EL PENSADOR  





Usted se siente solo, muy solo en ese cuarto, en ese aborrecible cuarto lleno de cosas vacías y objetos inservibles, sin significado para su pensamiento. Aunque hay ocasiones en que busca la soledad que se puede encontrar en ese lugar, también las hay en que siente deseos de salir

Por Rafael Alberto Páez Castelo
Fecha de publicacin: 2018-02-02 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad


 
Rafael Alberto Páez Castelo

Usted se siente solo, muy solo en ese cuarto, en ese aborrecible cuarto lleno de cosas vacías y objetos inservibles, sin significado para su pensamiento. Aunque hay ocasiones en que busca la soledad que se puede encontrar en ese lugar, también las hay en que siente deseos de salir corriendo como un loco de ese sitio despreciable.
 
Desde que llegó al pueblo sus estados de ánimo han fluctuado con demasiada frecuencia. Se han sucedido en usted las depresiones tormentosas, falaces, torturadoras, intercaladas con breves periodos de sonrisas y buenos deseos de salir adelante, pero es demasiado el peso mental que soporta y, en estos momentos, sentado en el viejo sillón de esparto fino y manchado, uno de los pocos muebles que quedan en el cuarto, además de la mesa descarapelada, dos sillas, una desvencijada alacena y ese ropero que tanto trabajo le costó conseguir, casi media hora de regatear con ese intransigente anticuario de la capital, usted se siente rotundamente mal.
 
No, no, de nada sirve, nada remedia el pensar y pensar en el pasado, en que… hubiera sido mejor seguir trabajando en la capital en lugar de venirse a este pueblo seco, viejo, vacío. Vacío para usted, que no acepta su realidad, que no quiere aceptar que la solución de su vida está en usted y únicamente en su persona. Siempre fue un batallador incansable, un luchador, un incorregible tritón, capaz de resolver cualquier problema.
 
Pero… verlo ahora… convertido en un despojo humano, en un manojo de nervios y temores. De veras que los hombres enfermos pueden llegar a ser complejos, complicados, ridículos, estúpidos, absurdos. Mejor será que duerma un poco. Los desvelos solo le acarrean más pesares, vamos, busque la comodidad de su cama y deje ese sillón torcido. Si al menos dejara de fumar, de pensar, de beber, de recordar. Mañana… será mañana… tendrá una nueva esperanza de salir avante, ¿por qué no se deja de esas cosas?
 
Entra un poco de aire fresco por la ventana. El cuarto está semi oscuro, medianamente iluminado por las luces escasas de la calle de ese pueblo olvidado de Dios. Afuera… solo silencio, interrumpido por el canto de los grillos, lamentos caninos, risas y música lejana que proviene del lupanar de la última calle, ese, que usted no se ha atrevido a visitar todavía.
 
Usted ya está recostado sobre la cama. No se ha quitado aún ni los zapatos, sigue fumando, mirando al techo, recargando la nuca entre sus manos cruzadas hacia atrás. No deja de pensar, de atormentarse, de martirizarse, de hurgar en sus propias y dolorosas llagas, más imaginarias que reales. ¡Maldita sea! Siempre se sale con la suya, ¿quiere hablar solo y recordarla, verdad? ¿Quiere hablar de ella, no es así? Está bien, está bien, ¿qué más se puede decir? ¡Si todo está terminado! ¡Todo!
 
Usted la ama, la amó, la amará con todas las fuerzas de que es capaz un ser humano. La conoció un día en su trabajo. Ella se presentó muy temprano a solicitar un trámite de rutina para usted y la atendió sin distinción aparente. Fue entonces que al preguntarle su nombre vio sus ojos, su rostro, su cabello. Tal parecía que había recibido una repentina descarga eléctrica.
 
Al ver nuevamente sus ojos se produjo en usted una sensación extraña. Estaba a unos pasos de usted y, sin embargo, los sintió tan bellos y tan cercanos que pensó en no olvidarlos nunca. Ella le dio las gracias con una sonrisa incomprensible, tímida, una vez que su asunto quedó concluido.  Usted no supo exactamente qué sucedió cuando ella le dio la espalda para dirigirse a la salida. Estuvo un momento parado ahí como pensando, pensando, pensando, se advertía distante, confuso, fascinado.
 
Recuerda que ese día lo pasó cabizbajo, dubitativo, queriendo revivir el momento pasado y volver a disfrutar de esos ojos negros, hermosos, extraños y de ese rostro que sabía a hermosura y a tristeza y de una mujer que se sentía hecha de melancolía y de nostalgia.
 
Quiso olvidar el incidente cuando se dio cuenta de que se estaba apoderando de usted, pero ya era demasiado tarde. El ruido de las máquinas de escribir y las voces de las personas que llenaban la sala eran ajenos a usted. ¿Qué le había pasado? Parecía absurdo, ridículo, pensar en un amor producto de una entrevista que no duró más de cinco minutos. Usted comprendió que no era deseo, nada más así. Era algo diferente, una sensación inexplicable, nueva. Era un nuevo camino, un terreno inexplorado. Unos ojos, un rostro, un cabello, un espíritu delicado, verdadero. No, no era eso solamente. Era algo que iba mucho más allá. De pronto se sintió un imbécil.
 
Pasaron los días y usted parecía cumplir con su deber de trabajador burocrático. Todo iba como siempre. Sus compañeros de oficina hacían culto a la simulación y leían el periódico, charlaban entretenidos de los sucesos diarios, comían gente y demás. Las señoritas secretarias hacían lo propio. Todo parecía como de costumbre.
 
