LOS CABOS: UN PARAÍSO PARA LOS TURISTAS; UN INFIERNO PARA SUS HABITANTES





En su búsqueda por reclutar a soldados de a pie, el cartel tuvo pocas dificultades para atraer a Edwin Alberto López Rojas, de 18 años: él era quien los estaba buscando.

Por New York Times América
Fecha de publicación: 2017-09-19 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Por Kirk Semple
NEW YORK TIMES

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LOS CABOS, México — En su búsqueda por reclutar a soldados de a pie, el cartel tuvo pocas dificultades para atraer a Edwin Alberto López Rojas, de 18 años: él era quien los estaba buscando.

Admiraba el estilo de vida y el poder de los narcotraficantes. Y veía el dinero que pensaba que ganaría como una oportunidad para unirse a las filas de la élite internacional que se pavonea por los centros turísticos de lujo: aunque están a solo unas cuadras, parecen estar a millones de metros de distancia de los vecindarios empobrecidos como aquel en el que creció López Rojas en Los Cabos, destino turístico ubicado en la punta sur de la península de Baja California.

El 28 de julio, el joven le dijo a sus familiares que el Cartel Jalisco Nueva Generación le había dado un auto, dinero en efectivo y unas drogas para vender. Ocho días después, yacía muerto de un disparo a manos de un atacante no identificado en una calle de San José del Cabo.

Su muerte es una de cientos que han ensangrentado esta región alguna vez pacífica: los homicidios se han triplicado este año en comparación con el mismo periodo de 2016, un aumento que ha dejado atemorizados a los residentes, ha atormentado a funcionarios y ha alarmado a líderes del sector turístico. Una ola de violencia similar ha aquejado al estado de Quintana Roo, en la costa caribeña, donde se encuentran las ciudades turísticas de Cancún, Playa del Carmen y Tulum.

El incremento repentino de los asesinatos llevó al Departamento de Estado de Estados Unidos a incluir en su más reciente alerta de viajes a varios municipios y ciudades de Quintana Roo y de Baja California Sur, entre ellos La Paz y Los Cabos.

La violencia mortífera en Los Cabos no ha afectado a los turistas; de hecho, ha pasado lejos de su mirada en las partes más pobres de San José del Cabo y Cabo San Lucas, las principales localidades del municipio de Los Cabos. Buena parte se debe a los enfrentamientos entre grupos criminales que se disputan el control de rutas en la península y de actividades criminales como la venta de drogas a turistas.

Pero los líderes comunitarios y activistas locales también recalcan que la violencia es un síntoma de los graves problemas que asedian a los sectores populares de la región y que es un reflejo del descuido gubernamental que se ha dado desde hace años. Sentencian que mientras las autoridades se han enfocado en el sector turístico, han dejado de lado las necesidades de los obreros y los más pobres.

Los Cabos, aseguran, bien podría terminar igual que Acapulco, la ciudad guerrerense en la costa del Pacífico que alguna vez fue uno de los principales destinos vacacionales pero que se ha visto azotado por la violencia.

"Si siguen tapando los problemas, las cosas no van a mejorar”, dijo Silvia Lupián Durán, presidenta del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal de Baja California Sur, un grupo comunitario. "Es un semillero para cosas peores”.

Hay mucho en juego. El año pasado, más de 2,1 millones de personas visitaron Los Cabos; el 75 por ciento de ellos eran viajeros internacionales y la mayoría provenía de Estados Unidos, de acuerdo con Rodrigo Esponda, director general del Fideicomiso de Turismo de Los Cabos. Un cuarto de hotel ronda los 300 dólares la noche.

Por mucho tiempo, la región estuvo aislada y era tranquila al ser accesible solo vía avión privado o una embarcación. Pero cuando se completó el trabajo de la carretera transpeninsular en los años setenta y se expandió el aeropuerto local hubo un auge de desarrollo y, con este, un aumento de la migración. Los mexicanos llegaron a la región para trabajar en construcción y como camareras, botones, cocineros, meseros, bármanes y jardineros.

En 1990, la población de la municipalidad rondaba los 44.000 habitantes. Para 2015, esa cifra había aumentado a 288.000; muchas de las personas estaban empleadas en trabajos vinculados directa o indirectamente con el turismo.

"No hubo una sana planeación sobre dónde iban a vivir todas los trabajadoras”, dijo Ramón Ojeda Mestre, presidente del Centro de Estudios Integrales de Innovación y el Territorio, una consultoría con sede en Cabo San Lucas.

La mayoría de esos migrantes de clase obrera se asentaron en vecindarios algo improvisados en matorrales desérticos que van hacia el norte desde la costa donde se ubican la mayoría de los hoteles, clubes de golf, centros nocturnos y bahías.

Los mejores hogares en esos vecindarios comúnmente son estructuras de cemento de una o dos habitaciones con un techo de latón corrugado. Los peores, usualmente en asentamientos irregulares, están hechos de materiales desechados de construcción, lonas, ramas y hasta cartón. Alrededor de 25.000 personas viven en tales asentamientos, de acuerdo con el gobierno municipal.

Es común que haya aglomeraciones y los servicios públicos, cuando existen, son intermitentes.

La mayoría de estos lugares no tienen sistema de aguas negras y muchos hogares no son parte del sistema de agua potable. Los que sí están conectados usualmente tampoco tienen agua en sus tuberías: la demanda de los grandes hoteles y centros turísticos es mucho mayor a la oferta de la planta de desalinización de Los Cabos, lo que frecuentemente fuerza a los habitantes a comprar el agua a precios artificialmente elevados de camiones de pipas que recorren los caminos de terracería.

