REELECCIÓN, PSEUDO RELIGIOSIDAD Y MAGNICIDIO (Parte 3)





Toral confesó su crimen: tenía la idea de matar a Obregón desde 1922 o 1923 por sus agravios contra la Iglesia católica: "Jamás pensé en que fuera yo o alguna otra persona conocida mía del que se valiera para ello: sólo pensaba que el que falta a la ley o mejor el que con la espada mata a espada muere"

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-08-03 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 
 


PRESIDENTE ÁLVARO OBREGÓN (3/3)

Héctor Rodríguez Espinoza


EL JURADO

Nueve ciudadanos insaculados como jurados. Los debates fueron presididos por el juez Aznar Mendoza y ante una multitud, incluyendo familiares de los acusados y connotados obregonistas que se dieron cita a las audiencias.

         Toral confesó su crimen: tenía la idea de matar a Obregón desde 1922 o 1923 por sus agravios contra la Iglesia católica: "Jamás pensé en que fuera yo o alguna otra persona conocida mía del que se valiera para ello: sólo pensaba que el que falta a la ley o mejor el que con la espada mata a espada muere". Contó la influencia de la "Madre Conchita”, en cuya casa se efectuaron movimientos y reuniones de la Liga, para convencerlo de que era necesario matar a Obregón y Calles; que fue torturado por la Policía, lo que crispó el ambiente al relatar los pormenores. Un grupo de diputados escandalosos invadió el salón, demandando su muerte y de la abadesa.

         Los argumentos del defensor, abogado Demetrio Sodi, fueron: "Yo desearía en estos momentos purificar mis labios con los carbones de Isaías, para que de ellos no saliera lo que no fuera verdad, porque la verdad es justicia […] Señores, a todos ustedes les consta que fui cruelmente insultado en las audiencias y que me hicieron los más duros vejámenes para mi dignidad de abogado y de hombre". Afuera del tribunal se oían gritos de "viva Obregón", "muera Sodi" y "muera Toral". Pero continuó: "Lo que pasó no es por cierto un crimen vulgar, sino una de aquellas tragedias esquilianas que nos presenta el arte griego. El general Obregón, al caer, sonrió como saludando a la muerte"; habló de la historia romana y del asesinato de Julio César. No negó la culpabilidad de Toral, pero cuestionó que el asesinato se hubiese realizado con alevosía, ventaja y premeditación. Remató justificando su deber de defender a Toral por "el santo deber profesional" de un abogado. Su arenga arrancó algunos aplausos.

         Por la acusación, los argumentos del procurador general de la República, Ezequiel Padilla, fueron: "Yo no puedo, señores jurados, esconder en estos momentos el tumulto que invade mi corazón y mis pensamientos. Mi voz se ahoga en mi pecho, como se ahoga la del pueblo en el pecho de todos los buenos mexicanos. Yo no sé, verdaderamente, cómo la defensa se ha empeñado en presentar este crimen distinto de lo que es: un crimen vulgar, un crimen por el que cayó un hombre, no un hombre, sino una montaña de generaciones, de generaciones humildes, cuya causa es presidida por el Cristo Redentor, no ese Cristo en cuyo nombre se ha perpetrado este crimen";  "Yo respeto a la mujer, al sexo débil, a las damas; pero no a las hipócritas […]. Yo miro a la señorita Concepción Acevedo como a un verdadero demonio; pero no aquel demonio de Sócrates, sino como a un verdadero lémur que busca el perjuicio y hace de su aplicación un precepto". Su pieza oratoria le valió vivas y aplausos estruendosos.


EL VEREDICTO

         El jurado deliberó y el 8 de noviembre los juzgó culpables. La Madre Conchita, condenada a 20 años de prisión en la Islas Marías, antes de ser enviada pasó varios meses de reclusión, durante los cuales sufrió varios atentados, desde agresión con arma de fuego e incluso envenenamiento siendo infructuosos todos los intentos.
 
