TESTIMONIO DE LAS PRIMERAS GENERACIONES DE LA ESCUELA DE DERECHO  (Parte III)





ALBERTO BARREDA ROBINSON. Alumno de la segunda Generación de la Escuela de Derecho (1954-1959), aceptó relatarme sus vivencias desde su temprana infancia en su natal Cananea, hasta el curso de sus estudios de la Licenciatura, que redondean esta composición histórica.

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-12-23 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



HÉCTOR RODRÍGUEZ ESPINOZA


ALBERTO BARREDA ROBINSON. Alumno de la segunda Generación de la Escuela de Derecho (1954-1959), aceptó relatarme sus vivencias desde su temprana infancia en su natal Cananea, hasta el curso de sus estudios de la Licenciatura, que redondean esta composición histórica. Presentamos la tercera y última parte:

"LIC. MANUEL V. AZUELA. Nuestro querido Maestro Azuelita, como cariñosamente lo llamábamos, vivía por la calle Niños Héroes en una Colonia Privada a la que se le llamó el columpio del amor y en nuestra época de estudiantes la privada niños héroes. En la esquina de Garmendia y Niños Héroes existía un pequeño comercio llamado Mercado Económico, que era frecuentado, por las tardes de calor, por el Maestro Azuelita, para refrescarse tomando unos botecitos de Tecate.

Los vagos de Nogales, como buenos vecinos, iban a platicar con el Maestro y a gorrearle tecates; lo cierto es que se hicieron muy buenos amigos y como consecuencia esa amistad también alcanzó para mí.

En 1956 o principios de 1957, compré al señor Ernesto Aparicio Dyke, conocido locutor, un quasiautomóvil Ford, coupée, 1947, verde claro, con forros de los asientos totalmente roídos y sin vidrios laterales. Ya para entonces, llevábamos con Azuelita la clase de Procedimientos Civiles. Como siempre se nos consideró alumnos simpáticos y comprensivos, de vez en cuando lo convencíamos de que el calor nulificaba el entendimiento y de que los salones de clase tan calurosos que no permitían que los alumnos tuviéramos el aprovechamiento deseado. Con ese motivo, invitábamos al Licenciado Azuela para que nos impartiera su clase a bordo del quasiautomóvil, argumentando que los demás compañeros nos habían pedido le avisáramos que no asistirían, por el excesivo calor.

Cuando Azuelita aceptaba, se iniciaba la acción: lo invitábamos a subir al quasivehículo en dónde ya teníamos instalado, en la cajuela, un barril tipo cuartito de cerveza High Life, un pichel y cinco vasos. Así, cómodamente, hablábamos de Derecho Procesal, bien ventilados y bebiendo cerveza.

DR. CARLOS ARELLANO GARCÍA. Fue Maestro nuestro en varias asignaturas, excelente en todas ellas, con el grave defecto de que su inteligencia le daba para ser perfeccionista y exigía de todos lo mismo. Fuera de ello para nuestra vida estudiantil, era un dulce. El Bufete Jurídico Gratuito permitió que muchos de nosotros, lleváramos una relación de amistad muy cercana con el Maestro. Es un hombre de una capacidad creativa incomparable y de un valor civil fuera de serie.

Va de cuento, como dice Arellano: Alberto Barreda Robinson, era estudiante, Pasante de Derecho, litigante asociado con Miguel Ríos Aguilera y colaborador del Bufete Jurídico Gratuito de la Universidad que comandaba el Dr. Carlos Arellano. En una ocasión, cuando los Tribunales y la Junta Local de Conciliación y Arbitraje se encontraban en el edificio que hoy ocupan las oficinas municipales, Arellano había terminado una audiencia laboral en la que su contrincante era el aguerrido litigante Isidro Montaño Ocejo, conocido como el rey del amparo. Para esto, Don Bernardo Cabrera Muñoz nos había enseñado a los litigantes amigos suyos, que hacer enojar a Isidro Montaño Ocejo en las audiencias, tenía dos ventajas: perdía el control y hacía cortas las audiencias. Ese día platicaban del resultado de la audiencia, recargados en la balaustrada del uno de los balcones que dan al Boulevard Hidalgo, Francisco Acuña Griego, entonces estudiante, y Arellano García (quien sabía por mí del secreto de hacer enojar a Isidro y lo había hecho). Inesperadamente llegó Montaño Ocejo y propinó a Carlos Arellano tremenda nalgada; Arellano reaccionó furioso y Montaño Ocejo confundido y en plan de defensa le decía: Perdóneme Doctor, yo pensé que era el Beto Barreda.