Entonces entró ella, radiante, iluminada. Parecía una diosa refulgente. Usted se levantó y la atendió. Ella necesitaba su ayuda en otro departamento de la dependencia, ahora. Salieron de la oficina y se encaminaron al segundo piso.
 
--¿Viene usted seguido para acá? –preguntó usted sintiéndose invadido por una rara atmósfera confortable.

--No, la verdad no me gusta para nada hacer estos trámites, pero ahora me tocó hacerlos –su voz sonaba suave y tranquila.

--Trataré de ayudarla en lo que esté a mi alcance y solucionar su problema --le dijo buscando sus ojos. Ella lo miró por un segundo, como buscando una respuesta al tono de su voz. Sonrió y siguió caminando.

--"Ana María Montenegro Iza”, --pronunció el nombre de ella al leerlo en los papeles que le confió al entrar a la oficina.

--Ese es mi nombre, un poco extenso, pero es mi nombre –le dijo ella.

--Si no sonara muy cursi, le diría que es un bonito nombre –quiso usted quedar bien.

--No se preocupe, yo sé bien que no lo es, pero muchas gracias de todos modos.

--Está bien, está bien, perdí. Los dos rieron divertidos. Sus miradas se cruzaron por un instante y continuaron caminando hasta llegar a su destino. Resolvieron el problema. Siguieron conversando. Ella era maestra de una secundaria cercana a la oficina. Vivía sola en la gran ciudad y ahora debía volver a su trabajo. Se despidieron con una sonrisa y un mensaje silencioso de complicidad. Después de eso la oficina se volvió a llenar de un aroma a monotonía que usted sintió como una bofetada que lo hizo ponerse a trabajar a su ritmo personal.
 
Usted recuerda bien cómo fueron las siguientes entrevistas casuales, pero bien planeadas en su pensamiento. Hasta que un día usted y ella fueron ella y usted, solamente.
 
No, no. Para usted esta no es una historia de amor como cualquier otra, porque no es una historia de amor. Lo que pasó en realidad era una necesidad intensa de tener una compañera, una obsesión tal vez, sin embargo, se mostraron sus almas, sus mentes, sus cuerpos, su todo. Navegaron uno en el otro y sintieron cada poro de su piel, de su ser y de su vida. Se refugiaron uno en brazos del otro hasta que usted capituló, comenzó a sentir miedo, un pavor inmenso de sólo pensar en que pudiera perderla. Se convirtió en un cobarde, en un sujeto tembloroso, tímido, idiota. La trató mal, la humilló, pero le decía muy solemnemente y en medio de insoportables teatros que la quería. Pudo haber llorado frente a ella, pero no lo hizo. Lo demás fue algo más que lo demás.
 
Ella está ahora en algún lugar de la capital y usted aquí, pudriéndose, tragando lágrimas, muriendo, porque eso es lo que está haciendo, muriéndose poco a poco. Hoy no ha bebido alcohol, pero no dudo de que tirará el abstencionismo por la ventana y se largará a buscar a su amigo, el único que ha conseguido aquí, para que le invite un trago, así sean las tres o cuatro de la mañana y andará vagando como un loco por el pueblo acompañado solamente por el ladrido de los perros y por las miradas acusadoras de los amanecidos del pueblo. Me da lástima usted, y aunque trato de comprenderlo, voy pasando del coraje a la lástima final.
 
Hoy se ha levantado peor que nunca. Su rostro está demacrado. Se nota un profundo pesar en su cara. Ayer bebió demasiado y terminó en el burdel del pueblo, llorando por su amada. Métase al baño y dese una buena ducha con agua tibia, eso le reconfortará.
 
Le ha llegado carta, firmada por Mario, su amigo de la capital, su antes inseparable amigo de la capital. Le dice que ha localizado a Ana María, pero le pide que no lo piense mucho, que siga trabajando en ese pueblo seco y vacío y que se olvide de ella. Dice también que Ana María vive tranquila, sin problemas aparentes. Todo va bien, todo va bien…
 
Usted se queda mirando el papel, ya no lee, solo mira, solo piensa, retrocede, se tortura. Toma el papel, lo parte en dos, en cuatro, en ocho cuadritos y lo arroja sobre la mesa llena de platos sucios, de botellas vacías y de una familia de moscas que escandalosamente desayunan por usted.
 
La desesperación se apodera de usted, piensa en salir corriendo de ese cuarto despreciable y tomar el primer autobús rumbo a la capital. Necesita verla, necesita pedirle perdón, hablar con ella, pero… ¿valdrá la pena? Toma su saco sucio y se encamina a la calle. Hablará con ella y le dirá cuánto la extraña, le pedirá una nueva oportunidad para demostrarle que si es sincero su amor, que la ama, la necesita, la venera, la busca, la… ¿algo más?
 
Se detiene un momento al abrir la puerta. Piensa nuevamente. Ana María es la mujer de su vida, es hermosa, con sus ojos negros, negros, su cabello largo, largo, perfumado, con aroma a vida, a viento fresco, a su pasado fugaz.
 
Aún queda cerveza en la hielera. La capital queda a diez horas de camino de este pueblo seco y vacío. Tómelo con calma. ¿Para qué precipitarse? Esa mujer ya no piensa en usted. ¿Qué importa que sea bella y comprensiva?
 
Irá… no irá… Es la tercera carta de Mario y es la tercera ocasión en que usted se queda parado en la puerta de su cuarto en ese pueblo seco y vacío, pensando, pensando, pensando y… pensando.

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