EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 2)





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Fecha de publicación: 2017-09-05 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Cruz G. Acuña

LAS TORMENTAS Y LOS PIRATAS

    Kino se embarcó en Génova con 18 compañeros jesuitas. Unos pasarían de México al Oriente, vía Acapulco; otros se quedarían a trabajar en México. La real flota española, que salía solamente una vez al año, los esperaba en el puerto de Cádiz.

    El barco salió de Génova con las blancas velas henchidas. La brisa marina era suave y vigorosa, como la esperanza. Pero el mar es traicionero. Un día el cielo se puso negro y las olas comenzaron a levantarse amenazantes. La tempestad se desató furiosa y traía a la pequeña nave a la deriva en medio del Mediterráneo. El compañero de Kino, el Padre Antonio, se mareó horriblemente. Kino tenía estómago de marino y veían compasivamente a su compañero pálido y demacrado; y al mismo tiempo pensaba con cierta maliciosa ilusión: "Este hombre nunca podrá llegar hasta China y yo estoy dispuesto a tomar su lugar”.

    La tormenta pasó: No fue catastrófica, pero hizo perder a los viajeros un tiempo precioso. Ellos pensaban ansiosos en la flota que los esperaba en Cádiz.

    Cuando tornó la calma y el mar parecía como de seda azul, aparecieron en el horizonte unas naves misteriosas. Eran naves de piratas argelinos que por aquellos tiempos "trabajaban” en el Mediterráneo. El barco de Kino comenzó a desviarse, huyendo del peligro; y después de muchos largos rodeos logró esquivar a las naves enemigas. Pero, por segunda vez, los viajeros sintieron que perdían el tiempo que necesitaban para alcanzar la flota.

    Pasaron el estrecho de Gibraltar. Ya estaban cerca de Cádiz. Si los misioneros hubieran podido, se hubieran tirado al agua para empujar la nave y apresurar la marcha. Sin embargo, durante la noche, el piloto perdió el rumbo. Por espacio de muchas horas estuvo navegando en sentido contrario. Cuando por la mañana se dio cuenta de su error, la nave había perdido un día entero de camino. Aquello era para desesperarse.

    Finalmente llegaron frente al puerto de Cádiz. En la cubierta del barco, los 19 misioneros sonreían felices. La brisa del atardecer agitaba levemente sus cabellos mientras escudriñaban los acantilados, las playas y el mar. Allá en el horizonte, como blancas gaviotas sobre el océano, se divisaban las velas de más de cuarenta naves que se hacían cada vez más pequeñas. Luego, se perdieron poco a poco en la bruma azul de la lejanía. Eran las naves de la flota española que habían zarpado para Nueva España sin esperar a los misioneros.

    Algo debió haberse visto en el rostro ya bronceado de Kino: una mueca, una sonrisa amarga, o una lágrima; porque la próxima flota para América tardaría en salir nada menos que un año. Un año como un siglo.

    Es cierto que también otros barcos zarpaban con relativa frecuencia, pero cobraban mucha más de lo que el padre Kino podía pagar, y además y sobre todo, transportaban negros para venderlos como esclavos, y esto esta algo que el misionero no podía soportar. Kino tuvo que resignarse a pasar un año en España, esperando.

EL NAUFRAGIO

     Había otro que también se jalaba los cabellos con aquel contratiempo. Era el padre Procurador, es decir, el encargado de los gastos de los misioneros. Tenía que buscar la manera de mantener a aquellos 19 hombres durante todo un año. Por eso les procuró trabajo en Sevilla.

    En esta ciudad, Kino aprovechó el tiempo. Aprendió bien el español; se documentó en los ricos archivos de aquella ciudad que todavía posee la más abundante colección de documentos antiguos sobre Nueva España; adquirió, y hasta fabricó él mismo, algunos aparatos científicos para sus futuras exploraciones; y se relacionó con gentes que podían ayudarlo en sus trabajos. Por cierto que entonces fue cuando regaló un reloj de sol, hecho por él mismo, al padre Tirso González. Kino tenía buen ojo: aquel padre González llegó a ser después nada menos que el padre General de todos los jesuitas del mundo, y unas gran palanca que ayudó a Kino en las graves dificultades de su misión.

    Kino es un modelo para aquellos jóvenes impacientes que no saben esperar y pierden el tiempo en estériles lamentaciones o en rebeldías destructoras. Un misionero no se improvisa aunque sea universitario. Debe adquirir muchos conocimientos sobre el terreno donde va a trabajar. Debe, si quiere ser útil, aprender el idioma, conocer las costumbres, la cultura, la política, la geografía y hasta las industrias y el comercio de la región que desea ayudar. Para esto no había en Europa mejor sitio que Sevilla donde se tramitaban casi todos los asuntos de Nueva España, y por donde pasaban casi todos los españoles que, cruzando el mar, iban o venían del Nuevo Mundo.

    El inteligente profesor era también un hombre práctico y supo sacar provecho de esta privilegiada situación que su "mala suerte” le había deparado. Se preparó mejor. Trabajó duro. Aprendió algunas pequeñas industrias caseras y hasta reunía rosarios, medallas, cruces y una buena variedad de objetos que podían gustar a los indios. Pero en sus ratos libres o en sus noches de insomnio, no dejaría de pensar, anhelante, en la partida de la próxima flota que debía llevarlo, a través del Océano, a la tierra de sus ensueños.

    Pasó un año y vino otra  vez la primavera. Un día del mes de marzo Kino y sus compañeros reciben una gran noticia. Un barco llamado el "Nazareno”, sale para América y puede llevarlos. Rápidamente reúnen sus cosas y viajan desde Sevilla hasta el puerto de Cádiz; mas al llegar al puerto se encuentran con que el dichoso "Nazareno” partirá dentro de tres meses, junto con otra flota. Otra vez la prueba desesperante de esperar.

    Por fin, el once de julio, la atrevida flota de veleros se lanzó a cruzar el Atlántico. El "Nazareno” iba rápido sobre las ondas. Los misioneros estaban más contentos que nunca, con esa alegría que se mezcla con la nostalgia de todas las despedidas. Nunca volverían a ver aquellas playas que ahora veían alejarse poco a poco... Ya casi no se distinguían las casas de Cádiz. ¡Adiós para siempre!

    De improviso, se sintió un estruendo y una violenta sacudida. La nave se cimbró como si hubiera recibido un impacto de cañón. Muchos cayeron al suelo. El barco se había estrellado con una de esas rocas traicioneras que están bajo la superficie el mar. Por una grieta del casco el agua comienza a penetrar en oleadas. Los viajeros saltan rápido a las lanchas salvavidas y en ellas se arrojan al mar. Remando trabajosamente se dirigen al puerto y llegan al caer la noche.

    El Procurador "procura” otras lanchas y en ellas, a las dos de la mañana, los misioneros tratan de alcanzar a los demás barcos de la flota. Reman como desesperados sin pensar en el peligro de las olas que en las sombras de la noche parecen negros y gigantescos fantasmas. Por fin, dan alcance a las naves; pero no todas pueden admitir más pasajeros. Doce misioneros no tienen suerte y, a pesar de las súplicas, no son admitidos en la flota. Entre ellos está Kino. Desde sus lanchas miran con pena que las naves se alejan sin ellos y, tristemente, regresan a Cádiz... a esperar otro año... otro siglo.

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