Ahora el Doctor Arellano, cada vez que nos vemos me pregunta: Oiga Barreda, ¿todavía permite Usted que Montaño Ocejo le agarre las nalgas?. En su oportunidad le pregunté a Don Isidro Montaño Ocejo su versión de lo sucedido y me contestó que el Doctor Arellano se estuvo bromeando y propasando con él en la audiencia y esa actitud lo hizo que sintiera confianza para devolverle la broma. Cuando le pregunté la razón por la cual le había argumentado al Doctor que pensó que a quien había nalgueado era el Beto Barreda fue porque, en asociación rápida de ideas, no se le ocurrió pensar en otro gordo.

Hace corto tiempo, tres o cuatro años, tuve la oportunidad de saludar a Montaño Ocejo en una gasolinería. Recordando aquel acontecimiento, me dijo socarronamente: Yo he sido el único litigante que he tenido el honor de agarrarle las nalgas al Doctor Arellano; y ahora que es famoso, eso cobra mérito. Con esto quiero dejar claro, para la conciencia del Doctor Arellano, que las nalgas de las tentaciones de Montaño Ocejo no fueron las mías, sino las de él.

LIC. MIGUEL RÍOS AGUILERA. Mi Maestro, mi amigo, mi compadre. Debido a que la situación económica de mi familia era muy difícil, tuve necesidad de trabajar desde la preparatoria. Ya en profesional, acudí al Maestro Miguel Ríos Gómez a pedir trabajo acorde a la profesión que estaba estudiando. Siendo él Magistrado del Supremo Tribunal de Justicia, me aclaró que el sueldo que ahí se pagaba era muy poco para mis necesidades económicas. Entonces me aconsejó que visitara a su hijo Miguelito, quien había regresado de la ciudad de México para ser maestro en la Escuela de Derecho, pero que había instalado provisionalmente un despacho en las oficinas de la Cámara de la Industria de Transformación, Despacho 106 del Edificio Sonora. Lo encontré, le pedí trabajo y me contestó que cuál trabajo, que ni él tenía qué hacer. De cualquier manera nos arreglamos y me quedé. Sin saber manejar, Miguel compró a su compadre Araiza, de Santana, un automóvil Chevrolet, crema, de cuatro puertas, tipo Fleetline, 1949. Como yo prestaba mis servicios como pasante en el bufete jurídico gratuito, una vez se me presentó un problema en el que no me satisfizo el consejo del Doctor Arellano y preferí buscar una segunda opinión antes de promover; le pedí a Ríos Aguilera su consejo y me anticipó que no tenía tiempo de atenderme, porque tenía que ir a Guaymas a un asunto y estaba buscando cómo trasladarse. Entonces le dije que yo podía manejar su carro y aceptando, me dijo que en el camino platicaríamos de mi asunto. Al día siguiente salimos rumbo a Guaymas temprano en la mañana; comenzábamos a encarrerarnos, cuando Miguel me inquiere con voz cantante: Betooo, ¿cómo está ese asuntooo?. Sacó de la bolsa de su camisa un pequeño peine y comenzó a peinarse los bigotes. Pensé que su seriedad y silencio obedecían a la atención que disponía prestarme, a la sazón de que yo iniciaba mi pormenorizado relato. Terminé minutos antes de llegar a Guaymas, después de hora y media de manejar despacio, para que me alcanzara el tiempo y hacer bien circunstanciada mi exposición. Guardé un minuto de silencio y como Miguel no opinaba, lo inquirí: Miguel, ¿qué opinas?; y me contestó con voz cantante: ¡¿De quéeeeee?!”.
 
 http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21593&cat=235
 
PARTE II :
 
http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21728&cat=235
 

Comentarios de nuestros lectores:



Envía tus comentarios