EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 1)





La historia del Padre Kino tiene un atractivo de novela y algunos de sus hechos son tan emocionantes y bellos que podrían dar la inspiración para varios poemas. Por eso este pequeño volumen se llama "El Romance del Padre Kino”; porque los romances tienen algo de novela y poesía

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Fecha de publicación: 2017-09-03 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia


 
 

Por Cruz G. Acuña

PRÓLOGO


    La historia del Padre Kino tiene un atractivo de novela y algunos de sus hechos son tan emocionantes y bellos que podrían dar la inspiración para varios poemas. Por eso este pequeño volumen se llama "El Romance del Padre Kino”; porque los romances tienen algo de novela y poesía, aunque este librito mío es sencillamente historia pura, y prosa común y corriente de periodistas apresurados.

    El libro es breve; pero no es un simple resumen de la vida del Padre Kino. Afortunadamente existen ya muchos resúmenes y algunas tan buenos como la síntesis biográfica, concisa y precisa, que escribió D. Fernando Pesqueira en 1965, y la muy reciente de Charles Polzer que contiene además, una guía sobre las misiones del P. Kino con magníficos mapas y evocadoras fotografías. Mi trabajo es, más bien, una selección de los episodios más interesantes que pueden agrandar a cualquier tipo de lector.

    Tomé los datos históricos de los grandes y valiosos volúmenes que han escrito eruditos como Ernest Burrus, Gerard Decorme, Frank Lockwood, y sobre todo: Herbert Bolton, quien, hasta hoy, tiene la biografía más extensa y más documentada del fabuloso Padre Kino. En esos autores encontrarás la base científica de estos relatos.

    El tiempo que yo gasté en escribir estas páginas, y el trabajo que tú tengas en leerlas, estarán, creo yo, bien recompensadas por las útiles enseñanzas que los hechos del P. Kino dan a toda clase de personas; y por la emotiva simpatía que siempre despierta este mágico personaje a quien tanto debe nuestra Patria.

Cruz. G. Acuña
Marzo 15 de 1969
Hermosillo, Sonora

CAPÍTULO I

"EL IMPACIENTE QUE SABÍA ESPERAR”

A un Paso del Sepulcro


    En el Colegio de Hall (Austria), el joven Eusebio Kino prefería las matemáticas. Sabía que los chinos estimaban mucho esta ciencia, y él quería ser misionero en China. Había leído los viajes fabulosos de Francisco Javier a través de la India, de Malasia, de Japón y de las costas de China, y ya se soñaba navegando en un junco pirata por los mares brumosos del Oriente, o deslumbrando a los mandarines de la corte china con sus conocimientos de matemáticas y astronomía. Soñaba... tenía 18 años.

    Un día cayó enfermo. Al principio, aquello parecía cualquier cosa. Pero pasaban los días y Kino seguía en cama. Con amarga extrañeza se dio cuenta de que los médicos no podían curarlo. Lo desahuciaron. Estaba condenado a morir a los 18 años y a sepultar con él y para siempre todos sus ensueños. Sin embargo, él no perdió el ánimo. Con voluntad de acero se aferró a la vida y, ante el asombro de todos, recobró la salud. Había superado la primera gran prueba a su esperanza.

    Desde entonces añadió a su nombre Eusebio, el nombre de Francisco, y se llamó Eusebio Francisco, porque estaba convencido de que San Francisco Javier le había curado. Desde entonces también formuló la solemne promesa de convertirse en misionero en países paganos. Era el año de 1663.


A un Paso del Ensueño

    Dos años después de aquella enfermedad, Kino se hizo jesuita. Escogió esta sociedad sencillamente porque los jesuitas tenían muchos y famosos misioneros. Mientras estudiaba en Alemania, escribió al Superior General de la Orden suplicándole que lo enviara a trabajar a China. No le hicieron caso. Volvió a escribir. Le respondieron sólo con promesas. Kino tuvo que insistir con otra carta, pero sin ningún resultado positivo. Al contrario, en 1676, fue nombrado profesor de matemáticas en la Universidad de Ingolstat.

    A pesar de todo, Kino siguió esperando, ser misionero, y escribió de nuevo. Había esperado 13 años. Tenía 31. El tiempo estaba pasando y su juventud también. Su carta no tuvo efecto. Muchas personas, entre ellos el Duque de Baviera, querían conservarlo en la Universidad. Pero Kino insistió en su propósito. Repitió su solicitud seis veces y por fin, un día de primavera de 1678, recibió el nombramiento de misionero en ultramar. Sus ensueños comenzaban a realizarse.

    Sin embargo, no todo fue alegría por aquel nombramiento tanto tiempo esperado. Un compañero suyo de la misma Universidad, el P. Antonio Kershpamer, recibió también un nombramiento semejante. Uno de ellos debía ir a Oriente (Filipinas o China), el otro debía dirigirse a México. Ellos mismos tenían que ponerse de acuerdo y elegir. Para que no hubiera discusiones optaron por "echar un volado”. En un papelito escribieron "Oriente”, y en otro "México”. Kino sacó el que decía "México”. Sus sueños sobre China se esfumaron. Por mucho tiempo, y mientras no conoció bien a los indígenas mexicanos, Kino se estuvo acordando con cierto rencor de aquel infausto papelito.

    Otra sombra lo inquietaba. Tenía 33 años. Llevaba, es cierto, un buen caudal de la ciencia acumulada durante quince años de Universidad; pero 33 años de edad le parecían muchos. Había que recuperar el tiempo perdido. Por eso apresuró los preparativos para el viaje.

    No sé, en realidad, si fue a despedirse de su familia que vivía entre las montañas, al pie de los Alpes italianos, en el pueblecito de Segno. Probablemente sí fue; pero, aunque no hubiera ido, hacía mucho tiempo que él y su papá Francisco y su mamá Margarita habían aceptado el sacrificio de la gran separación.

    Con sus tristezas y sus grandes ilusiones, Kino se dirigió al puerto de Génova, mágico puerto que había visto partir a tantos y tan famosos navegantes. El que haya presenciado la gloria de una primavera en Italia, puede muy bien imaginarse al soñador profesor universitario, caminando jubiloso hacia el puerto, a través del esplendor de los campos. Había vuelto la juventud y la gran aventura estaba por comenzar.
 
SIGUIENTE CAPÍTULO:
 
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Continuará...

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