HABLEMOS DE LA ESCUELA





Iba a escribir de teorías pedagógicas, de diagnósticos educativos y de estrategias de aprendizaje, pero no sé nada de eso, lo acepto por fin. Hoy mejor me propuse hablar de un tema cercano, real y trascendente, lo mismo que fantasmagórico, incongruente y surrealista: La escuela

Por Rafael Alberto Páez Castelo
Fecha de publicacin: 2018-02-09 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Rafael Alberto Páez Castelo

    Iba a escribir de teorías pedagógicas, de diagnósticos educativos y de estrategias de aprendizaje, pero no sé nada de eso, lo acepto por fin. Hoy mejor me propuse hablar de un tema cercano, real y trascendente, lo mismo que fantasmagórico, incongruente y surrealista: La escuela. Mejor hablemos de la escuela.

    No perdamos la pólvora en infiernitos. Hablemos de esa fórmula extraña y justiciera, de esa figura paradójica y magnífica. Hablemos de la escuela de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros hijos… hablemos de esa extraña forma plural que se llama colegio, plantel, institución, liceo, jardín, primaria, secundaria, prepa y lo demás…

    Hablemos del mejor lugar en donde estuvimos mucho, mucho tiempo y en la que quisiéramos seguir aunque sea nomás los lunes un ratito por la mañana… Mejor los invito a hablar de la escuela.

    Si, de la escuela, de esa escuela a la que cada uno fue. De ese plantel viejo o nuevo, pardo, oscuro o brillante. De esos árboles recién sembrados o de los tremendos arbolotes gigantes, ¡gigaaaaantes!, a los que nos trepábamos y en los cuales nos columpiábamos y nos escondíamos, esos que nos protegían del sol y nos servían de lugar de reunión en el recreo.

    Hablemos de cuando íbamos a la escuela y cuando llovía y corríamos como locos por el patio o cuando hacía mucho sol y no pasaba nada y el sudor se mezclaba con la tierra de nuestra frente y saboreábamos frescas gotas de salsa con tierra sabrosa en nuestro limón real. De cuando las hormigas se subían por los pies a la hora de la formación, de los sapes y de los coscorrones, de los reglazos y de las felicitaciones, de las estrellitas en la frente, de los diplomas y las condecoraciones.

    Hablemos del cuadro de honor y de las orejas de burro. Hablemos pues… de la escuela y de sus fantasmas encerrados, de sus hadas voladoras, de sus ventanales y sus pizarrones, hablemos de sus primeras inexistentes computadoras y de sus ventiladores, de sus escobas, del olor a petróleo y al "Fabuloso” de colores.

    Hablemos de la Maestra a la que le teníamos un profundo pavor junto con un sublime respeto y agradecimiento. Esa Maestra que nos enseñó la raíz cuadrada y a dividir y a multiplicar con punto decimal y que nunca aprendimos.

    Esa Maestra que nos conocía hasta dentro de los más intrincados rincones de nuestra alma con solo mirarnos y menear la cabeza. Recordemos su sonrisa enigmática, sus pesares diarios que llevaba a pasear a la escuela, su indescriptible padecer cuando se quedaba en silencio pensando en no sé qué… Hablemos de su amor infinito hacia las cosas de la escuela y veámosla partir cerrando la puerta del salón, en silencio, meditando lo que sigue en el día familiar y en la junta escolar de la hora de salida.

    Hablemos del Maestro que nos enseñó los secretos de cómo hacerse persona con humildad, con éxito y respeto y que tampoco aprendimos por burros y soberbios… Hablemos del Maestro deportista y discreto, del Maestro furioso y risueño, del que tocaba en la Banda de Guerra y nos llevaba de paseo. Del Maestro y la Maestra hablemos, que no tienen empresas pero que todo lo hicieron.

    Hablemos de ellos, de los docentes, de los alumnos, de los padres de familia, de los secretarios y más, y también de los esforzados, de los beligerantes, de los flojos y de los misántropos, de los exitosos y de los inteligentes litigantes, de los gestores, de los gestosos, de los eficaces y de los tomadores, de los graciosos y de los desertores, de los brillantes y de los mejores, para entender en qué consiste una escuela, una educación y una realidad de vida total.

