EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 19)





El resignado misionero nada nos cuenta del disgusto que le causó la suspensión del barco. Tal vez esperaba que otro superior más alto y más digno que aquel Visitador miope, le diera otra vez licencia para continuar la pintoresca empresa.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2017-12-09 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 

Por Cruz G. Acuña

    El resignado misionero nada nos cuenta del disgusto que le causó la suspensión del barco. Tal vez esperaba que otro superior más alto y más digno que aquel Visitador miope, le diera otra vez licencia para continuar la pintoresca empresa. Por otra parte, tenía entonces grandes satisfacciones. Nuevos misioneros habían llegado para ayudarle. El padre Campos ya estaba en San Ignacio; Januske, un checo, en Tubutama; y Barli en Cocóspera. Y todavía esperaba más...

    Y en octubre de aquel mismo año de 1694 llegó, como caído del cielo, el padre Javier Saeta. Había también preparadas otras misiones con muchas promesas como Tumacácori en Arizona, y Tucuvabia en Altar; pero Kino destinó a Saeta para Caborca. Para ayudarlo a establecerse le dio 115 cabezas de ganado (cinco vacas eran pintas y debían conservarse para California), 100 ovejas, 70 fanegas de trigo y 70 de maíz; caballos de silla y mulas de carga y una manada de yeguas para cría; árboles frutales y semillas de diversas verduras.

    Además, lo equipó con herramientas de trabajo y hasta útiles de cocina; y lo que fue mejor, le prestó algunos indígenas experimentados como Francisco Pintor, el intérprete de Ures.

    La gran caravana llegó a Caborca el 21 de octubre. Una delegación de naturales fue a recibirla hasta Pitiquito; y la ranchería de Caborca estaba adornada con arcos y con cruces. Este día puede considerarse como la fecha de la fundación de Caborca. El nuevo misionero tomó su puesto; recibió instrucciones del veterano padre del desierto; y comenzó la construcción de una capilla, una sementera y un huerto.

    Desde Dolores, Kino le envió 60 reses más; 60 ovejas y 60 fanegas de maíz y trigo. Las misiones que Kino no fundaba personalmente, las fundaba de este modo: consiguiendo misioneros y dándoles todo lo necesario, después de haber abierto él mismo y preparado terreno.

    Con cuatro misioneros a retaguardia, el incansable viajero se sintió autorizado para explorar ahora hacia el Norte. Ya había llegado hasta San Javier de Bac; pero más allá había más tierra, más almas y también el hechizo de los desconocido y la leyenda. Unos indios vagabundos le habían hablado de una Casa muy grande, en la orilla de un río también muy grande. Sobre esta casa se contaban fantásticas historias.

    Se organizó, pues, otra expedición; y en el mes de noviembre, después de caminar unos cuatrocientos kilómetros, llegó a la legendaria Casa Grande que todavía visitan los turistas en las márgenes de Gila. Pero lo que más lo entusiasmó fue el conocer nuevas tribus, amables y dóciles; y el tener noticias de otras más, de idioma diferente, y que vivían por las márgenes del río hasta el Colorado; eran los opas, los comaricopas, los yumas. Y soñando con nuevas misiones, regresó a a dolores, a celebrar la Navidad...

    Pasó el invierno y llegó la primavera del nuevo año de 1695. En el mes de marzo, Saeta escribe una carta al padre Kino y le dice: "...Mis hijos vienen a misa todas las mañanas y a la doctrina dos veces al día, grandes y pequeños. Todos trabajan con amor... he plantado un huerto y los arbolitos comienzan a retoñar... ¡también hay verduras para el refrigerio de los marinos que vengan de California!...” En realidad, comenzaba la primavera...

Continuará...

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