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         Se dice que la suerte de los acusados estaba echada desde el principio: el presidente Plutarco Elías Calles, en una jugada política inteligente, les había entregado la cabeza de Toral a los obregonistas que puntualmente se encargaron de hacer un juicio donde se sabía de antemano el desenlace; que el juicio fue un simple medio para apaciguar a una clase política turbada por el asesinato del caudillo revolucionario.

         Toral fue sentenciado a muerte. Terminó uno de los juicios más espectaculares de la historia.

         El 9 de febrero de 1929, Toral fue fusilado en Lecumberri.


¿QUÉ FUE DE LA MADRE CONCHITA?

El 14 de mayo de 1929 finalmente llegó a su presidio insular.

         El 29 de mayo de 1932 fue enviada de regreso a la Ciudad de México,  se casó con el Sr. Castro Balda, para contar con protección permanente cuando fuera enviada de regreso a las Islas Marías en julio de 1934. El 20 de octubre de este año se efectuó la boda civil allá. Fue liberada definitivamente en 1940.

         Sus panegiristas divulgan que de regreso en México, su esposo se encontró con que nadie quería darle trabajo, había boicot y para evitar represalias del gobierno, nadie quiso comprometerse.

         En 1965, en Madrid, de Gráficas Marciegas, S.A. salió a la luz, como edición privada, un libro de 638 páginas; "Una Mártir de México”, por ella. Había pensado titularlo simplemente "Memorias", pero a sugerencia del Papa Juan XXIII se le cambió el título.

         La editorial Contenido, S.A. ha publicado tres ediciones (1972,1974 y 1979). En 1983, Ediciones Océano de Barcelona publicó una nueva edición.

         Dio varias entrevistas a los medios. La primera con Jacobo Zabludovsky en 1970, en 1978 con Cristina Ochoa, para la revista "Siempre”.


COLUMNA BUCARELI, DE JACOBO ZABLUDOVSKY, 09 DE ABRIL DE 2007
 
Madre_Conchita_libro_Jacobo

 "La mañana del jueves 16 de abril de 1970 una mujer de 80 años me abrió la puerta:

— ¿La madre Conchita?

—Servidora de usted-. Había terminado para ella una sombra de 30 años desde su retorno de las islas Marías. Para mí, una búsqueda incesante que duró dos años por todas las calles de la historia reciente de México. Convicta y sentenciada como autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón, quería yo oír su versión en su propia voz:

—Señora, ¿es usted inocente o culpable de la muerte de Obregón?

—Con toda conciencia, creo que delante de Dios no tengo ninguna responsabilidad más que el deseo de que hubiera libertad de la Iglesia, de la fe y de todo en México. Si eso es culpabilidad, sí la tengo.

—Usted fue declarada culpable.

—Me sentenciaron como autora intelectual, decían que yo era jefe de una banda de 17 muchachos a los que marcaba con fierro caliente para que mataran a todos los del gobierno y no era cierto. Los muchachos obraron por sí solos.

—¿A qué muchachos se refiere, señora?

—A José de León Toral, al padre Pro, iba a mi convento.

Carlos Castro Balda, confeso y sentenciado por explotar bombas en la Cámara de Diputados, conoció a Concepción en las islas Marías y ahí se casaron.

—Fueron cohetes y no bombas. Los cohetes nada más hacen escándalo y preparé el TNT, o sea, el trinitrotolueno.

—Ya era algo más que cohete.

—Exactamente. Requería ácidos químicamente puros y lo único que causaba era un estruendo maravilloso, pero nada más, no levantaba ni la hoja de un papel y lo dejamos en los excusados de la Cámara.

Lástima que lo del aborto no estuviera de moda, me hubiera gustado preguntarle sobre eso.

CARLOS CASTRO BALDA

—Pepe (José de León Toral) era enemigo de la violencia y cuando se discutía en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana el tiranicidio, él no lo aprobaba.

—¿En la ACJM se discutió el tiranicidio?

—Sí, mucho antes de la muerte de Obregón se discutió cómo hacer que el poderío militarista desapareciera y se salvara a la patria.

—¿Y a qué conclusión llegaron?