    Por ello, hablemos de los Maestros, de los estudiosos y de los confesores, de los cínicos y de los redentores. Hablemos con respeto y con coraje, con admiración y con rabia, pero hablemos de ellos con justicia y con fe, con esperanza, con responsabilidad a media cancha… hablemos de los Maestros que nos enseñaron a hablar con la mirada, con la pluma, con el honor y con el corazón a rajatabla.

    De los que hicieron los muros de la ciudad en llamas, de los que araron el surco y luego lo regaron, de los que ganan poco y de los que nada ganan… de los que ganan mucho y luego lo comparten o regalan… de ellos hablemos… de los que tienen la gracia de haber nacido humanos, como tú y como yo y como todos los lectores de estas líneas paganas…

    Hablemos de la escuela… Hablemos del pasillo, del jardín, del bebedero… de la Cooperativa y de cuando hace muchos años nos tocaba llevarnos los dulces a nuestras casas a terminar de vender la bolsita de "Miguelitos” y de chicles cuando no se valía masticarlos a placer y sin medida. Recordemos cómo nos comíamos los dulces y pedíamos a nuestros padres el dinero para reportarlo al Maestro quien nos apuntaba en la lista de los morosos… y de los morosos que hemos sido desde entonces… hablemos.

    Hablemos del sonido de la campana o del timbre que nos indicaba la hora de salir al recreo, la hora de entrada o de salida… esos momentos claves en la historia escolar de nuestras vidas.

    Del día en que nos repartían el ahorro escolar. El día del bailable y el poema que se nos olvidó a media ceremonia de honores a la bandera.

    Hablemos de la niña más bella del universo que estaba con nosotros en el salón de clases. Pensemos en los sueños de risa y de llanto que venían al terminar el año… Sí pasamos de grado… No pasamos… Sí pasamos… No pasamos… La margarita de la reprobación o del pasar de panzazo pero contentos… Hablemos de las tibias mañanas del otoño y de los temblores matutinos del invierno helado y brumoso…

    Hablemos de la escuela… de la nuestra, de las tareas, del trabajo manual, de la cancha y del juego de pelota, de los triunfos y los fracasos en ese campo grande y seco lleno de matorrales y de cemento a veces…

    Hablemos de los colores, de los olores, de los sabores. Ventosidad a medio dictado, de la risa y del llanto público, del bostezo y el regaño, del moco embarrado, colgando y soplado… de ese ingrato que no alcanzó a llegar al baño, de la que se desmayó en la formación y de la Reinita escolar, del Prefecto intendente putrefacto y amigo venturoso, de la Junta de Padres y del Festival de Madres, del velorio tristísimo de un niño y… en el Día del Niño… del jolgorio hablemos.

    De la panza tiesa y el calambre, de la patilla jalada y del hambre y la sed y del cochambre en los baños y en las mentes, de la luz en la frente y en el alma de tanta gente buena casi santa… y de las graduaciones, las boletas de calificaciones, el certificado, las cartas de buena conducta, de las cuotas, los campamentos y las documentaciones.

    De la Maestra viejitita y del viejitito Maestro de traje y de corbata, del Maestro en shorts y tenis, camisetota estampada y delirante, de los cambios forzados, de los pleitos, de juntas laborales, permutas y justificaciones, de los candados en la puerta, de la basura regada en la banqueta, de los niños castigados y de los cercos horadados y tensos, del Himno Nacional y el Juramento, de los árboles por su tasa regados y del paletero… también hablemos… del taquero, del buen raspadero y del pico-gallero.

    Hablemos por favor de la escuela, de la que nos formó, de la escuela real, de la que tiene cartelones a la entrada y material didáctico en las paredes. De la rural, la urbana, la indígena, hasta de la particular hablemos, aunque no sea de este mundo nuestro por no tener para pagar nuestros semestres…

    Del ruido que hacía el viejo equipo de sonido cuando chillaba y la Maestra de Ceremonias se retiraba el micrófono para volver a la normalidad acústica.

    Hablemos de la escuela y de las pruebas, de las tareas y de los recesos… Hablemos de la escuela que se fue haciendo vieja, desde el kinder hasta la escuela Normal, hasta la Universidad, hasta el posgrado… hasta el cansancio hablemos de la escuela…

    De la escuela sin miedo, sin tristeza, más bien con nostalgia y con melancolía… de nuestra escuela preciosa, de sus patios inmensos, hablemos de la escuela que nos hizo ser humanos agradecidos y fatuos y nos mandó al mundo a buscar los éxitos y los fracasos…
    Donde hicimos amigos y enemigos… donde medimos fuerzas en el pleito temprano… donde aprendimos a leer y a escribir las páginas de nuestra vida misma y a borrar y a reescribir miserias y maravillas.

