EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 6)





Los dos veleros anclaron cautelosamente en la bahía de La Paz el 1º de abril de 1683. Atondo no se atreve a desembarcar sin antes explorar. En aquellas mismas costas los indios californianos habían matado años antes, a 18 españoles que iban con Vizcaíno.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2017-10-17 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Libros



Por Cruz G. Acuña

CAPÍTULO II – EL HOMBRE QUE SABÍA SUFRIR


El Idioma del Corazón.- En La Paz, Baja California

    Los dos veleros anclaron cautelosamente en la bahía de La Paz el 1º de abril de 1683. Atondo no se atreve a desembarcar sin antes explorar. En aquellas mismas costas los indios californianos habían matado años antes, a 18 españoles que iban con Vizcaíno. Los primeros días se dedican a reconocer en lanchas, la bahía y sus contornos. Hasta el día 5 desembarcan. Escogen para su colonia un sitio junto a un manantial; a un lado de un hermoso bosque de palmeras. Comienzan luego a construir un pequeño fuerte para su defensa, una capilla para orar y un huerto para asegurar su esperanza.

    Kino espera ansioso a los indios. Estos no aparecen por ningún lado. En dondequiera que explora encuentra una deprimente soledad.

    Pero un día, mientras todos trabajan (Kino fabrica un altar), se escucha en la floresta una gritería salvaje. Son los indios guaycuros que vienen en plan de guerra. Impulsados por el instinto de conservación los españoles se lanzan sobre sus arcabuces y se ocultan tras los parapetos. Los feroces nativos, armados con arcos y con flechas, gritan enfurecidos: "Aurik, Aurik” (fuera, váyanse). Los soldados les contestan por señas, que vienen en son de paz, que no quieren hacerles daño, que depositen sus armas en el suelo y ellos harán lo mismo en señal de concordia...

    Los indios, naturalmente, se niegan a hacer lo que se les pide. La sangre va a correr. De pronto, Kino y Goñi brincan los parapetos y salen a campo abierto, al encuentro de los amenazantes indígenas. Llevan en sus manos algunos obsequios como galletas, maíz, collares. Los ofrecen amistosos a los indios. Estos, desconfiados, les exigen que los dejen en el suelo. Ellos los dejan y se retiran un poco. Los guaycuros recogen aquellas cosas... después poco a poco, se acercan a los padres y reciben lo que resta de sus propias manos. Instantes más tarde, los soldados españoles ven con asombro, cómo aquellos indios desnudos y salvajes, que no venían precisamente a pedir limosna, entregan a los padres, como regalos, pencas de mezcal "tatemado”, algunas redes para pescar y plumas de colores. Kino ha comenzado a ejercer la magia con la que siempre hechizó, durante toda su vida, a los indígenas más remotos y obstinados.

    Los nativos regresaron, amigables y pacíficos, los días siguientes. Los padres les enseñaron a trazar la señal de la cruz. No podían enseñarles gran cosa; pues se entendían sólo por señas. Hernán Cortés tuvo a la inteligente y coqueta Malinche como intérprete. Los misioneros del Continente encontraban con facilidad buenos traductores indios. Pero, ¿quién conocía el idioma de aquellos guaycuros que vivían completamente aislados en la península?  Kino y Goñi tuvieron que comenzar por tratar de aprender aquel idioma por medio de señas. Andaban con el tintero y la pluma en la mano escribiendo cada palabra que escuchaban, preguntando, deduciendo, adivinando. Pero se habían ganado a los indígenas y éstos cooperaban. Hay un lenguaje del corazón que todos los humanos entienden. Era cuestión de paciencia y tenacidad.

    En el huerto recién plantado, el maíz, las calabazas, los melones, estaban creciendo. Los pequeños árboles frutales echaban sus primeros retoños. En la noche de California iba a brillar de un momento a otro, una nueva aurora...

