EL MALIGNO 





No creo en la originalidad. En realidad todas las cosas están determinadas de antemano y lo que hacemos, pensamos o creemos es tan solo darle vueltas y vueltas a lo que ha sucedido desde el origen del universo. Se repite la historia, se repite la literatura y se repite el hombre incesantemente…

Por Rafael Alberto Páez Castelo
Fecha de publicación: 2018-02-12 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad


 
Rafael Alberto Páez Castelo

No creo en la originalidad. En realidad todas las cosas están determinadas de antemano y lo que hacemos, pensamos o creemos es tan solo darle vueltas y vueltas a lo que ha sucedido desde el origen del universo. Se repite la historia, se repite la literatura y se repite el hombre incesantemente… son las diez de la noche, igual que ayer fueron las diez y estoy leyendo a Borges igual que ayer… creo, no, más bien a Carpentier… "El camino a Santiago”, de cualquier forma los temas se repiten como un fino plagio o como la paráfrasis eterna del estilo.

Dejé el libro sobre la mesa barnizada en caoba, justo en la esquina que apunta al patio, me levanté para servirme café y continuar leyendo cuando escuché un ruido extraño, lo localicé cercano al lavadero. La casa es pequeña y cualquier ruido se escucha fácilmente desde cualquier parte, es como un pequeño laberinto cuyo centro es el patio solitario a donde van a dar todos mis extravíos. Seguí el rumbo que me marcaba la esquina de la mesa y el sentido del título del libro, mirando a la oscuridad.

I. Un viento helado me estremeció. El patio estaba oscuro y tardé unos segundos en acostumbrar la vista a esa oscuridad. Algo rozó mi mano izquierda y la encogí sobresaltado, voltee rápidamente pero no pude evitar que algo me golpeara en la cabeza… escuché el sonido del reloj, no me di cuenta de lo que ocurría hasta que lo vi a él. Estaba sentado frente a mí, mirándome, parecía querer decirme algo pero no abrió la boca, yo comencé a preguntarme por el lugar, por esa persona, por el dolor en mi cabeza. El hombre enfrente de mí se levantó, caminó hacia una pequeña puerta de madera, único acceso a esa guarida. El hombre seguía mirándome sin hablar, pasó de un extremo a otro del cuarto, parecía estar igual de confundido que yo, observaba la puerta, miraba hacia el techo, me veía…

Intenté unas palabras pero mi boca no se abrió. Estábamos los dos, ahí, no sé dónde, tentando las paredes, sintiendo las dimensiones de ese lugar, luego lo sorprendí palpando la puerta, observé sus manos tratando de abrirla, fue entonces cuando me di cuenta de que yo hacía lo mismo, lo miré a los ojos y sentí un extraño vértigo, sin duda estábamos atrapados, en el espacio y en el silencio.

Sentado nuevamente pensé en mis hijos, en mi esposa, en mi gastada rutina cotidiana, en el aroma del café esperando ser servido. El hombre seguía frente a mí, inquieto, pensativo… La puerta se abrió con un chirrido de bisagra oxidada, de pronto se iluminó el cuarto y me hizo cerrar los ojos con el dolor que produce el estallido de la luz. Ahí, parado frente a la puerta estaba otro hombre, barbado, robusto, sin camisa y con gesto severo.

--¡Levántense! --gritó--, es hora de trabajar.

Salimos al mismo tiempo y al estar justo a un lado de la puerta no volví a verlo. Mi compañero se perdió entre los ladrillos de la construcción. Entonces me di cuenta de que ese lugar era una azotea de una casa céntrica, se escuchaban cercanos los motores de los autos, el trajinar de la ciudad, los ecos de la vida diaria y, sin embargo, yo me sentía preso y lo estaba, ya no había duda.

El hombre barbado salió por otra puerta, mientras yo descubría ese lugar cuidadosamente alumbrado, sin salidas, sucio, con olor a orines y vómito nauseabundo. De otras puertas habían salido más personas y me alegré de ver a Nikato, mi amigo de la escuela, estaba ahí, con la ropa manchada y el cabello revuelto. Tuve la esperanza por un instante de que él me dijera qué era todo eso, qué estaba pasando, por qué estábamos ahí, quién…

Nikato me miró nerviosamente, me saludó y comenzó un monólogo interminable mientras yo esperaba respuestas que no llegaron. Me habló de los viejos tiempos de la escuela y comenzó a reír y a reír. Lo sujeté de los hombros esperando que se calmara al contacto, entonces guardó silencio y se alejó, tomó un ladrillo y lo cambió de lugar, luego volvió a colocarlo en su sitio original y así una y otra vez, ese debía ser su trabajo, pensé.

