CASO MARÍA TERESA LANDA, PRIMERA MISS MÉXICO, 1929 (Parte 2)





Luis de la Barreda Solórzano, Director general del Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad, A.C. (ICESI), abunda: Escuché la sentida evocación que hace Jacobo Zabludovsky de María Teresa Landa. Un sector de la prensa ­especialmente El Nacional­ estuvo en su contra

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-08-22 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



LA VIUDA NEGRA 2/3

Héctor Rodríguez Espinoza

EL EMBRUJO DE MARÍA TERESA

Luis de la Barreda Solórzano, Director general del Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad, A.C. (ICESI), abunda:

Escuché la sentida evocación que hace Jacobo Zabludovsky de María Teresa Landa. Un sector de la prensa ­especialmente El Nacional­ estuvo en su contra, pero Excélsior defendía a su reina de belleza y la opinión pública tomó partido por la mujer cuya fotografía ocupaba la primera plana de los periódicos. Vestida de negro, la blancura del rostro hacía un contraste onírico que acentuaban la oscura mirada abismal y las profundas ojeras. El proceso sacudió al país. La sala de jurados de la cárcel de Belén fue insuficiente para la cantidad de público que quería estar allí, presenciar el enjuiciamiento de la Venus mexicana, del ángel caído, de la viuda negra, de la primera Miss México de la historia. Medio millón de oyentes siguió por la radio el juicio. Se colocaron transmisores en la calle de Humboldt y en Avenida Juárez para que los transeúntes lo escucharan. La gente se arremolinaba. Vendedores acudían a ofrecer sus productos.

Escuchar en el antiguo Colegio de San Ildefonso ­uno de los lugares sagrados de la ciudad, dice Octavio Paz, y entonces lujosa sede de la Preparatoria Uno­ a la maestra María Teresa Landa, en su curso de historia universal, ha sido la experiencia más deliciosa que como alumno he tenido. Era una espléndida narradora. La oí conmovido contarnos de las voces de origen divino que ordenaban a Juana de Arco, humilde campesina de 13 años, liberar a Francia del dominio inglés, capitaneó un pequeño ejército que consiguió que los ingleses levantaran el sitio de Orleáns e hizo coronar rey a Carlos II en Reims antes de ser hecha prisionera, acusada de herejía y condenada a morir en la hoguera. La escuché estremecido hablarnos de los mil días que Ana Bolena resistió como esposa de Enrique VIII antes de ser decapitada acusada de adulterio. Me llevó fascinado a los paseos que por los magníficos jardines del Palacio de Versalles disfrutaba, esplendorosa en su belleza y su elegancia, la reina María Antonieta sin sospechar que a la vuelta de los días la esperaba la guillotina, a la que se le condenó infligiéndosele todas las difamaciones, atribuyéndosele todos los vicios, perversidades, depravaciones, pues, para lacerar a la realeza, la revolución tenía que destruir a Su Majestad, y acudí a la ejecución, horrorizado. Me recuerdo, después de la primera vez que nos habló de María Antonieta, corriendo, ávido, a la librería Porrúa, a comprar la vibrante biografía que sobre la reina de origen austriaco escribió Stefan Zweig.

Yo no sabía nada de la historia que casi 40 años antes había protagonizado. Era un privilegio ser su alumno. Yo ni siquiera me había preguntado por su estado civil ni de su pasado. Cuando me enteré de lo sucedido a finales de la década de los 20 de la pasada centuria ­¿cómo fue que se animó a contármelo?­, la maestra Landa pasó a ser para mí un personaje legendario y fascinante.

Estábamos en su casa. Conversábamos de mujeres destacadas de vidas difíciles y lugares prominentes en la historia. En un momento le dije que cómo podía saber tanto. Sonrió un instante antes de ponerse seria, dar un trago a su whisky y mirarme a los ojos abismalmente:

-¿Sabe, De la Barreda? Hay algo en mi vida que ni usted ni sus compañeros de clase se imaginan. ¿Quiere oírlo?

Fue la primera Señorita México de la historia al ganar, una noche de 1928, el concurso de belleza auspiciado por el diario Excélsior. No había conocido el amor... hasta que se atravesó en su senda, en aquel velorio al que acudió el 3 de mayo de 1928, el general Moisés Vidal, de 35 años, 17 mayor que ella.

Él era difícil ­¿qué hombre no lo es para quien lo ama?­, autoritario y rígido, pero no desprovisto de cierta simpatía o así se lo hizo creer a ella.

Ella intentaba amoldarse a su carácter, y él, para corresponderle, se quedaba hasta las tres de la madrugada al pie de su ventana. La Señorita México sospechó que lo hacía para distraer sus insomnios, aunque él le juraba que era para demostrarle su constancia y su adoración. También se las demostraba escribiéndole versos. Eran de calidad mediocre, pero nadie tiene la culpa de no ser asistido por las musas. Lo importante es que expresaban la pasión que la bella joven despertaba en el militar.

María Teresa Landa asistió, representando a México, al concurso internacional de belleza en Galveston, Estados Unidos. Antes de partir, el general le hizo prometerle que se casarían a su regreso. El certamen lo ganó una rubia. La mexicana conquistó al público y a varios productores cuyas proposiciones de actuar en Hollywood declinó. La esperaba en su país el matrimonio.