"Hay un primer mundo… y un quinto mundo”, dijo Homero González, organizador político, durante una visita reciente a la colonia Caribe, un asentamiento en Cabo San Lucas. Manadas de perros salvajes recorrían las calles, llenas de escombros, basura y lo que quedaba de automóviles viejos; ubicadas a no más de cinco kilómetros de los centros turísticos con jardines bien cuidados en los que trabajan muchos de los habitantes.

Tomando en cuenta el estándar de vida promedio en estas comunidades, a María Salazar no le ha ido tan mal. Vive con sus cuatro hijos y su novio en una casa de cemento de una habitación en la colonia Real Unidad, en Cabo San Lucas. Es una líder comunitaria que vende paletas heladas hechas en casa y dulces para intentar cubrir los gastos; su novio es un trabajador de construcción que gana 14 dólares al día. No tienen plomería, aunque después de años de robarse la electricidad con cableado improvisado, pudieron conectarse recientemente a la red eléctrica.

"Oíamos mucho sobre el cambio, el cambio”, refunfuñó Salazar, en referencia a las elecciones regionales de 2015. "Pues ahora vemos el cambio: todas las masacres”.

Los funcionarios municipales culpan a los gobiernos anteriores. En una entrevista, Álvaro Javier Ramírez Gálvez, director general de Planeación y Desarrollo Urbano, reconoció que las autoridades se han centrado de manera desproporcionada en ayudar a que crezca el sector turístico.

"Históricamente, el dinero es lo que manda e ignoraron las necesidades de las colonias populares”, dijo. "Las carencias son muchas”.

Las desigualdades carcomen a la población obrera, aunque cualquier intento de cabildear ante las autoridades es socavada al sentir que el sistema está amañado. Es un ambiente fértil de descontento en el que los carteles y las pandillas han sembrado sus operaciones para reclutar miembros, comprar lealtades y cultivar sus mercados, de acuerdo con los líderes comunitarios.

"Si los jóvenes no tienen nada para qué trabajar, buscarán otras opciones”, dijo un familiar de Edwin López Rojas, el joven asesinado, que pidió mantener su anonimato por miedo a represalias de funcionarios y narcotraficantes. "Necesitamos un gobierno que se preocupe más por la población urbana que por la zona turística”.

Durante los primeros siete meses del año, el gobierno abrió 232 investigaciones de homicidio en Baja California Sur, la mayoría de ellas en Los Cabos y muchas que involucran a varias víctimas. Durante el mismo periodo del año pasado, hubo 65 investigaciones de homicidio. Baja California Sur ahora ocupa el quinto lugar con la mayor tasa de homicidios fuera de 32 entidades federativas, en una nación en la que las tasas de asesinatos dolosos han alcanzado niveles récord.

El aumento de las matanzas en Los Cabos, junto con alzas en otras tasas delictivas, han hecho a los habitantes sentirse más inseguros que nunca.

La colonia El Zacatal, en San José del Cabo, es una de las localidades más afectadas; los asesinatos se han vuelto lamentablemente frecuentes.

Un recorrido en el automóvil de Concepción Gárate, peluquera y habitante de El Zacatal, se volvió casi un tour de muerte. Señaló hacia la tienda de autoservicio en la que fueron asesinadas cuatro personas, la casa donde siempre hay vigilancia armada y otra en la que hombres con pistolas mataron a una familia.

"Ahí estaba cortando el pelo un barbero”, dijo, "¡y lo mataron mientras cortaba el cabello!”. No acabó ahí: dos muertos frente a una escuela; tres, frente a una taquería; otros tres más, en una refaccionaria de autos, y uno más, en una carpintería.

"El Zacatal es el infierno”, aseguró Gárate.

Los líderes del sector turístico y funcionarios han intentado hacer control de daños, sobre todo después de la alerta de viajes del gobierno estadounidense, al señalar que los turistas no han sido blanco de homicidios.

Pero la violencia sí ha llegado a interrumpir el idilio vacacional. En agosto, hombres armados irrumpieron en una playa cerca de un centro turístico donde las habitaciones llegan a costar miles de dólares la noche y mataron a tres personas en un suceso que las autoridades aseguran se trató de un ajuste de cuentas entre grupos rivales.

El gobierno federal ha enviado cientos de efectivos de la Marina y de la Policía Federal al municipio y el secretario de Turismo de México, Enrique de la Madrid, anunció un plan para crear una fuerza especial de patrullaje de destinos turísticos como Los Cabos, aunque el plan sigue siendo solo eso.

Sin embargo, en una entrevista con medios locales mexicanos, De La Madrid Cordero también dijo que el país necesita redistribuir de mejor manera entre la sociedad las ganancias del turismo. "Los enemigos de México son la pobreza y la desigualdad”, dijo.

La vida tan precaria en las zonas empobrecidas de Los Cabos quedó a plena vista después del paso de la tormenta tropical Lidia, que provocó seis muertes, dejó inundados vecindarios enteros y destruyó decenas de hogares de construcción improvisada.

Los asesinatos amainaron después de la tormenta, pero la paz fue solo momentánea. Días después, un hombre de 22 años fue baleado en San José del Cabo, a pocos pasos de una escuela primaria. La marcha de las muertes continuó.

@nytimesES

Publicación por cortesía de NEW YORK TIMES en español

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