"ACARICIADOS CON LOS DEDOS"





Me gusta este poema de Saramago porque sin quererlo habla de mi padre, que también es abuelo. Habla de mi abuelo materno que sólo conocí gracias a las cartas, esas misivas que se enviaban por correo aéreo, las mismas que parecen peligro de extinción.

Por Sylvia Teresa Manríquez
Fecha de publicación: 2017-08-30 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Columna "Voltear la hoja”

Por Sylvia Teresa Manríquez


¿Qué cuántos años tengo? -
¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido...
… Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
…Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!... ¿A quién le importa?
… Qué importa cuántos años tengo.
o cuántos espero, si con los años que tengo,
¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!


Fragmentos de "Poema sobre la Vejez” de José Saramago

Me gusta este poema de Saramago porque sin quererlo habla de mi padre, que también es abuelo. Habla de mi abuelo materno que sólo conocí gracias a las cartas, esas misivas que se enviaban por correo aéreo, las mismas que parecen peligro de extinción. Habla de mi abuelo paterno que aunque fuerte y serio, se dio la oportunidad de silbarme tonadas  y compartirme rebanadas de sandía.

También habla del abuelo que me adoptó como nieta, quien sin ningún lazo biológico me quiso con tanto amor que todavía me duele su partida. Ese que cantaba mientras me observaba tocar cada cajita de la vieja botica en la que él manejaba sustancias, aromas y colores, que siguen pintando los recuerdos de la infancia.

Me gusta este poema de Saramago aunque no habla de las cinco abuelas que tuve, por las que me siento afortunada.

No habla de ellas aunque juntas tenían todos años del mundo, sin importar cuantos años tenían. Las pienso tan valiosas como fueron, porque eran fuertes, tanto que por ellas sobrevivimos las mujeres que les seguimos.

Ellas me enseñaron a amar en la misma medida que a mantenerme firme contracorriente. Cocinaban, limpiaban, cuidaban, tanto como exigían el derecho a opinar, decidir y hacer.

Soy afortunada porque tuve tres abuelos y cinco abuelas. No puedo preguntarles que opinan de la violencia que hoy nos invade espacios, pero estoy segura que desde sus trincheras estarían luchando por liberarnos de ella.

No puedo preguntarles a mis abuelas sobre alertas de género, feminicidios, injusticia, desigualdad, inequidad, impunidad, pero estoy segura que me acompañarían en los reclamos, las preguntas y los señalamientos.

Caminarían a mi lado en esta gran contingente de mujeres que necesita calles seguras, bocas sin hambre, y manos sin tortura.

Les diría que yo, como lo dice el poema, tengo los años que necesito para vivir libre y sin temores, pero que tengo miedo de que la violencia secuestre la tranquilidad en la que las recuerdo a ellas.

Les diría también que por la experiencia de vivir aquí, los anhelos son más grandes cada día. Que no he perdido la esperanza porque pertenezco a esa parte de la sociedad que aún no olvida lo que es vivir sin sobresaltos.

Y sin importar los años que tenga, lucharé para lograr que mis sueños, los de ellas, los de mis hijas, mis nietas, sean fuertemente asegurados por todas las manos, y no solo acariciados con los dedos.

@SylviaT   
sylvia283@hotmail.com

Comentarios de nuestros lectores:



Envía tus comentarios