EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 24)





El padre Campos y los soldados habían pasado la noche anterior al asalto de San Ignacio, con los caballos ensillados, listos para cualquier emergencia. A pesar de estar alertas, el ataque de los indios los tomó por sorpresa. Pero el valiente cabo Escalante...

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-02-02 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

EL MARTIRIO SE ACERCA


    El padre Campos y los soldados habían pasado la noche anterior al asalto de San Ignacio, con los caballos ensillados, listos para cualquier emergencia. A pesar de estar alertas, el ataque de los indios los tomó por sorpresa. Pero el valiente cabo Escalante, con sus tres únicos soldados, detuvo por un momento la furia de la indiada mientras Campos se colocaba las espuelas y montaba a caballo. Luego emprendieron todos vertiginosa huida. Las flechas pasaban silbando o rebotaban en los escudos de los soldados que hábilmente cubrían a Campos. Aunque los indios iban a pie, persiguieron a los fugitivos como dos leguas, sin dejar de disparar. Solamente los dejaron cuando los caballos les tomaron ventaja. Campos y sus valientes no pararon hasta llegar a Cucurpe.

    Mientras tanto, allá en Dolores, la escena es diferente. El capitán Mange da una carrera de 28 leguas para avisar al general Jironza que se encuentra en Opodepe. Cuando regresa a Dolores encuentra a Kino sin escolta. Los cuatro soldados que habían quedado para defenderlo, al conocer las últimas noticias, se dirigen a Bacanuchi para proteger a sus familias. En efecto, se piensa que los alzados quieren acabar con todas las misiones, y de un momento a otro pueden irrumpir en Dolores. Tal vez ya estén acechando cautelosos desde los montes vecinos.

    Mange aconseja a Kino que huya. Huyó el padre Januske de Tubutama; huyó también el padre Campos de San Ignacio. ¿Acaso el padre Kino no puede huir también? Pero el padre de las misiones no acepta la proposición. Al caer la tarde, llega un indio diciendo que los rebeldes se dirigen a Dolores. Entre las sombras y el silencio de la noche, Kino y Mange llevan ornamentos y demás objetos de la iglesia, los papeles importantes y los aparatos del astrónomo, a una cueva a una legua de distancia. Allí los esconden sin que nadie se entere. Mientras caminan cansados entre la oscuridad, Mange insiste diciéndole al padre que no deben regresar al pueblo. Kino le responde que nada malo pasará. Mange decide quedarse con él, pase lo que pase; pero primero se confiesa, como para morir, por las dudas. Los dos están de nuevo en el pueblo al romper el día.

    Pasan las horas, largas como la angustia, y los indios rebeldes no llegan. Pasa el día y pasa la noche, y Dolores no recibe la temible visita. Es que en Dolores está el padre bueno, el que sacó a los indios de su miseria, el que los atendía en todas sus penas, el que siempre los defendió. Los rebeldes no se atreven a incendiar sus misiones de Dolores, Remedios y Cocóspera donde él reside. Estos fueron los únicos pueblos que entonces escaparon del desastre.

    Además, Kino había enviado a los alzados algunos mensajeros pidiéndoles que no siguieran su obra destructora. A pesar de todo lo que había sucedido, los indios le hicieron caso. Terminadas sus fechorías en el río de Magdalena, los rebeldes se replegaron, y se perdieron en los montes.


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