CASO MARÍA TERESA LANDA, PRIMERA MISS MÉXICO, 1929





Como lo ha estudiado Aurelio de los Reyes, gracias a los casos de estas mujeres uxoricidas —término legal de la época— es posible evidenciar que el olor a pólvora aún se respiraba en el ambiente e, implícitamente, se promovía la idea de solucionar los...

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-08-12 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Politica



Héctor Rodríguez Espinoza

LA VIUDA NEGRA (1/3)

EL FIN DEL JURADO POPULAR EN MÉXICO

Como lo ha estudiado Aurelio de los Reyes, gracias a los casos de estas mujeres uxoricidas —término legal de la época— es posible evidenciar que el olor a pólvora aún se respiraba en el ambiente e, implícitamente, se promovía la idea de solucionar los problemas con arma en mano, un modo cotidiano de andar por la vida. El uniforme militar, las armas, los generales y soldados eran elementos cotidianos; se convivía con ellos, gobernaban y, más aún, las armas y uniformes militares se anunciaban por doquier para usarlos.

Los casos de Magdalena Jurado, Alicia Olvera, Luz González, María del Pilar Moreno y Nydia Camargo Rubín fueron muy conocidos. De casi todas se hicieron películas, con ellas como actrices principales. Dentro de ciertos límites es comprensible tal actitud: la mujer estaba ante un Estado posrevolucionario, modernizador, no sólo laico, sino en plena guerra interna con la Iglesia católica, la más poderosa del país por siglos. Las conductas, la moral trastocada junto con los frenos moralistas de siglos, se diluían a la luz de los nuevos acontecimientos. Un claro ejemplo de la moral craqueada es la declaración de uno de los amantes de la autoviuda Magdalena Jurado al decir, no sin cierto cinismo: "Yo tengo un disgusto con Martínez, al que tengo que matar porque hace daño. Voy a matar a éste y lo enterraré en el sótano y encima de éste a otro [...] para eso estamos en revolución".

Las "uxoricidas" tuvieron varias cosas en común: provenían de una clase social media baja o baja; no eran mujeres preparadas, la mayoría sin estudios terminados; muchas habían realizado trabajos diversos, "propios de su sexo", para encontrar un sustento frente a las dificultades económicas de la época, de escasos recursos y grandes dificultades de supervivencia. Por lo que se sabe de los juicios, la mayor parte de ellas sufrían de abuso físico y emocional, que se reproducía desde su infancia y juventud. Fueron engañadas, maltratadas y vejadas constantemente por uno, varios o aquel que acabó en el panteón. El último recurso para terminar con el abuso fue el asesinato de su agresor.

Se llevó a cada una a juicio popular, pues desde 1919 el presidente Venustiano Carranza había instaurado los juicios de esa índole, en los que un jurado insaculado de 12 personas debía decidir su suerte.

Si bien el divorcio se había instituido en el código civil también en 1919 con el presidente Carranza, las mujeres lo veían como una manera de degradarse, de quedar fuera del cerco social y familiar que las acogía, eran pocas las que lo admitían como una salida a un mal matrimonio, a un engaño, a la infidelidad o el deshonor, actitud comprensible porque las formas sociales de la época apenas estaban en construcción; sin embargo, aún faltaba mucho por entender en los caminos de la negociación y los acuerdos socialmente aceptables para enfrentar los términos de una nueva vida laboral, social, doméstica y familiar.

En medio de esa riqueza constructiva se hallaban las "uxoricidas" con sus culpas a cuestas y sus razones por delante.



ANTECEDENTES

Gabriela Cano, Profesora-investigadora de la UAM, nos ofrece los antecedentes:

Los concursos de belleza son rituales de la cultura contemporánea tan controvertidos como perdurables. Son noticia, espectáculo televisivo, fuente de escándalo y objeto de críticas bien fundadas.

Desde los años 70, el feminismo ha señalado que fomentan la noción de que la juventud y el atractivo físico son las principales cualidades de las mujeres, además de promover una noción racista y convencional de su belleza.

Fueron blanco preferido de la crítica feminista desde la emblemática protesta de 1968, cuando durante el concurso Miss América llamaron la atención de los medios al tirar cosméticos y zapatos de tacón alto -"instrumentos de tortura cotidiana"- a un gigantesco bote de basura, para simbolizar su rechazo a la imagen convencional de esa belleza. Al inaugurarse en la ciudad de México el concurso Miss Universo 1978, un grupo de activistas organizó un llamativo acto de protesta a las puertas del Auditorio Nacional para denunciarlo porque presentaba a las mujeres como objetos sexuales.

Pero dichos concursos no siempre han promovido una imagen tradicional de la mujer. El triunfo de María Teresa Landa, a los 18 años de edad, en el concurso Miss México 1928, y su participación como representante del país en uno internacional, al año siguiente en Galveston, Texas, dio amplia divulgación y legitimidad a los cambios en la imagen y el papel social de las jóvenes que se impuso en ciudades de todo el mundo durante los años 20.