    Contemos de cuando esa joven nos sonreía a la hora de salida. Contemos los latidos de nuestro corazón hasta llegar a casa. Contemos de la ilusión y la espera por volver a verla. Hablemos de la risa y de la cara colorada y del tartamudo aquel en el espejo del alba…

    Hablemos de la escuela viva, de la escuela de ayer y de hoy, hasta de la escuela del futuro hablemos, aunque nos pegue el frío. Digamos cosas de la escuela que vibra y que existe, de la escuela limpia y de la escuela sucia, de la que tiene un líder, un héroe y un traidor, en la Dirección y en cada salón… sea de preescolar, de primaria, de secundaria y de más…

    También hablemos de la escuela que se perdió en las heladas aguas saladas de la mediocridad… de la escuela que se extravió en las veredas de la apatía y de la envidia y de la soledad y de la vergüenza… hablemos de la escuela con luz y con tinieblas, de la escuela que espera nuestra entrada.

    Hablemos de la escuela Maestras y Maestros… hablemos…

    Porque ese espacio y ese tiempo es lo que nos da identidad, es lo que nos define en el mundo laboral, es lo que nos da sustento a la hora de pensar… es la que nos da fuerzas para volvernos a levantar…

    Hablemos de la escuela que queremos inventar, de la escuela soñada, de la que todavía no está… de la que construimos en cada kermés y en cada rifa, de la que edificamos con cada curso-taller y con cada "polliza” y con cada berrinche de amargura sin fin… también de la escuela que pintamos y barrimos, de la que sembramos y de la que podamos, de la que limpiamos y ensuciamos con nuestras palabras y con nuestros actos… de la escuela que amamos y odiamos a veces en medio de tantas y tantas cosas de la vida…
    
Hablemos… amigos… de la escuela... Sigamos hablando y que nadie nos calle, que nadie nos diga que ellos son los salvadores de una crisis total… que levantarán las costras, que lavarán las heridas, que zurcirán las telas de su peor tempestad…

    Que la escuela está viva y nosotros con ella, que nos ganó la risa cuando olvidamos por un rato de lo que se trata educar… que ya lo recordamos, que ya estamos aquí, listos y dispuestos a volver a empezar… aunque nos tengamos que evaluar, pero lo más importante es que los estudiantes aprendan a vivir con luz, con éxito, con fuerza y tempestad.

    Que las computadoras, los celulares, los libros, los videos, las redes virtuales y lo que se ha ido inventando para aprender de más, con un nuevo perfil y una diferente manera, se espera que avancen para una educación real y de verdad, confiando en que estos modelos nos ayudan a unirnos y nos dan calidad, pero más nos regalan la palabra precisa y la magia de estar… porque más nos ofrece nuestra necesidad, nuestra capacidad, porque nos pide un poco de nuestra inmensidad…

    Hablemos de la escuela, que la escuela ya viene, que no hay que dejarla ir… que nos regala su magia y su sabia amistad… Hablemos de la escuela para que los alumnos avancen como nunca, sigan adelante y sepan que ser alumno y docente es una virtud sobresaliente para la mejora del ser humano lo piense como lo piense.

    Hablemos de la escuela… hablemos camaradas… digamos de sus cuitas y de su claridad… hablemos donde quiera y enfrente de quien quiera, no callemos por miedo o por comodidad… hablemos este día y mañana de nuevo, hablemos compañeros…que la escuela sonriente nos lo agradecerá.

Por eso… desde acá,
desde nuestra eterna condición de debajo del estándar,
sin cesar, sin claudicar, sin dudar,
hablemos de la escuela…
Para que la gente sepa de qué se trata esto de educar a la gente…
Hablemos y hagamos…
Hablemos aunque no nos escuchen…
Aunque por la boca muramos…
Hablemos con el corazón y con el puño levantado…
Hablemos de verdad…
Hablemos siempre…
Y después de callar…
cuando queden el eco y las sombras solamente…
Profesor… Profesora…

¡¡¡Hablemos fuerte!!!

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