SIN EMBARGO NO SOMOS DIFERENTES





Por Ignacio Bússani. Sentí que la mañana era propicia, pero no porque me lo dijera algún horóscopo, sino porque mi estado de ánimo era de un bienestar terso, profundo y suave. Mis células se habían amotinado llenas de optimismo para que, sin detener mi viaje interno

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Fecha de publicación: 2017-08-30 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad

 


Por Ignacio Bússani
 
Sentí que la mañana era propicia, pero no porque me lo dijera algún horóscopo, sino porque mi estado de ánimo era de un bienestar terso, profundo y suave. Mis células se habían amotinado llenas de optimismo para que, sin detener mi viaje interno, le impusiera anclas a mi pensamiento y me pusiera manos a la obra.
         
Esa mañana crucé la calle. Llegué hasta la puerta de rejas de fierro. Estaba cerrada con candado. Esperé paciente a que algún niño se acercara hasta donde estaba para pedirle que fuera por alguien para que me franqueara la entrada. Durante varios minutos observé los juegos de la chiquillada, que me resultaron un poco extraños. Advertí que ya no se divertían de la misma manera que lo habíamos hecho, hacía ya muchos años, los de mi generación. Miré que sus movimientos eran erráticos, más rápidos y hasta más violentos. Corrían de un lugar a otro sin descanso. La gritería que formaban era tal que no me imaginé andar haciendo lo mismo o ejercer el oficio de profesor con esos niños.

         -Es que estoy envejeciendo. Pensé.
         
Ahí parado pegado a la reja de la escuela caí en cuenta que me separaban varias generaciones de los niños que veía corretear por los espaciosos corredores y explanadas.
 
        -Pero siguen siendo tan niños como lo fuimos nosotros. Seguí reflexionando parado por fuera de la escuela.
         
Miré con cierta desazón que los juegos los hubieran sustituido por otros, pues a ningún niño miré haciendo zumbar el trompo, tampoco en cuclillas jugando a las canicas. Las niñas ya no formaban círculos para entonar cantos tradicionales. Tampoco se mezclaban entre sí, ambos sexos, para jugar a la pelota.
         
Es cierto que los niños actuales siguen siendo tan niños como fuimos nosotros, los que traemos las experiencias del siglo pasado cuando no existía la televisión, ni ningún otro adelanto electrónico, pero algo muy hondo nos separa. Inclusive algunos, ahora maduros o francamente envejecidos, por haber nacido en comunidades sin luz eléctrica, forjaron una reciedumbre que a los niños actuales les hace falta, porque son muy escasos los motivos que tienen para experimentar asombro como lo hicimos nosotros, que fuimos acumulando asombro tras asombro con la llegada de la radio, la cotidianidad de los aviones y el agua potable. Siento que somos muy afortunados, los de las generaciones pasadas, por haber crecido junto con la llegada de la civilización tecnológica, las vacunas, el teléfono, el cine y los refrigeradores, y más reciente el internet, con una celeridad que apenas si hemos sido capaces de asimilar del todo.
         -Eso profundo que nos separa no está siendo causado por lo diferente de los juegos que practican. Precisé. Hay algo más –me dije- pero ahí parado por fuera de la escuela viendo el río de vida desbordarse por momentos hasta cubrir las áreas destinadas a una jardinería incipiente, y un tanto descuidada, no me fue posible ahondar más que lo que me ofrecían el aspecto, el movimiento y los gritos de aquellos niños, que sin saber lo que significaba haber nacido en los años de agonía del siglo pasado y en los umbrales del presente, jugaban al eterno juego de la eternidad.
         
Ignoro cuánto tiempo estuve observando la presencia innegable de la vida. Esa sensación que se nos escapa cuando pretendemos atraparla dentro de nosotros mismos, y que estaba saturando el aire y envolvía a los árboles, y que hacía temblar las paredes del edificio, como si hubiera sido la piel de un ser vivo, cuyos órganos enloquecidos eran la multitud de niños que en forma incesante, y sin reposo buscaban el lugar que les correspondía, sin encontrarlo nunca, porque ignoraban que lo estaban buscando.
         
El estridente sonido de una chicharra eléctrica fue el aviso para que regresaran a sus aulas. La melodiosa campana había desaparecido junto con todo lo demás. El murmullo de voces y gritos fue sustituido por las indicaciones de los maestros, y la estridencia de las maestras que, como madres exigentes, les ordenaban que suspendieran sus juegos a medida que, en ordenada fila, fueron penetrando a los salones de clase. Enseguida una grabadora dio inicio a una melodía al son de la cual un grupo inició los movimientos de una danza tradicional. Un maestro les dio indicaciones para que repitieran una y otra vez los mismos movimientos hasta lograr que los aprendieran. Con la llave de mi auto golpee uno de los barrotes de fierro, y el profesor ordenó a una niña que fuera con alguien, que no escuché quien era, para que viniera a abrirme la puerta. En vez de venir la persona encargada de la puerta, envió la llave con la cual el candado, que antes nunca conocimos, fue liberado de su tarea de mantener protegida la escuela de extraños y delincuentes, que en mi infancia tampoco conocimos.

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