EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 5)





Más de un año duró la construcción de los tres barcos. Kino, siguiendo su costumbre, no perdió el tiempo. Aprendió mucho de técnica naval; recorrió las misiones jesuitas de la región obteniendo preciosos conocimientos y logrando ayuda material para su futura misión

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2017-10-15 00:00:00

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Por Cruz G. Acuña

A LOS 37, SU PRIMER AMOR
    
Más de un año duró la construcción de los tres barcos. Kino, siguiendo su costumbre, no perdió el tiempo. Aprendió mucho de técnica naval; recorrió las misiones jesuitas de la región obteniendo preciosos conocimientos y logrando ayuda material para su futura misión; escribió informes a sus superiores; escribió también a la Duquesa ultramarina, aunque ahora no con tanta frecuencia como antes, pues la correspondencia tardaba varios meses en llegar a Europa; y parece que realizó algunos viajes hasta Guadalajara con el fin de arreglar asuntos como el siguiente:
    
El Obispo de Durango sostenía que a él, y no al Obispo de Guadalajara, correspondía la jurisdicción eclesiástica de California. Kino era hombre práctico y, por las dudas, aunque ya tenía permiso de Guadalajara para misionar, obtuvo  la licencia del Obispo de Durango. El Prelado tapatío se sintió ofendido y parece que Kino tuvo que ir a darle explicaciones. También entonces las exigencias burocráticas y las ambiciones personales dilataban la ejecución de las empresas nobles. Ninguno de los dos obispos sabía lo que California tenía por dentro. Nadie lo sabía. Pero todos esperaban algo...
    
En octubre de 1882, los barcos quedaron terminados. "No sabemos, dice humorísticamente el profesor Bolton, cuál señorita de Sinaloa estrelló la botella de champán sobre los cascos de los nuevos veleros, para inaugurarlos”. No lo sabemos; pero el gusto debió ser muy grande para todos al ver a los flamantes navíos mecerse por primera vez sobre las ondas. Sin embargo, aún no llegaba el momento de la partida definitiva. Zarparon hacia el Sur, hacia el puerto de Chacala (Nayarit) para abastecerse de provisiones y tantas otras cosas necesarias para establecer una colonia en tierras desconocidas y hostiles. Chacala, por razón del río Santiago, estaba mejor comunicada con la Capital del Virreinato.
    
Con el padre Kino iba el padre Goñi, misionero de Yécora (Sonora). También había sido nombrado misionero en esa empresa, el padre Suárez, el cual nunca se presentó. Dicen que el P. Suárez contaba que, cuando se dirigía a Chacala, se le apareció un santo en el camino, y que este santo le comunicó que no tomara parte en la expedición; que aquello era muy peligroso y un verdadero fracaso... Bonita fórmula piadosa para disimular el miedo.
    
Las tres naves construidas por Atondo e mecían impacientes en la bahía paradisíaca de Chacala. Eran la Almiranta, la Capitana y la Balandra. Poco a poco, trabajosamente, a través de las serranías y la selva tropical, iban llegando las provisiones, las herramientas, las armas y tantas otras cosas requeridas en la empresa. Pero el piadoso padre Suárez no llegaba. Tampoco llegaban algunos marinos expertos que habían sido enviados para auxiliar tan arriesgada navegación. Atondo no quiso esperar más y el 17 de enero de 1683, dos naves, la Almiranta y la Capitana se hicieron a la vela rumbo al Norte. La Balandra se quedó en Chacala esperando a los retrasados.
    
Entonces sucedió algo como para desesperar al más paciente: algo que entonces sucedía con frecuencia y que la historia no subraya, pero que en la vida real ponía a prueba el ánimo de todos los antiguos navegantes. El Océano Pacífico no es muy pacífico. Recios vientos contrarios hacían retroceder y batallar a la pequeña flota. Tal vez hicieron falta los marinos expertos que no se presentaron. El caso es que los dos barcos de Atondo tardaron casi dos meses en llegar de Chacala al río Sinaloa. Dos meses para un recorrido que ahora hacemos fácilmente en un día por carretera. Dos largos meses que para Kino fueron como siglos.
    
Finalmente, el 18 de marzo, se lanzaron a cruzar el Golfo para llegar a California desde el río Sinaloa. Otra vez tuvieron que luchar contra vientos huracanados y corrientes traicioneras. Después de cinco días de penosa navegación, los pequeños veleros todavía se encontraban danzando angustiosamente frente a las costas de Sinaloa. Los cansados viajeros, impotentes contra la naturaleza, seguían mirando con rencor las mismas playas.
    
Pero con la primavera llegaron los vientos favorables y renacieron las esperanzas. La flota comenzó a avanzar y, en la mañana del 1º de abril (1683), aclararon en la bahía de La Paz, ya en las costas californianas.
    
Después de tantos años de paciente espera, Kino era ya un auténtico misionero. Estaba ya en tierras paganas, era el primer emisario de la Fe y de la civilización en aquellas costas; estaba frente a una tierra nueva, desconocida, huraña y virgen, que debía conquistar. Ella fue su primer amor de misionero y nunca en su vida la pudo olvidar. El hombre impaciente que supo esperar, había llegado finalmente a las playas de sus ensueños... Pero aquello, sólo era el principio...

Continuará...

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