CASO MARÍA TERESA LANDA, PRIMERA MISS MÉXICO, 1929 (Parte 3)





"¡Ah, no, señor, eso no! Yo lo quiero con toda mi alma todavía y nunca le tuve rencor, pero no sé lo que hice. No estaba en mí. Quería matarme al saber lo acontecido"-, dijo la Miss México en entrevista con EL UNIVERSAL antes de ser trasladada al reclusorio

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-08-25 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Héctor Rodríguez Espinoza

LA VIUDA NEGRA 3/3

PROCESO PENAL

- "¡Ah, no, señor, eso no! Yo lo quiero con toda mi alma todavía y nunca le tuve rencor, pero no sé lo que hice. No estaba en mí. Quería matarme al saber lo acontecido"-, dijo la Miss México en entrevista con EL UNIVERSAL antes de ser trasladada al reclusorio para el juicio.

El proceso legal contra María Teresa se prolongó hasta el 1 de diciembre de 1929. Las miradas se posaban sobre ella para ver cómo concluiría la pasional historia de la "mujer que parecía no terrenal".             

El agente del MP la calificó de "una mujer sin entrañas equiparable a Lucrecia, Cleopatra y Salomé".

Continúa De la Barreda: Si un juicio penal seguido por un delito grave es siempre dramático, los de aquellos años se prestaban al más intenso y espectacular dramatismo. Existía el jurado popular, cuyos integrantes no sólo escuchaban planteamientos lógicos y razones jurídicas, sino que eran susceptibles a gesticulaciones, dotes oratorias, golpes sentimentales y simpatía o antipatía de los testigos y los inculpados. Y la belleza no requiere argumentos ni justificaciones.

María Teresa Landa era tan bella que sólo mirarla provocaba inquietud.

Aunque esos testimonios nada tenían que ver con el suceso materia del juicio, varios testigos aseveraron que ella y el general pasaban horas en un cuarto de la calle de Chile antes de casarse, ¡Santo Cielo! Entre los declarantes, Consuelo Flores afirmó que le eran remunerados en dinero por su novio.

Consciente de que el jurado estaba fascinado por la acusada, el fiscal Luis Corona pidió, desechando la mínima caballerosidad, que el veredicto no se viera influenciado por la seda de las medias ni por el rimel de las pestañas de la beldad. No había duda: esa asesina ­como la llamó sin piedad­ se declaraba culpable. Además, ilustró la indecencia de la acusada mostrando tres fotografías: aparece recostada en una cama, con el pecho descubierto, fumando sensualmente; un gatito se aproxima a la fumadora y el felino, hechizado, busca en esas colinas su alimento. Todavía más: el Ministerio Público recordó, exagerando, que la uxoricida se había exhibido desnuda en el concurso de belleza, y remató leyendo una carta en la que una compañera de estudios de Odontología ­en la que María Teresa inició carrera antes de la boda­ se dirigía a la procesada "con palabras de hombre" celebrando "el gozo de sus besos". Un rumor de desaprobación al golpe bajo recorrió la sala.

El abogado defensor José María Lozano ­gran orador, ex ministro de instrucción pública del usurpador Victoriano Huerta­ llamó a declarar a un testigo clave: el autor teatral Teodocio Montalbán. Éste contó que preparaba una obra sobre el caso, para lo cual se había allegado datos interesantes. Al entrevistarla, la testigo Consuelo Flores le reveló que había declarado contra la acusada a petición de los hermanos del general y motivada por los celos, pues María Teresa le arrebató el amor de Moisés Vidal: las citas amorosas de la calle de Chile eran una mentira. Un clamor cimbró la sala. El fiscal pidió que se desestimara la declaración, pues el testigo no sólo era adicto a la cocaína sino, lo peor, familiar de la desvergonzada tiple Celia Montalbán. El acusador arremetió contra la inmoralidad de esos tiempos, subrayó que la mujer mexicana es la que brinda su abnegación y no la que asesina, y solicitó la condena a la pena capital.

El defensor se tomó cinco horas en su alegato final. Elogió la civilización occidental, en especial la cultura francesa; rememoró crímenes célebres, sobre todo pasionales; se refirió auto elogiosamente a su militancia huertista y a su próxima jubilación, y aterrizó caracterizando a su defendida como la víctima que disparó, en defensa de sus ilusiones, contra quien le infligió deshonor y duelo, movida por una fuerza moral irresistible ante el temor fundado de un mal inminente. El letrado no precisó cuál era ese mal.

Al serle concedido el uso de la palabra por última vez en el juicio, María Teresa Landa sólo dijo, ante el jurado y el público absortos, que LOS IMPERATIVOS DE SU DESTINO LE HABÍAN LLEVADO AL ARREBATO DE LOCURA QUE LA HIZO DESTRUIR SU FELICIDAD MATANDO AL HOMBRE A QUIEN AMABA CON DELIRIO. Un aplauso atronador, interminable, con el público de pie, acogió su intervención.

Sin embargo, el clímax del caso llegó cuando el jurado, seducido al ver a la mujer vestida de negro y belleza inigualable admitir su culpa y romper en llanto, decidió dejarla absuelta del crimen, pese a que desde el punto de vista jurídico no había atenuantes.

El jurado la absolvió. El fallo fue recibido por una ovación. Fue sacada de la sala en hombros, vitoreada por la multitud. La sentencia no fue bien recibida en los círculos jurídicos: la conducta de la enjuiciada no encuadraba en ninguna de las justificantes ni de las causas de inculpabilidad previstas por el código penal.

María Teresa Landa sobrevivió a su esposo 63 años. Nunca volvió a casarse. De Mauleón especula que esa prolongada soltería "significa que acaso perdonó a Moisés Vidal, y que siguió amándolo". Sé que sus alumnos de la Prepa Uno, salvo los que tuviesen corazón de piedra, no podíamos sino amarla al escuchar sus clases muchos años después de aquel juicio, culmina su evocación Luis de la Barreda.

FUE EL FIN DEL JURADO POPULAR EN MÉXICO.

Parte 1:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21292&cat=235


Parte 2:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21305&cat=254&categoria=Pol%C3%ADtica



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