Estuvimos cambiando ladrillos de lugar hasta que se ocultó el sol, calculé que habrían pasado unas dos horas antes de que todos, cinco personas, nos sentáramos en el piso, fatigados, callados, absortos. Parecía que todos estábamos resignados a esa extraña suerte de no saber nada, de no aceptar los hechos, de aceptarlos a pesar de todo, de creer que se trataba de un sueño, de una pesadilla. Algo anduvo mal allá abajo y estábamos pagando las consecuencias.

Más tarde vi como un anciano que apenas podía sostenerse ataba una cuerda al cerco de alambre, sus fuerzas se acababan y se detenía por momentos, era ridículo pensar en el escape pero seguía amarrando a la cuerda, entonces colocó el otro extremo en su cuello y se dejó caer. Se estaba suicidando. Ni siquiera tenía la energía suficiente para quitarse la vida. Pronto apareció el hombre de la barba y comenzó a golpearlo e insultarlo. El viejo sólo lloraba y trataba de esquivar los golpes. Luego el carcelero cesó de lastimarlo y se alejó.

Nikato se acercó a mí y me dijo que no intentara nada porque sería castigado. Le pregunté atropelladamente qué pasaba, dónde estábamos, por qué, quién nos llevó hasta ahí. El me miró por un momento y luego, en voz baja, casi inaudible, me dijo: Es… El Maligno…

II. Desesperado, salté por encima del cerco, logré agarrarme de la rama de un árbol y me balanceé hasta calcular el salto y caer sobre la banqueta. Entonces corrí. Iba pensando en las palabras de Nikato, el Nombre, para mí sólo era una noción, una idea, nada concreto y menos un ser humano o algo semejante. Nikato debía estar mal de la cabeza y yo no esperaría a estar en esas condiciones. No podía aceptar la idea de que el hombre de la barba fuera un ente sobrenatural o algo así, parecía tan humano como cualquier otro y de seguro lo era. Escuché gritos en la calle y seguí corriendo. Dos muchachos venían detrás de mí y el temor de ser atrapado me impulsaba a seguir corriendo para buscar un sitio seguro. Mi casa quedaba demasiado lejos y la ciudad parecía un pueblo fantasma, algo inusual a esas horas. Sentí que mi vida estaba en juego, en un juego mortal, en un estúpido juego sin sentido.

Crucé la plaza principal, los jóvenes venían gritando desaforadamente, se acercaban. Los gritos aumentaban, eran gritos de burla que me hacían continuar la carrera. Me volví para mirarlos y vi la navaja que uno de ellos llevaba en la mano. Estaban a mis espaldas a punto de atraparme. Entonces me dirigí al templo, la Iglesia de San Ignacio, esquivé a un guardia que tapaba la entrada, así entré al confesionario. Era extraño, hacía años que no entraba a ninguna iglesia y ahora me sentía con cierto alivio, como si esa fuera a ser mi salvación.

Me dirigí a dos sacerdotes que ahí se encontraban, besé sus manos, estaba ansioso por enterarlos de mi caso. Traté de calmarme mientras recuperaba el aliento, ellos sólo me miraban extrañados de mi presencia, luego me escucharon pacientemente, parecían enterados del hecho, casi como si mi relato fuera algo habitual para ellos. Por unos instantes pensé que me tomarían por un loco y traté de serenarme. Al terminar bajé la mirada y les dije con voz muy baja: Es… El Maligno.

Me llevaron por un pasillo y caminamos por varios minutos, pasamos por lugares que me parecía ya haber visto, sentí que era como un intrincado laberinto cuyo centro era la enorme nave en donde estaba el altar y, más arriba, un recóndito Jesús crucificado.

Seguíamos caminando, bajamos por unas escaleras de piedra hasta detenernos ante un portón de madera. Estábamos en el sótano del templo. Los sacerdotes llamaron tres veces. El silencio se rompió, adentro se escuchaban gritos, llantos, azotes, palabras hirientes, movimientos de puertas y cadenas, voces extrañas, parecía una puerta al averno y… lo era.

Era el mismo cuarto de la azotea y dentro estaba el mismo hombre mirándome con cara de espanto. Llegamos hasta otra celda iluminada, ahí, sobre unos bancos de madera, estaban otros sacerdotes, éstos muy jóvenes, quizá seminaristas, bañando a dos hombres sujetados con camisa de fuerza, lanzaban gritos terribles.

