DON RAMÒN CORRAL DELGADO





Cuando la pluma y la inspiración forman parte del optimismo con que nos enfrentamos a la vida, es muy satisfactorio escribir sobre sucesos y personajes del pasado que significaron mucho en nuestra sociedad.

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2017-11-16 00:00:00

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Por Gilberto Escobosa Gámez

De su libro titulado "HERMOSILLO EN MI MEMORIA”

Cuando la pluma y la inspiración forman parte del optimismo con que nos enfrentamos a la vida, es muy satisfactorio escribir sobre sucesos y personajes del pasado que significaron mucho en nuestra sociedad.

Hoy en la mañana, sin venir al caso aparentemente, recordé con insistencia a una persona que hace siete años emprendió la marcha que no tiene retorno: el señor Ramón Corral Delgado. Se acercaba el aniversario de su deceso y el subconsciente tenía que traerlo a mi memoria.

El recordar al Licenciado Corral no era un pensamiento intrascendente ni casual, sino la obligación de un amigo que continúa apreciando sus cualidades y virtudes de amante padre de familia y ciudadano distinguido.

Recordé que don Ramón era sincero, inteligente, culto y que poseía una mente ágil para las respuestas rápidas, ya fuesen éstas en broma o en sentido de formalidad, como profesional que era.

Le conocí en la mitad de los años treinta, cuando era maestro de primaria. Después le vi y le traté en el Colegio Sonora, al encontrarse como profesor de quinto año. Yo era estudiante de ese grado y era mi maestro el profesor Juan Iñigo, pero en un cambio que hubo al final del año lectivo, terminé siendo discípulo del maestro Corral y desde entonces le cobré estimación. A veces el estudiante siente que el mentor es parte de su familia; así le llegué a sentir, por bondadoso y entregado al oficio de enseñar.

Uno o dos años después que le vi como hombre amable y responsable de su trabajo, demostró también que era una persona de gran energía cuando se trataba de planear su futuro. El hombre deseaba alcanzar una carrera universitaria en una época que todavía no existía la Universidad de Sonora.

No faltaron amigos que intentaron disuadirle de su traslado a la Ciudad de México para ingresar en la UNAM; sabían que su familia no contaba con recursos para su sostenimiento en aquella metrópoli. Pero él ya lo tenía decidido y junto con un grupo de compañeros normalistas, entre quienes estaban Carlos Cabrera Muñoz, Federico Sotelo Ortiz, Jesús Salazar Acedo, Noé Palomares, Guillermo Ibarra y Fausto Acosta Romo, partieron a la Capital de la República.

En el Distrito Federal se dieron cuenta de que su escolaridad no era suficiente y que tenían que cursar la escuela preparatoria.

A la edad de treinta y cuatro años, Ramón obtiene el título de licenciado en Derecho que le otorga la UNAM, después de muchas peripecias para sobrevivir en el difícil mundo del Distrito Federal. Tanto fue así, que sus amigos le vieron como guardia armado en la torre de vigilancia del penal de Lecumberri, y en el volante de un taxi.

El Licenciado Corral regresó a Sonora y ocupó muchísimos puestos del Poder Judicial, llegando a magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, al lado de sus amigos Miguel Ríos Gómez y Francisco Duarte Porchas.

Durante el período gubernamental de don Ignacio Soto fue nombrado secretario general de Gobierno y en este puesto tuvo oportunidad de fungir como gobernador interino. Por cierto que estando en este alto cargo, con sorpresa y agrado de los preparatorianos de la UNISON, en junio de 1952 vieron descender del automóvil del jefe del Ejecutivo del Estado a su maestro de Ética, Ramón Corral, que concurría al examen de segundo año. Esto lo recuerda el licenciado José Ángel Calderón Trujillo, quien señala que era tanta la modestia y el sentido de responsabilidad del profesor, que por unas horas abandonó la oficina principal del Palacio de Gobierno, para cumplir con su obligación de maestro de la juventud.

El gobernador Álvaro Obregón (1955-1961) le confirió el honor de ser Notario Público, y ese cargo lo desempeñó hasta el día de su fallecimiento, ocurrido el 25 de mayo de 1988.

Antes de llegar al final de sus días, la Universidad de Sonora le otorgó la jubilación como catedrático en las escuelas preparatoria y de Derecho, después de treinta y tres años de servicios, que nunca abandonó, ni siendo gobernador interino.

A siete años de que penetró en el mundo de los arcanos, al licenciado Ramón Corral Delgado le sobreviven su respetable esposa, doña Delia, sus hijos María Antonieta C. de Hernández Camalich, María del Refugio C. de Fabrett, Ramón Antonio, Salvador Antonio, Marco Antonio y Consuelo, así mismo sus hermanos Aureliano, Cuquita y Josefina.

Un hombre que ha dejado este mundo, no ha muerto del todo si sus amigos y familiares le recuerdan; sobre todo si dejó huella de su paso por la vida, como es el caso de quien hoy recordamos.

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