EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 25)





El general Domingo Jironza de Cruzat, al ver aquel estado de cosas, pensó razonablemente un una rebelión de todas las tribus, y pidió auxilio a los demás Fuertes españoles. El mes de agosto de aquel infausto año de 1695, se reunieron en Cocóspera

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-02-14 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

EMISARIO DE LA PAZ


    El general Domingo Jironza de Cruzat, al ver aquel estado de cosas, pensó razonablemente un una rebelión de todas las tribus, y pidió auxilio a los demás Fuertes españoles. El mes de agosto de aquel infausto año de 1695, se reunieron en Cocóspera nada menos que cuatro generales con sus mejores contingentes. Marcharon sobre Tubutama; atacaron por sorpresa y mataron más de veinte nativos. Los indígenas, atacaron por sorpresa y mataron más de veinte nativos. Los indígenas, atemorizados, se ocultaron otra vez en las montañas y por varios días el flamante ejército no pudo encontrar a nadie más a quien castigar.

    Pero el general De la Fuente sí quería de veras una paz justa. No dejó de enviar correos a las montañas y a los barrancos ofreciendo de mil maneras el perdón y la paz. Poco a poco iban apareciendo guerreros indígenas en busca de reconciliación. El general De la Fuente los recibía bien. Pero cuando se dirigió a las regiones de Caborca y el Tupo, los indios, que habían presenciado más de cerca la matanza de Solís, no quisieron presentarse. Fueron inútiles todos los requerimientos del general De la Fuente y parecía que la paz era imposible. Entonces el general escribió al padre Kino rogándole que viniera él personalmente.

    Kino deja otra vez su lecho de enfermo, y demacrado y vacilante se encamina a la triste Ciénega del Tupo. Cada paso que da, es un esfuerzo en aquella larga jornada.

    Cuando se extendió la noticia de que el padre blanco estaba en la Ciénega, los indígenas remontados comenzaron a bajar con toda confianza. Bajaron los de Bosna, los de Araupo, los de Santa María y Tocutot, los de Arituba y Doagsoma. Cuando en las juntas entre indios y españoles las cosas se ponían tensas y parecía que iba a estallar el odio, aparecía la figura pálida de Kino imponiendo el orden y restableciendo la paz.

    Los indios de Caborca y otras rancherías no se habían presentado. Era necesario que los mismos indígenas que conocían sus guaridas, los buscaran, los convencieran y los trajeran para conferenciar. Cuando estos indígenas se preparaban para salir de Caborca, un general dio la orden de que llevaran a estos indios custodiados. Kino protestó diciendo que aquello era una provocación, pues los indios que se habían presentado voluntariamente no debían considerarse como prisioneros. La guarnición permaneció en el Tupo, y el cacique Eusebio Kino llevó él solo a los indios hasta Caborca.

    En Caborca tomaron a una india prisionera. El padre conocía los secretos de las tribus y envió a esta indígena a los montes. Sabía que la mujer ejercía ciertos derechos políticos entre los pimas. Al poco tiempo la india regresó con siete de los principales caciques de la región. Estos, enterados y convencidos por el padre de las buenas intenciones del general De la Fuente, se dedicaron los siguientes días a traer a sus gentes desde las más remotas rancherías: de Oquitoa, de Actun, de Moicaqui, etc. Todos se dirigieron a las tristemente célebre Ciénega del Tupo, donde se iban a reunir también los de Tubutama, Tucuvabia, Sáric, etc., y donde sería la conferencia definitiva.

    En la Ciénega, antes manchada con la traición y la sangre, se firmó el tratado de paz. La gran ceremonia comenzó con una misa celebrada por el padre Kino. Luego hubo discursos de ambas partes, abrazos, barbacoa y fiesta. Los caciques indios y los capitanes españoles se dieron la mano. Solamente se exigió con toda seriedad, la búsqueda y la entrega de los nefastos cabecillas de la revuelta que eran dos o tres. Así volvió la paz a la Pimería.

    Sin embargo, para el padre del desierto seguía la lucha diaria de un trabajo ahora más arduo. Seis de sus misiones estaban completamente destruidas. Los sembrados abandonados y llenos de maleza, las casas y las capillas incendiadas, el ganado muerto, o disperso y medio alzado; los talleres hechos pedazos.

    Le faltaban los brazos y el cándido entusiasmo del infortunado padre Saeta. El padre Januske no quiso volver más a Tubutama. El misionero de Cocóspera, el padre Barli, agobiado por las inclemencias del clima y las penalidades del trabajo, había muerto prematuramente y ya estaba sepultado en la iglesia de Cucurpe, al lado del evangelio. Campos también se resistía a continuar tan dura tarea.

    Pero Kino se encastó, no perdió el ánimo, y volvió a comenzar. Tubutama, Oquitoa y Caborca; Magdalena, Imuris y San Ignacio, ahora desoladas y en ruinas, volverían a ser fuentes de vida y progreso para la atribulada tierra de los pimas. Por eso lo hemos llamado: Civilizador incansable y emisario de la paz.




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