A la derecha estaba otra celda, de ahí salía vapor y un aullido pavoroso. Tenía una pequeña ventana y por ahí pude verlo. Era un monstruo. El terror que sentí me hace recordarlo con precisión. Tenía un rostro diabólico, sus cabellos eran como cerdas, gruesas y plagadas de piojos y alimañas. Su frente era una protuberancia enorme saturada de yagas, jadeaba como una bestia acorralada y sólo pude ver las amarras de su camisa de fuerza. Toda su fealdad se conjuntaba en sus ojos que eran como dos heridas, dos corazones sangrantes…

III. Busqué incesantemente a los sacerdotes, se habían ido, sólo estaba ahí la Bestia observándome, parecía escudriñar mis pensamientos. Yo no pude contenerme, comencé a temblar, a sudar copiosamente, el mismo miedo no me permitía pensar en una salida, estaba al borde del límite. Entonces lo oí. Me estaba hablando, era como un bramido, como una lengua inhumana, animalesca, sin embargo, lo entendía…

--Ya estás aquí--, me dijo.

--¿Quién eres… qué quieres?--, respondí entrecortadamente.

--Soy el todo. Estoy aquí y allá. Estoy ahora y después y estuve antes, en el mundo y en el no mundo, en la vida y en la muerte --su cuello se inflamaba--, soy el receptor de tus lamentaciones.

--No…

--Estoy esperando al hombre que cierra los ojos y piensa, entonces me presento y lo arrullo con mi canto. Estoy en el umbral del pensamiento y lo guío en la impaciencia y en la envidia, en la miseria y en el camino podrido a los siete pecados capitales. Estoy en esta vida y en cualquier otra. Estoy en la vida que se llama muerte. Te espero en la vigilia y tejo tus sueños. Yo te traje hasta aquí y puse el espejo en tu celda para que contemplaras tu miseria.
--El hombre del cuarto no era yo, era otro hombre, --traté de explicarle…

--¡Eras tú! --contestó rápidamente--, eras tú que no te reconoces porque estás ciego. Eras los hombres que te perseguían y eras el viejo suicida impotente. Y ahora estás aquí, ante ti mismo.

--¡Tú no eres nada! --grité--, eres un sueño, una pesadilla.

--¡¡Soy El Maligno, soy tú mismo y estás ante otro espejo y… si eres un sueño, entonces… despiééééértaaaaaa!!

IV. "El escritor Jorge Luis Borges nos dice en su obra maestra "Historia de la eternidad” que, antiguamente, en el periodo resolutivo de la humanidad, existieron dos poderosos ejércitos opositores…” La maestra toma el gis y traza un gran círculo en el pizarrón. Se dirige a nosotros nuevamente y continúa…

"…Esas dos fuerzas bélicas pelearon la batalla definitiva, a la cual debemos el actual estado de nuestra civilización…”

"Ambos ejércitos defendían la misma causa, pero, extrañamente, sus líderes no coincidían en la manera adecuada de lograrla…”

Las palabras de la maestra se escuchaban lejanas. Estoy observando la iglesia de San Ignacio que, a lo lejos, se dibuja majestuosa. La mañana transcurre como todos los días, ahí están los robles dominantes, la calle sembrada de estudiantes, la caminata de los seminaristas.

"Sabemos que en la conflagración final la lucha fue a muerte y tan encarnizada que el ejército derrotado no pudo jamás reorganizarse y los pocos sobrevivientes huyeron a esconderse en los bosques cercanos y, es igualmente extraño que nunca se supo más de su existencia. Algunos han dicho que se conformaron en grupos de combate que eventualmente salían a sorprender al enemigo. Finalmente, hay versiones de que sus descendientes aún están en la lucha, sin embargo, ninguna de éstas versiones está plenamente confirmada…”

La maestra hace ademanes y escribe signos y símbolos desconocidos. El pizarrón muestra el campo de batalla. Allá afuera… veo el campo de juego de los niños, sus sonrisas, el cielo radiante adornado con el vuelo de las aves… pienso… Dios existe, sin duda… pienso que algún día Él me quitará este malestar que va creciendo, este dolor de cabeza que no me permite leer adecuadamente la historia y sus lecciones… escucho la conclusión de la maestra.

"Así fue… El ejército triunfante impuso sus condiciones y hoy nosotros sabemos quién era su dirigente… ¿Lo recuerdan?... si… era... El Maligno”.


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