EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 4)





Mientras los misioneros estaban en Cádiz esperando la salida de la siguiente flota, apareció en el cielo de la tarde un cometa extraordinario que se dejó ver durante muchas semanas. Kino también era astrónomo. Desempacó su telescopio y por espacio

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2017-09-13 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

BAJO LOS SIGNOS DE UN COMETA


    Mientras los misioneros estaban en Cádiz esperando la salida de la siguiente flota, apareció en el cielo de la tarde un cometa extraordinario que se dejó ver durante muchas semanas. Kino también era astrónomo. Desempacó su telescopio y por espacio de casi dos meses se dedicó a observar aquel fenómeno celeste. Anotó con exactitud sus movimientos, y las observaciones que entonces hizo y escribió y después publicó, todavía son útiles para los astrónomos que estudian dicho cometa. Este cuerpo celeste aparece cada 575 años y volverá a contemplarse el año 2256.

    A pesar de las siniestras predicciones hechas con motivo del cometa, Kino y sus compañeros se embarcaron para América el 27 de enero de 1681. No sabemos los detalles del viaje, pues varias cartas de Kino todavía no se han podido encontrar. Pero sí sabemos que el viaje duró tres largos meses. Llegaron a Veracruz y Puebla, y un día pudieron contemplar la gloriosa majestad de los volcanes y el húmedo valle de la ciudad de México.

    Kino cayó parado en la Corte del Virreinato. Traía consigo una carta de su desconocida Duquesa para la Condesa de Paredes, es decir, para la misma esposa del Virrey. Las palancas comenzaban a funcionar. Trabó amistad con los mejores profesores de la Universidad de México y con los más destacados funcionarios civiles y religiosos. Parece que también causó sensación entre las damas, pues Sor Juana Inés de la Cruz le dedica uno de sus inspirados sonetos. El hombre quiso aprovechar su privilegiada situación e hizo otro intento para ser enviado a China; pero el Provincial de los Jesuitas en México ya le había asignado otro destino: la misteriosa y esquiva California.

    El poco tiempo que permaneció en la capital fue muy bien empleado. En los archivos del Virreinato y del Colegio Máximo recogió más datos sobre Nueva España y especialmente sobre California. Sus conocimientos adquiridos en este período están patentes en un mapa que hizo entonces, describiendo todas las misiones de los jesuitas en Nueva España. Allá, muy al Norte, estaba California: de vagos contornos, inexplorada, casi desconocida. Junto a ella, otras regiones que ni siquiera tenían nombre, pero sí muchas leyendas de montañas de oro y de indios indomables. Esperaban a un hombre que les llevara la luz...

    Todavía le sobró tiempo para redactar y publicar, a instancias de sus amigos, un sustancioso folleto sobre el cometa de aquel año.

    En el mes de octubre, y con el título de Cosmógrafo Real, salió para Guadalajara con el fin de recoger sus credenciales eclesiásticas, pues California dependía entonces del Obispado de Guadalajara. Debía partir en la expedición del Almirante Atondo quien se encontraba en las márgenes del río Sinaloa preparando las cosas necesarias para la arriesgada empresa. El misionero, que tanto había esperado aquel momento no quiso entretenerse en la perla tapatía y pronto partió hacia el Norte, a reunirse con el Almirante. Tenía que recorrer unos mil kilómetros a caballo.

    Poco a poco, en fatigosas jornadas a través de sierras inhóspitas y de costas ardientes, se iba acercando al objetivo de su vida: ser misionero de verdad. Pero ¿no estaría ya demasiado viejo? Su larga permanencia en España lo habían hecho pasar de los 33 años a los 36. La primavera de la vida, que con sus explosiones de entusiasmo y sus sueños color de rosa nos hacen resistentes al cansancio, ya se había quedado muy atrás.

    Sin embargo, con ímpetus juveniles, Kino prosiguió sus jornadas hacia el Norte. Cruzó ríos caudalosos como el Santiago, el San Lorenzo, el Humaya. Se fue internando en regiones cada vez más salvajes y menos confortables, alejándose de la civilización. Los escasos poblados que encontraba, pequeños y muy pobres, en nada se parecían a la ciudad de México, ni a las cultas poblaciones de Alemania, ni a Ingolstat donde se encontraba su lejana Universidad.