Sin avisar a sus padres, María Teresa acudió el 24 de septiembre de 1928 al juzgado donde su prometido tenía todo listo para la boda, incluyendo testigos mendaces. La recién casada tardó varios días en dar a sus padres la noticia. El padre se enfureció. Molesto e intrigado por la clandestinidad de la ceremonia, investigó las circunstancias y constató la falsedad de los testigos. No había duda: Moisés Vidal había jugado chueco. Pero estaba en riesgo el honor de su hija, que en aquellos años exigía el connubio para toda relación erótica. Entonces empezó a preparar la boda religiosa.

El primero de octubre, María Teresa y Moisés contrajeron matrimonio ante un altar. El padre de la muchacha no pudo evitar la asociación de ideas: se estaban casando Venus y Marte. Al poco tiempo, los cónyuges viajaron a Veracruz, donde el general Vidal debía combatir el movimiento de Escobar. Un hermano cura del general volvió a bendecir la unión y se congratuló de que Moisés se casara con "la mujer ideal".

En julio de 1929 Vidal recibió la orden de regresar a la ciudad de México. Los esposos se alegraron.

La pareja instaló el domicilio conyugal en casa de los padres de María Teresa. Hombre celoso, Moisés aseguraba así que cuando él saliera ella no se quedase sola. Eran tiempos en que las mujeres no trabajaban fuera del hogar ni salían sin compañía. Sus horas transcurrían en la morada, quizá no siempre de forma amena. Ni siquiera se contaba con la televisión, cuyo invento aún estaba lejano. Pero el amor, o la educación y las costumbres, propiciaban en las casadas la sumisión al marido.

Ejercitante de sus prejuicios y sus obsesiones, Vidal prohibió terminantemente a su mujer que hojeara el periódico. Una señora decente no tenía por qué enterarse de los crímenes y demás indecencias que llenan las páginas de los diarios. María Teresa no quería pelear respondiendo que no aceptaba la orden y acató la prohibición de dientes para fuera. Era una mujer curiosa del mundo, de la estirpe de Pandora.

El domingo 25 de agosto de 1929, los padres de María Teresa salieron muy temprano, ella de compras a La Merced y él a atender la lechería de su propiedad. María Teresa se levantó media hora después que su esposo. Mientras bebía, enfundada en una bata de seda azul, una taza de chocolate, vio sobre la mesa ¿quién pudo dejarlo allí? El Excélsior. Las ocho columnas de la segunda sección dieron inicio a la pesadilla: "Acusan de bigamia al esposo de Miss México, María Teresa Landa". El día anterior, otra María Teresa, de apellido Herrejón, había acudido ante un juez a demostrar que era la legítima esposa de Vidal, con quien había procreado dos hijas, y a acusar a su marido por adulterio y bigamia. En esos momentos, la madre de la Señorita México regresó de sus compras. Alcanzó a presenciar cómo su hija, de pie, exigía una explicación al bígamo, quien, sentado en un sillón, negó que la noticia fuera cierta.

En abril de 1923 se casaron María Teresa Herrejón y Moisés Vidal. En Cosamaloapan, Veracruz, establecieron su domicilio conyugal y tuvieron a sus hijas. Vidal acababa de ser ascendido a general. Viajó a la ciudad de México a realizar ciertos trámites que demorarían algún tiempo. Dejó a su mujer encargada con uno de sus hermanos. No le mandaba dinero, pero no la olvidaba: le escribía cartas en las que le refrendaba sus juramentos de amor. A principios de 1929 las epístolas cesaron. Había conocido a otra María Teresa, que robó su corazón.

Aunque lejos, la cónyuge oyó los rumores y fue a buscar al ausente, éste ya no se alojaba en el hotel desde el cual había escrito las misivas. La mujer recurrió a un abogado y demandó a su esposo.

Demandado, Vidal buscó a su consorte. El viernes 23 de agosto le pidió perdón, le ofreció el pago de una pensión, le suplicó que retirara los cargos y la convenció de que aceptara el divorcio voluntario. Le prometió que al día siguiente iría a ver a sus hijas, a quienes llevaría caramelos y chocolates. La visita prometida no llegó ni el sábado 24 ni después.

Aquel domingo 25 de agosto de 1929, al levantarse, Moisés Vidal llevó a la sala un libro, una cajetilla de cigarrillos y su pistola Smith & Wesson que tenía cacha de concha. El arma había quedado sobre una mesita. María Teresa Landa la vio, se lanzó sobre ella y se apuntó a la sien. Asustado, su marido intentó incorporarse del sillón.

- No te me acerques porque te disparo ­rugió María Teresa.

- ¡Por favor, mi vida, deja esa pistola! ­imploró Vidal.

En ese momento se produjo el primer disparo. El gatillo del arma era muy sensible. Entonces, la mujer aprisionó la pistola con las dos manos y volvió a disparar, y volvió a disparar... hasta vaciar la carga en el cuerpo del suplicante. Entonces intentó darse un tiro. Las balas estaban consumidas. Vidal estaba tirado sangrando profusamente.

María Teresa se arrodilló ante ese cuerpo que amaba a pesar de todo, abrazó a su amado y lo besó. Su elegante bata se tiñó de rojo. Ahora era el padre de la tiradora el que llegaba a la casa. Su esposa lloraba a gritos. Su yerno yacía sangrante. Se horrorizó al percatarse del orificio en el pómulo. Su hija, con una prenda azul y roja cubriéndole el hermosísimo cuerpo, arrodillada ante el hombre mal herido, gritaba enloquecida:

- ¡Perdóname, mi amor! ¿Qué he hecho? ¡Auxilio! ¡Te amo! ¡No te mueras! ¡Por Dios, no te mueras!

Todavía intentaron padre e hija llegar a un hospital para salvar al baleado. Se les murió en el camino.
 
Parte 1:

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