EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 21)





En la fresca mañana del domingo, el pueblo de Dolores vestía sus galas para la fiesta de la Resurrección. De pronto, un indio sale de las montañas vecinas y llega al pueblo. Va de prisa, sudoroso, jadeante, pálido. Los que lo ven pasar notan en su rostro

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-01-07 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

CUANDO EL ODIO SE DESATA

    En la fresca mañana del domingo, el pueblo de Dolores vestía sus galas para la fiesta de la Resurrección. De pronto, un indio sale de las montañas vecinas y llega al pueblo. Va de prisa, sudoroso, jadeante, pálido. Los que lo ven pasar notan en su rostro demacrado las huellas de un gran esfuerzo y de un profundo dolor. Ha corrido todo el día anterior; ha seguido caminando durante toda la noche; ha recorrido en 27 horas la distancia de 150 kilómetros que separan a Caborca de Dolores. El extraño caminante llega a la casa del padre Kino y, con voz entrecortada, le cuenta toda la tragedia de Caborca. "Ha muerto el padre Saeta... las misiones del valle de Altar se han convertido en cenizas”... Para Kino, la mañana de Resurrección se convierte en triste noche de Viernes Santo...

    El cacique de Bosna es enviado a Caborca a verificar los hechos. Encuentra los cuerpos de las víctimas y los incinera, según la costumbre indígena; pero sepulta cuidadosamente aparte los huesos calcinados y las cenizas de Saeta. Al indio le causa admiración el Cristo ensangrentado al cual estaba abrazado el padre, lo desclava de la cruz, y lo lleva reverentemente consigo. (Más tarde, el padre Campos regaló este Cristo al capitán Solís. Sucede cada cosa).

    En Dolores se dice que los rebeldes continúan su obra destructora; se habla de un levantamiento de todas las tribus; y por eso se envían mensajeros al general Jironza, pidiendo auxilio. El general reúne sus tropas y envía correos especiales al Fuerte de Janos, cerca de la Sierra Madre, y más lejos, hasta Parral. Luego se dirige con sus soldados hacia la Pimería. Entre los soldados van muchos indios auxiliares, y hasta un feroz pelotón de seris.

    Llegan a Tubutama y la encuentran desierta. Solo una pobre india enferma se encuentra escondida, temblando, entre las ruinas. Los seris la despachan de un flechazo. Ellos saben que los llevan a castigar, a matar... o a morir. En Pitiquito solamente descubren a una mujer con sus dos hijitas. Las toman prisioneras. La mujer es interrogada severamente, la desventurada madre es condenada a muerte. Su pecado fue, ser de Pitiquito. Antes de matarla (no son tan crueles como los seris), la bautizan. Las niñas indias, aterradas y convulsas, con sus azorados ojos negros miran, sin comprender, aquella repugnante mezcla de cristianismo y de barbarie.

    Un indio pima, acosado por el hambre, ha bajado a Caborca buscando algo que comer. Con él andan dos niños nativos. Cuando llega la tropa, el indio pima desaparece como una exhalación entre el mezquital. Los dos inditos tratan de esconderse. Uno de los seris, acostumbrado a cazar venados en la Costa, descubre a uno de ellos, y de un certero flechazo le parte el corazón. El otro indito, con un grito de terror y de angustia, llama al capitán Mange por su nombre... El capitán salta como una fiera herida y lo salva de la muerte.

    Los rudos soldados recogen con veneración (y tal vez con rencor) los huesos y las cenizas del padre Saeta; los colocan reverentemente en una caja, y los llevan en procesión para darles cristiana sepultura en la iglesia de Cucurpe. Pero antes de retirarse, destruyen salvajemente en todos los valles del río de Altar, los trigales y los maizales que aún quedaban, y se llevan la caballada y el ganado que pueden encontrar. Así los indios rebeldes no tendrían que comer y se rendirían pronto. Y así, decimos nosotros, se morirían de hambre también los indios que no fueron rebeldes, y las mujeres y los niños de aquella tribu desdichada. Era la guerra total: la terrible pero lógica consecuencia de todas las guerras.

    Durante aquella primavera, en los valles desolados del río de Altar, no maduraron las espigas, ni se escuchó el canto del trabajo y de la vida, ni el tañido de las campanas... ni se abrieron las flores... Un silencio de muerte, una tensión de agonía, un miedo paralizante invadían la llanura, penetran los montes y llegan hasta el regazo de la madre india que apretaba a su hijito entre sus brazos. Pero lo que vino después... Dios mío... no quisiera narrarlo... El hombre es una fiera, cuando el odio se desata.

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EL ROMANCE DEL PADRE KINO

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