    Y así, un día llegó a las márgenes del río Sinaloa. Al otro lado del río, estaba el suspirado campamento del Almirante Atondo. Finalmente había llegado. Desde la orilla opuesta, el cansado viajero contemplaba satisfecho las cabañas improvisadas y el humo apacible de las fogatas; pero advertía también una empeñosa actividad. Se veían hileras de gruesos troncos traídos de la sierra, montones de madera labrada en el campamento, hombres que trabajaban de carpinteros y algunas fraguas donde los herreros martillaban el hierro. Todo aquello parecía un gran taller de la jungla. Cuando Kino pasó el río y llegó al campamento, supo que el Almirante, después de grandes trabajos y muchos problemas, apenas había logrado comenzar la construcción de los tres navíos que necesitaba para la expedición a California. Había que seguir esperando, pero... ¿por cuánto tiempo?...

LAS SIRENAS CANTAN EN CALIFORNIA

    Hacía casi doscientos años que los españoles trataban de conquistar y colonizar Baja California. El primero que lo intentó fue el mismo Hernán Cortés y fracasó, gastando una fortuna. Poco después, los barcos de Alarcón partieron también para la misma conquista y nunca regresaron. Fracasaron igualmente el célebre Vizcaíno y otras muchas expediciones. Las desconocidas corrientes del golfo, o las tormentas inesperadas, o los indios indómitos acababan con todas ellas. Muchos ambiciosos pescadores de perlas, que organizaban expediciones por su cuenta, quedaron en el fondo del mar. Después de casi dos siglos, California seguía inconquistable. Millones de pesos y muchas vidas se habían perdido. El único resultado fue el odio y la desconfianza de los nativos ante el cruel comportamiento de aquellos hombres blancos que de vez en cuando manchaban sus playas.

    Cuando uno contempla la Baja California, el territorio más reseco de toda la República, con sus ariscas montañas de rocas sedientas, con sus montes de cactus y de espinos, uno se pregunta asombrado: ¿Por qué tanto interés en conquistarla? La respuesta es muy clara: porque entonces, nadie la conocía por dentro. Nadie la había explorado. Solamente eran conocidas algunas de sus playas y el fascinante misterio de sus leyendas.

    Decía la leyenda que el Mar de Cortés (ahora Golfo de California) se prolongaba hacia el Norte hasta un estrecho llamado Anián. Por esa ruta se podía llegar hasta Europa. Las grandes potencias deseaban poseer este magnífico camino que les ahorraba el largo viaje hasta el Estrecho de Magallanes, cerca del Polo Sur.

    Además, España necesitaba con urgencia un puerto en ese litoral del Pacífico: un puerto que sirviera de descanso y protección a los navegantes que venían de Filipinas atravesando el más ancho de todos los mares, cansados y enfermos, y amenazados constantemente por temibles piratas de potencias extranjeras. Transportaban en la famosa Nao de China preciosos cargamentos y mercancías orientales por valor de muchos millones. Necesitaban un puerto seguro a lo largo de la costa de California.

    Finalmente se hablaba mucho, entonces, de las fabulosas riquezas de California. Se contaba que abundaban el oro y la plata, las esmeraldas y los diamantes, y sobre todo, las perlas: unas perlas como nunca se habían visto en el mundo, y que se encontraban por centenares en sus plácidas costas al alcance de la mano... Pocos podían resistir el hechizo de las perlas.

    Estas eran las sirenas de California que atraían con su canto las ambiciones del Gobierno Español y de muchos aventureros. Por eso, a pesar de los costosos fracasos anteriores, y no obstante los grandes peligros de aquel mar desconocido, se preparó un nuevo proyecto de conquista y colonización. Fue el Almirante Atondo, gobernador de Sinaloa y Sonora, el encargado de la expedición. Más de dos años tardó en preparar la empresa. No era nada fácil. Tenía que comenzar por construir las embarcaciones necesarias.

    El pueblo del Nío sobre el río Sinaloa es ahora un pueblo insignificante; pero entonces, Atondo le había dado la vida de un verdadero astillero. Allí estaba Kino en la primavera de 1682. Él era el científico de la expedición. Ayudaba a los preparativos y al mismo tiempo esperaba, seguía esperando realizar su quimera. También a él le cantaban las sirenas...

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