    Pero no todo era vida y dulzura en la ensenada de La Paz. En las exploraciones que los colonizadores hicieron por los campos vecinos, no encontraron sino peñascales hoscos y lomas áridas. Los víveres se iban acabando. Se ayudaban un poco con la pesca; pero finalmente tuvieron que enviar a la nave "Capitana” hacia Sonora, en busca de provisiones. Lo peor del caso era que los indígenas comenzaban a robar algunas pertenencias de los españoles.

    Atondo quiso intimidarlos con una demostración. Invitó a los mejores arqueros guaycuros; les dijo que dispararan sus flechas contra un escudo español que había colocado sobre un esqueleto de ballena que estaba tirado en la playa. Las flechas rebotaban en el escudo o saltaban hechas pedazos. Los indios no podían creerlo, pues ellos, con sus flechas, atravesaban un venado.

    El Almirante ordenó después a uno de sus soldados, que disparara su arcabuz contra el mismo escudo. La bala perforó el escudo e hizo astillas los huesos de ballena que los sostenían. Los nativos comprendieron la lección y se mostraron más respetuosos de las cosas ajenas.

    Mas aquello no duró mucho. Los guaycuros se sentían retados. Además, no les había agradado que los españoles hicieran amistad con la tribu de los coras, que eran sus enemigos. La tensión aumentaba a cada instante. Un día se presentaron más de cien guaycuros armados y amenazantes. No atacaron. Sólo querían atemorizar con su número a la pequeña guarnición española y obligarlos a embarcarse en la única nave que les quedaba. Ya desde entonces se usaba la guerra de nervios.

    Otro día un indio, no sabemos por qué, flechó a un español y fue arrestado. Horas después llegó el rumor de que los guaycuros habían matado a un marinero. Al siguiente día se presentó al campamento una pequeña banda de 16 indígenas. Iban en son de paz; pero Atondo y los soldados, ya presos del pánico, pensaron que venían a rescatar al prisionero y les tendieron una trampa: Atondo los invita a comer pozole. Los indios se sientan confiados y felices, y cuando están saboreando contentos su pozole, el Almirante ordena disparar contra ellos el cañón. Tres indios caen muertos y los demás huyen dejando un rastro de sangre en el camino... ¿Qué le había sucedido al buen Almirante que no tenía fama de cruel?... Misterios del corazón humano que tantos males han traído a nuestro mundo.

    Desde entonces, dice Kino, "nosotros estábamos llenos de pena y de temor... durante todo el día y principalmente la noche... Miles de indiios podían venir de un momento a otro a tomar venganza... Bastaba con prender fuego el hermoso palmar para aniquilarnos”.

    Además, La Balandra todavía no llegaba de Chacala. Ni la nave Capitana regresaba de Sonora, y las provisiones eran cada vez más escasas. Por estar siempre en estado de alertas, no podían ni siquiera salir a pescar... Por eso, el 15 de julio de 1683, los colonos abordaron sigilosamente su navío y tristemente, vergonzosamente, se hicieron a la mar. Cruzaron el Golfo, y el día 21 ya estaban en Agiabampo, Sonora, dejando a la desamparada California en una noche más negra que la anterior. Kino seguía siendo un "hombre marcado”. Sus primeros queridos indios, tal vez lo odiaban... y él sabía la profunda razón: La espada y la cruz nunca han sido buenas compañeras; porque la espada mata y la cruz nos exige morir por los demás... Dijo alguien recientemente: "No se puede hablar de paz, con las armas ofensivas en las manos”. Es cierto que el hombre marcado no llevaba espada; pero había, de todos modos, sufrido las consecuencias y tenía que volver a comenzar.

Continuará...

EL ROMANCE DEL PADRE KINO

CAPÍTULO ANTERIOR:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21442&cat=237
 
 
CAPÍTULO SIGUIENTE
 
http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21476&cat=235



Hashtag en donde encontrará todos los capítulos publicados de este libro:

FACEBOOK:

https://www.facebook.com/search/top/?q=%23elromancedelpadrekino



TWITTER:

https://twitter.com/search?q=%23ELROMANCEDELPADREKINO&src=typd


....

    

Comentarios de nuestros lectores:



Envía tus comentarios