LA MODESTIA DE JUÁREZ





El presidente de la República más grande de México es, sin duda, don Benito Juárez. El indio de Guelatao nos dejó ejemplos de honradez, de valor y patriotismo, aparte de su clara inteligencia. En los momentos más difíciles de la nación nunca perdió la serenidad

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2017-12-05 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Gilberto Escobosa Gámez


    El presidente de la República más grande de México es, sin duda, don Benito Juárez. El indio de Guelatao nos dejó ejemplos de honradez, de valor y patriotismo, aparte de su clara inteligenci
a. En los momentos más difíciles de la nación nunca perdió la serenidad ni la esperanza del triunfo de las instituciones republicanas. Muchas de las reformas jurídicas y administrativas que estableció en su Gobierno, todavía son valederas después de casi siglo y medio de su muerte. Por eso podemos afirmar que don Benito –nombrado así, familiarmente, por los mexicanos de ayer y hoy- ha sido el mandatario que dejó más huella de su paso por la vida de México.

    Empero, el señor Juárez siempre fue un hombre modesto, aun cuando supo darle dignidad al puesto que desempeñaba.

    Una anécdota de su vida que le pinta con su proverbial modestia, es la siguiente: El 9 de enero de 1858 se hizo cargo de la Presidencia de la República en condiciones precarias, solamente apoyado por una coalición de nueve estados entre ellos Veracruz, donde gobernaba el político liberal Manuel Gutiérrez Zamora, quien dándose cuenta del peligro que corría el jefe del Ejecutivo Federal, le invitó a establecer los Poderes en su Entidad.

    Antes de ser Gobernador, Gutiérrez Zamora había sido un próspero hombre de negocios que logró formar una pequeña fortuna. El mandatario veracruzano poseía en el puerto una hermosa y confortable residencia que usaba como domicilio particular, donde dispuso que se alojasen el presidente y sus ministros.

    El presidente y sus acompañantes llegaron a la residencia del gobernador durante la noche, cuando los criados dormían en sus aposentos. Sólo estaba el administrador de la finca que se encargó de la distribución de los lugares que ocuparían cada uno de los visitantes. La mejor habitación le fue ofrecida al presidente, pero éste la cambió por la de don Melchor Ocampo, aduciendo que estaba más próxima al cuarto de baño.

    Entre la servidumbre había una muchacha oaxaqueña a quien emocionaba saber que el presidente era su paisano y tomando en cuenta que don Manuel Gutiérrez Zamora era un criollo cuarentón de ojos claros, barba castaña y de gran estatura, pensaba que su paisano tenía la misma figura.

    Al día siguiente Juárez se levantó temprano y fue al cuarto de baño. Como no había agua en la palangana dio unas palmadas para llamar al servicio, acudiendo Petronia, la criadita oaxaqueña; pero ésta al ver a un individuo de su raza, le dijo disgustada: "¡Vaya con el indio éste que quiere lavarse antes que sus patrones! Si quieres agua, la tendrás que traer tú después de que yo les traiga a tus señores”. Esto dijo Petronia mirando hacia la alcoba de Ocampo, donde ella creía que estaba su paisano.

    La criadita regresó a sus obligaciones y no atendió a los otros llamados del señor Juárez, sólo exclamó a voz en cuello: "Te dije que si querías agua era asunto solamente tuyo”.

    Juárez fue sin chistar y trajo agua para asearse, mientras la sirvienta se marchaba refunfuñando.

    A la hora del desayuno Petronia vio llegar a su patrón acompañado del presidente, que vestía de levita. Entonces la criadita exclamó en voz baja: "¡Vaya indio igualado!”. Mas al llegar la hora de sentarse a la mesa, el anfitrión cedió el lugar de honor al indio feo y chaparro; entonces la sirvienta comenzó a llorar, horrorizada, pensando que algo malo le pasaría.

    Al ver don Benito las tribulaciones de Petronia, la tomó delicadamente por el brazo y con exquisita cortesía le dijo:

    -No llore señorita; cálmese. Todos podemos equivocarnos a veces. Tranquilícese y vuelva a sus ocupaciones, segura de contar con mi respeto y afecto-

    Mientras esto sucedía, huéspedes y anfitrión permanecían callados y mirando hacia diferentes lugares de la estancia, fingiendo que no se daban cuenta del error de Petronia... Pero en el fondo de sus personas sentían grandes deseos de reír a carcajadas.

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