EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 20)





El capitán Solís creía que pertenecía a una raza superior y que era dueño de la vida y de la muerte de los indígenas. Un día se perdieron algunos caballos en el norte de la Pimería. Solís salió con su tropa a perseguir a los supuestos ladrones.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-01-02 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Libros



Por Cruz G. Acuña


Flores de Sangre en el Desierto

    El capitán Solís creía que pertenecía a una raza superior y que era dueño de la vida y de la muerte de los indígenas. Un día se perdieron algunos caballos en el norte de la Pimería. Solís salió con su tropa a perseguir a los supuestos ladrones. En el campo, encontró a unos indios sobaipuris dándose un banquete de carne asada. Adivinó que se estaban comiendo los caballos robados y, justicieramente, ordenó el ataque. Varios nativos quedaron muertos en la llanura. Los demás huyeron. Pronto los soldados se dieron cuenta de que los indios estaban asando carne de venado; pero los indígenas muertos no resucitaron...

    El mismo Solís oyó que en Tubutama había rumores de sedición. Fue al pueblo; aprehendió a algunos indios que le parecieron sospechosos; y sin más, los fusiló.

    Los misioneros acostumbraban a llevar a sus misiones nuevas, indígenas ya civilizados que podían enseñar a los neófitos los diferentes oficios. En Tubutama, el padre Januske tenía como capataz de los trabajos a un indio ópata. A este ópata se le había subido el mando a la cabeza y tal vez también se sentía de una raza superior. El caso es que despreciaba y maltrataba a los pimas que estaban bajo sus órdenes. Era un caso de prepotencia y racismo.

    Por eso, aunque los pimas, en su mayoría estaban contentos con el nuevo estilo de vida que les había traído el padre Kino, no faltaban espíritus independientes que sentían su orgullo herido ante las insolencias de los extranjeros, españoles y ópatas. En el fondo de su corazón, los odiaban. Lo malo era que no distinguían entre personas y personas; pues entre los europeos había personas tan buenas como Kino y Saeta; y entre los indios "extranjeros”, había gente tan abnegadas como el catequista ciego de Ures.

    Una mañana, el padre Januske sale del pueblo, rumbo a Tuape, para asistir a la Semana Santa. Esa misma mañana, el capataz amanece de mal humor. Al comenzar su trabajo, reprende a un pima y sin más, lo derriba de un golpe y comienza a patearlo enfurecido con las puntas de sus botas. El pima pide auxilio y llegan algunos de sus amigos. El ópata salta a su caballo y huye; pero dos certeros flechazos se le clavan en la espalda y cae muerto.

    Estaban en Tubutama también otros dos ópatas que venían de Caborca a donde habían ido a dejar un poco de ganado. Los pimas también los matan. El odio contenido contra los extranjeros ha estallado. Algunos indios corren para alcanzar al padre Januske y matarlo; pero un indio anciano los detiene. Vuelven enardecidos al pueblo; incendian la casa del misionero y la capilla; y matan o dispersan el ganado de la Misión.

    De Tubutama, el grupo de rebeldes se dirigió a Oquitoa. Ahí reunieron a otros descontentos y destruyeron todo lo que pertenecía al misionero. Siguieron río abajo y llegaron a Pitiquito, donde, con otros exaltados, completaron el número de cuarenta y tomaron el camino que conduce a Caborca.

    Amanecía el 2 de abril. Un grupo de pimas toca a las puertas de la casa del padre Saeta en Caborca. El padre lo recibe contento en su cuarto. Ellos le dicen que sólo van a saludarlo. Charlan un poco y se despiden. El padre sale a encaminarlos, y al pasar por la sala que sirve de capilla, sucede algo inesperado:

    Repentinamente los indios preparan sus arcos y apuntan amenazantes al padre Saeta. Este, al ver la actitud fiera y decidida de aquellos hombres, grita pidiendo auxilio; pero su grito se corta en seco. Dos flechas le atraviezan el pecho y cae de rodillas. Luego se arrastra hasta su cuarto; se abraza de un gran crucifijo; y se desploma muerto en un charco de sangre.

    Los indígenas quieren asegurar su obra y acribillan a flechazos el cuerpo inerte del joven misionero. Unas veinte flechas quedan clavadas en él, vibrantes de odio. Pero quizá, en el último momento, Saeta escuchó del crucifijo ensangrentado aquellas palabras: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era Sábado de Gloria.

    Los sediciosos trabajaron rápido. Mientras unos destruyeron e incendiaron la Misión, otros localizaron a los indios ópatas que allí se encontraban y los mataron también. Allí murió Francisco Pintor, el intérprete de Ures; y José, el pastor, que vino de Chinapa; y Francisco, el encargado de la caballada, y que era de Cumpas. El río de Altar quedó limpio de extranjeros.

    Sí; los extranjeros se fueron al otro mindo; pero los pimas, aun los inocentes que eran mayoría, por temor a un castigo, se fueron a los montes. Y los pueblos de Tubutama, Oquitoa, Pitiquito y Caborca quedaron abandonados, semidestruidos, silenciosos y tristes como un cementerio de pobres.

    En Caborca, sólo estaban intactos los trigales, tan altos que podían cubrir a un hombre. El viento de la costa dibujaba arabescos sobre aquel mar de espigas casi maduras; pero en el poblado solitario, tirados en el polvo, los cadáveres insepultos de las víctimas parecían flores de sangre en el desierto.


EL ROMANCE DEL PADRE KINO

CAPÍTULO ANTERIOR:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21709&cat=237



CAPÍTULO SIGUIENTE:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21771&cat=235


Hashtag en donde encontrará todos los capítulos publicados de este libro:

FACEBOOK:

https://www.facebook.com/search/top/?q=%23elromancedelpadrekino



TWITTER:

https://twitter.com/search?q=%23ELROMANCEDELPADREKINO&src=typd    
    

    
    


Comentarios de nuestros lectores:



Enva tus comentarios