—Diversas, la principal el tiranicidio. Pero donde se decidió la muerte del general Obregón y se ordenó su ejecución como super tirano de México, fue en la Liga Defensora de la Libertad Religiosa.

—¿Dónde se compraban las armas?

—Yo no las compraba, yo compré ácido para fabricar el trinitrotolueno.

—Señora, ¿es cierto que alguien bendijo la pistola que usó Toral?

—Llegó Pepe a la casa de la señora Piña viuda de Altamira, donde se estaba celebrando una misa. Se acercó al altar y dejó una pistola en la credencia, esa mesita donde se colocan la vinajera, la charola para repartir la comunión y demás cosas. Puso la pistola cubierta con su mano sobre la credencia en el momento en que terminaba la misa y el padre Jiménez daba la bendición. Pepe lo interpretó como que estaba bendito por la divinidad el tiranicidio que iba a cometer.

—¿Se arrepintió Toral?

—No.

-Y vivir en la calle Álvaro Obregón, ¿le da igual, Conchita?

—Sí, igualito, aquí junto lo velaron, el mismo trecho que hay de aquí al cielo hay de otra calle al cielo, nos da igual.

Han pasado 37 años de esa primera de tres entrevistas. Un año antes, en 1969, había hablado con Roberto Cruz, el inspector general de policía cuando mataron a Obregón:

—Llegó Calles y le preguntamos a Toral quién lo había enviado a matar a Obregón y dijo: Dios. Por ahí anda todavía la madre Conchita que andaba metida en todo el lío.

Esta mañana pasé por la casa donde vivían Concepción Acevedo de la Llata y su esposo, Carlos Castro Balda. Se conserva como cuando entré aquella primera vez: un comedor, una sala, una recámara, un baño y una cocina. Habitación mínima, limpia, poca luz. Setenta pesos mensuales de renta. "Nos ayudan unos parientes”, dijo Castro Balda. Hoy habrían sido otras las preguntas. No hay persecución religiosa, México sostiene relaciones con el Vaticano, las manifestaciones de culto externo son cosas de todos los días y sus compañeros de aquellos meses violentos han pasado de la clandestinidad a los altares o van en camino. Hoy sí, seguramente, les preguntaría su opinión sobre el aborto. Sería la pregunta del momento, insoslayable, inevitable. Aunque, pensándolo bien, no, porque la respuesta es obvia: "Estamos del lado de la defensa de la vida”. Como en el caso de Obregón. Como el TNT explotado (todo debe decirse: sin víctimas, qué fracaso) en la Cámara de Diputados.

Vale el recuerdo con la excusa de que los viejos periodistas somos dados a evocar episodios de nuestro oficio para darles, a veces, las dimensiones de hazaña que nunca tuvieron. En este país respetuoso de todas las creencias terrestres y extraterrestres, no es imprudencia recordar episodios históricos que pueden orientar nuestros caminos, sobre todo cuando hoy, en un marco por fortuna de polémica pacífica y no de rebeldía armada o de terrorismo, se exponen todos los puntos de vista, las opiniones y las tesis acerca de la conveniencia o no de despenalizar el aborto en ciertas circunstancias específicas. Respeto todo lo que se dice de buena fe aunque no lo comparta, incluso aunque vaya contra mis propias convicciones, pero me opongo a que los dogmas de una organización religiosa, cualquiera que ésta sea, se impongan a todos los miembros de una sociedad laica.”

         El 29 de octubre de 1971 se estrenó la obra de teatro "El Juicio", en el teatro Orientación, llegando a 100 representaciones, original de Vicente Leñero, basada en aquel célebre Juicio.

         Falleció de una crisis bronco-respiratoria en 1979 a la edad de 87 años en la ciudad de México D.F., amortajada vistiendo el hábito de Capuchina Sacramentaria, ya que le fue concedido en 1963, vía rescripto papal pontificio, el privilegio de morir como religiosa.

PRIMERA PARTE:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21232&cat=235


SEGUNDA PARTE:

http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=21249&cat=237



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