucho.


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EL ROMANCE DEL PADRE KINO


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