LA MUERTE DEL GENERAL VILLA





El 8 de mayo de 1923, la casa de Melitón Lozaya muy temprano estaba barrida y regada; sus moradores desde las primeras horas de ese día arreglaron todo para recibir visitas, visitas muy importantes de quienes dependería la vida del jefe de la familia

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2017-07-20 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Gilberto Escobosa Gámez

De su libro titulado "FRAGMENTOS DE LA HISTORIA: Mi anecdotario”


 


El 8 de mayo de 1923, la casa de Melitón Lozaya muy temprano estaba barrida y regada; sus moradores desde las primeras horas de ese día arreglaron todo para recibir visitas, visitas muy importantes de quienes dependería la vida del jefe de la familia. El pretexto de la reunión fue una invitación a comer.

Un poco pasadas las diez de la mañana llegaron los primeros visitantes a "La cochinera”, lugar no lejano a Parral, Chihuahua, a quienes Melitón recibió con amabilidad. A las once se encontraban reunidos todos los invitados: Crisóstomo, Juan y José Barraza, Juan y José López Sáenz Pardo, Librado Martínez, Román y José Guerra, Juventino Ruiz y Ruperto Vera.

Lozoya les explicó el objetivo de la invitación, diciéndoles que todos tenían graves resentimientos contra el general Francisco Villa y que a él, tres días antes de esa fecha le había amenazado de muerte. Enseguida les habló claro, manifestándoles que estaba madurando un plan para dar muerte al ex jefe de la División del Norte, antes de que aquél se le adelantara, ya que no le quedaba más disyuntiva que matar o morir.

Melitón les dijo a sus amigos que reflexionaran antes de aceptar o no, su participación en el atentado, recomendándoles discreción en caso de no tomar parte. Dos de los hermanos Barraza, Crisóstomo y Juan, no aceptaron, tampoco Juventino Ruiz. Luego se sirvió la comida y no se habló más del asunto, prometiéndoles el anfitrión que al día siguiente les señalaría donde discutirían el plan.

Las reuniones se efectuaron en distintos lugares para no despertar sospechas, hasta que convinieron en que el mejor lugar para realizar la emboscada era Parral, donde Villa visitaba con frecuencia a una de sus mujeres que vivía en el barrio llamado "Guanajuato”; entonces los siete se dirigieron a ese pueblo a indagar en forma discreta que qué lugares pasaba el jefe de los dorados y luego fueron informados, optando por rentar unos cuartos ubicados en el número 19 de la Calle Gabino Barreda, cuyos frentes dan al lugar por donde pasaría el general.

Cuando estuvieron dispuestos, José Barraza le platicó a su primo Jesús Salas Barraza, diputado en el Estado de Durango, el plan que estaban realizando, decidiéndose éste a unírseles, dado que el Centauro del Norte era su enemigo a muerte. El representante duranguense disponía de mejores recursos económicos que los otros complotistas, por lo que a partir de su participación adquirieron mejores armas y parque en abundancia, disponiendo también de más dinero para su permanencia en Parral, dado que tuvieron que dejar de trabajar un poco de más de dos meses.

El 10 de julio a las 13:00 horas, estando todos los comprometidos en sus puestos, la persona que tenían como vigía les hizo la señal convenida y todos se prepararon para disparar en el momento oportuno. Cuando estaban a punto de hacerlo un grupo de niños que salían de una escuela les impidió hacer uso de las armas, causando una gran contrariedad a los ocho participantes de aquel tremendo complot; en esas fechas se sentían fatigados por la larga espera. Por fin llegó la mañana del 20 de julio de 1923. Poco antes de las 7:00 horas salió de los cuartos desde donde acechaban, Román Guerra y fue a unirse con Juan López Sáenz Pardo, vigía que estaba en un lugar donde se suponía que sería el paso del general. Entonces ambos entraron en una pequeña tienda donde estaban los ayudantes de Villa, quienes sin darse cuenta de la magnitud de su información, les dijeron que unos minutos más pasaría por allí su jefe y que le estaban esperando. Inmediatamente se dirigió a sus compañeros y todos se prepararon para el atentado.

Uno momentos después Villa pasó por donde estaba el vigía y le saludó con la mano; Juan López Sáenz y el general eran conocidos aunque entre ambos había dificultades. Juan hizo la señal convenida fingiendo que se limpiaba el sudor de la cara con un pañuelo rojo. Enseguida se escucharon los disparos de varios rifles automáticos. Villa, quien iba conduciendo el automóvil recibió trece balazos y murió instantáneamente, lo mismo que Trillo el secretario, Claro Hurtado y el chofer que en esos momentos iba de pie sobre el estribo derecho. El general Antonio Medrano al intentar bajar del carro fue herido y se refugió abajo del vehículo desde donde hizo algunos disparos. Ramón Contreras salió huyendo del interior del automóvil, herido, disparando; se refugió en uno de los guardacantones de un puente cercano y luego corrió conforme sus fuerzas le permitían, por el interior del río, hasta la casa de Villa.

Los homicidas, después de dar muerte al general Villa y a casi todos sus acompañantes, huyeron a caballo al Estado de Durango. Sólo Jesús Salas Barraza, quien se declaró autor de la emboscada, estuvo poco tiempo en la cárcel, siendo excarcelado cinco meses después. El único sobreviviente de la emboscada fue Ramón Contreras, quien perdió un brazo; el general Antonio Medrano falleció a los ocho días del atentado.
 


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