El ideal de "chica moderna", que María Teresa Landa encarnó a cabalidad, rompía con conceptos tradicionales de la mujer victoriana, "el ángel del hogar", que vivía en función del padre o el marido.

"Desde finales de la Gran Guerra -explicaba Miss México en entrevista- las sociedades han desechado modos de pensar anticuados y ahora reconocen que las mujeres poseen un espíritu lleno de energía".

Bajo la influencia del cine y al son del jazz, las chicas modernas (las flappers en Estados Unidos o las pelonas en México) salieron a las calles procurando verse atractivas con el pelo corto y esos vestidos rectos que dejaban al descubierto la pantorrilla y favorecían una silueta rectilínea ajena a la figura acinturada del corsé y las faldas hasta el tobillo que 15 años antes eran atuendo obligado. A diferencia de las mujeres de una generación anterior, las chicas modernas se divertían en bailes, el cine o en la práctica de algún deporte, y se afanaban por verse atractivas mediante el uso de sombreros, ropa nueva y cosméticos que muchas veces compraban con los modestos salarios que habían ganado como oficinistas o profesoras.

La aspiración de autonomía era frecuente entre chicas modernas como María Teresa, quien declaró a la prensa su intención de "ser independiente en todos los aspectos de la vida". Educada en un convento y en la Escuela Normal, Landa estaba convencida de que "las mujeres que estudian son tan capaces como los hombres" y por eso se había matriculado en la carrera de odontología, que prometía un futuro profesional estable.

Sólo otra de las finalistas, Luz Guzmán, aficionada a la lectura y al baile flamenco, tenía inclinaciones intelectuales; las demás concursantes habían adoptado la moda flapper y disfrutaban de las diversiones modernas, pero no estaban a la altura de María Teresa en otros aspectos; Maruca Morales y Micaela Canales, aficionadas al cine y admiradoras de actores de moda como Ramón Novaro y Rodolfo Valentino, habían dejado de ir la escuela porque estaban convencidas de que la ciencia daba dolores de cabeza, mientras que Enriqueta Lorda manifestó su admiración por la heroína de La bella durmiente, que encarnaba su máxima aspiración: dormir tranquila.

Posar en traje de baño era requisito indispensable en ambos concursos.

Aunque muchas personas juzgaban inmoral el traje de baño femenino, María Teresa se animó a presentarse a las sesiones de fotografía en la alberca Esther de la ciudad de México, porque sabía que en las playas francesas y en las albercas estadounidenses era aceptable que señoras y señoritas lucieran "medio desnudas, es decir, mostrando las rodillas y parte del muslo".

Tras el concurso, su vida "se convirtió en un ajetreo": visitas a la tienda de sombreros y a la modista, bailes en su honor y hasta un desfile en carros alegóricos por las calles de la ciudad. En Galveston, Texas, la rutina fue aún más agitada: "Todos los días recibíamos una agenda de compromisos que apenas daba tiempo suficiente para cambiarse de vestido".

No obstante, guardó recuerdos agradables del concurso internacional, de su amistad con las otras participantes y de las ofertas de trabajo de estudios de cine y de revistas estadounidenses, que halagaron su vanidad pero que rechazó para regresar a México donde la esperaba su novio Moisés Vidal, de 39 años de edad, con quien contrajo matrimonio al poco tiempo.

Al año siguiente, volvió a figurar en la prensa, pero no en la sección de sociales, sino en la nota roja. En un arranque pasional, Landa asesinó a su marido, al enterarse de su bigamia al estar casado con otra mujer. Aunque, en su caso, no existían atenuantes al delito de homicidio, la joven viuda fue absuelta del crimen que confesó: "Quise matarme yo, pero lo maté a él".

Las artes oratorias del abogado defensor, José María Lozano, El príncipe de la palabra, y el manejo escénico de la reina de belleza, explican tanto la decisión del jurado popular que perdonó a la asesina como la actitud del público que recibió el fallo con una ovación interminable. La estrategia del abogado fue presentar a Landa como víctima de la sociedad y de los abusos de un hombre: una mujer débil, incapaz de controlar sus pasiones, y con características propias de la mujer tradicional y no de una "chica moderna", de criterio independiente.

María Teresa Landa representó el papel de viuda arrepentida, una mujer frágil: el luto riguroso -vestido, cofia y velo negro sobre los ojos- su confesión y respuestas, y sobre todo su llanto, conmovieron al jurado y al público que atiborró el salón de sesiones de la cárcel de Belén.

Su caso fue el fin del jurado popular, porque hizo evidente que sus integrantes eran más susceptibles al virtuosismo oratorio de los abogados, al manejo escénico de los acusados y a las influyentes opiniones de la prensa, que a las razones jurídicas. El sonado juicio representó también un golpe al ideal de la "chica moderna", que enfrentó una fuerte resistencia durante muchos años.




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