EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 11)





Mas el inquieto jesuita pensaba en otras cosas muy distintas a los festivales de Acapulco. La orden del virrey, de custodiar la Nao, había nublado un poco las esperanzas del misionero. El virrey decía en su carta que daba aquella orden porque la...

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2017-11-02 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

UNA LIMOSNA PARA CALIFORNIA, POR EL AMOR DE DIOS


    Mas el inquieto jesuita pensaba en otras cosas muy distintas a los festivales de Acapulco. La orden del virrey, de custodiar la Nao, había nublado un poco las esperanzas del misionero. El virrey decía en su carta que daba aquella orden porque la flota nada tenía que hacer ya en California. Entonces... ¿se había suspendido la Misión? ¿Ya no pensaba el virrey prestar sus naves para la conquista de California? Kino recordaba, lleno de pena, a los centenares de indios que allá, en la estepa sedienta, suplicaban por lo menos el Bautismo. ¿Seguirían viviendo para siempre en aquel nivel infrahumano: sin ropa, sin casa ni alimentos, y sin esperanza?

    No lo pensó mucho. Montó en su caballo para dirigirse a la capital del virreinato. Atravesó por abruptos caminos, la Sierra Madre del Sur. Pasó Taxco, donde vio a los indígenas acabarse la vida en las minas de plata; divisó otra vez la gloria de los volcanes; y en el mes de enero de 1686, lo encontramos en la ciudad de México.

    Entrevistó al virrey, a los grandes de la Audiencia; a los más influyentes eclesiásticos. A todos convenció. Su abnegado amor le inspiraba los argumentos y las palabras. La colonización de California debía continuarse. Podía encontrarse otro sitio más propicio que San Bruno. El dinero gastado no debía asustarlos: se trataba de ensanchar las fronteras de México y los dominios del rey de España; se buscaba ante todo de llevar a aquellos desamparados nativos la cultura y la salvación... Todos quedaron convencidos. Sólo faltaba la aprobación del rey.

    Pero allá lejos, muy lejos, en España, el señor el rey tenía otros problemas: estaba endeudado con Francia y exigía que le mandaran nada menos que medio millón de Nueva España, sabía de la rebelión de la Tarahumara y ordenaba sofocarla "aunque tenga que suspenderse la colonización de California”... Y la conversión de California se suspendió; y Kino tuvo que abandonar el campo estéril, regado con el sudor de casi cinco años. Era un misionero fracasado.

    El Almirante Atondo regresó al seno de su hogar, desilusionado y desfalcado. Ni siquiera pudo llevar a su esposa un rústico collar de las soñadas perlas.

    El padre Goñi desapareció silenciosamente de la escena; y tal vez se fue a ocultar su desconsuelo en las montañas de su querida misión de Yécora.

    El padre Coppart, con sus tres pequeños indios californianos, se dirigía optimista a reunirse con la flota. Llevaba consigo las limosnas recogidas a base de largas caminatas y penosas humillaciones. Cuando recibió la noticia del fracaso y la suspensión de su añorada empresa, no pudo resistir: perdió la razón; se volvió loco... Quince años después todavía estaba demente; y tal vez, entre las brumas de su inocente inconsciencia, miraba todavía las dolientes siluetas de sus indios y murmuraba humildemente: "Dadme una limosna por el amor de Dios; una limosna para California, para California...”

    Eusebio Francisco Kino, el hombre que sabía sufrir, resistió como pudo el golpe, y se quedó en la ciudad de México haciendo todo lo posible para preparar otra aventura... y volver a empezar.


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