EN BUSCA DEL CONSUELO DE UN VIEJO AMOR: LA SOLEDAD





Era septiembre de 2005. Unas semanas antes, había terminado con mi novio de más de un año. Mis compañeras de apartamento y yo habíamos organizado una fiesta; nos íbamos a mudar de casa al día siguiente. Mi novio, otra vez, no me estaba hablando porque me vio...

Por New York Times América
Fecha de publicación: 2017-07-10 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Por Lisa Ko
NEW YORK TIMES

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Pagué diez dólares en el Registro Civil de San Francisco por una copia del certificado de defunción de una mujer a la que nunca conocí.

Era septiembre de 2005. Unas semanas antes, había terminado con mi novio de más de un año. Mis compañeras de apartamento y yo habíamos organizado una fiesta; nos íbamos a mudar de casa al día siguiente. Mi novio, otra vez, no me estaba hablando porque me vio conversando con un amigo. Fastidiada, le dije adiós.

La semana siguiente despotricó en un correo electrónico que acababa con una frase que me dejó sin aliento: "Espero que te violen hasta matarte”.

Habíamos planeado irnos a vivir juntos en el otoño. Aunque hacía meses que me había dado cuenta de que era una mala idea, tenía miedo de terminar la relación.

Tenía miedo de él. Nunca me había hecho daño físicamente, pero se enfurecía con facilidad y me asustaba su temperamento.

Así que envié mis pertenencias a la casa de mis padres en Nueva Jersey, anuncié mi partida en mi trabajo en una compañía productora de películas, hice todo lo necesario para poder irme a trabajar a la ciudad de Nueva York y me compré un boleto de tren para atravesar el país. Después de cinco años en San Francisco, estaba lista para volver a Nueva York, donde esperaba que él nunca me encontrara.

La mañana después de la fiesta, una de mis compañeras de apartamento me llevó en su auto a un pequeño estudio que iba a subarrendar por un mes. Era la primera vez que vivía sola en San Francisco y me quedaba despierta hasta tarde para ver películas y fantasear mientras miraba hacia la calle a través de una pequeña ventana; las luces del centro apenas se veían entre los espesos remolinos de niebla. Acompañaba mi desayuno con un libro y hasta compré flores para la mesa de la cocina.

Toda la vida me ha encantado estar sola. Como hija única, crecí leyendo y escribiendo cuentos mientras mis padres trabajaban. Al crecer, algunos de mis días más felices fueron aquellos en los que recorría una ciudad nueva, mientras caminaba sin rumbo por las calles de Tokio, Bangkok o París, decidiendo en el momento qué se me antojaba hacer.

Cuando recién llegué a San Francisco y todavía no tenía muchos amigos, pasaba horas en el autobús recorriendo la ciudad de un lado a otro, mirando por la ventana con los audífonos puestos, estudiando los vecindarios. Un día, pensé, el mapa de esta ciudad significará más para mí que solo líneas en una hoja. No obstante, cinco años después, cuando ya muchas de aquellas líneas representaban recuerdos y parecía imposible salir sin encontrarme a algún conocido, fantaseaba con recobrar el anonimato.

Llamé a mi madre para contarle que había terminado con mi novio y que regresaría a vivir a Nueva York.

Ella me dijo que seguramente había hecho algo que lo había molestado y que tal vez debía disculparme. "Se casará con alguien más y te vas a quedar sola”, sentenció. "Vas a cumplir 30 en dos meses”.

Su ansiedad me irritaba, pero yo también me sentía preocupada. Mis compañeras de apartamento y amigos se estaban yendo a vivir con sus novios y novias. Algunos se estaban comprometiendo.

No quería eso, pero temía que algo estuviera mal conmigo por no querer lo que todos los demás querían. Me hacía sentir incómoda, como cuando la gente expresaba su preocupación por el hecho de que viajara sin acompañantes.

"¿No te vas a sentir sola?”, preguntaban. "No”, contestaba yo, pero me preguntaba si no me estaría mintiendo a mí misma.

Anhelaba el anonimato que me había llevado de Nueva York a California. Había estado muy poco tiempo en San Francisco cuando decidí irme a vivir ahí. Lo primero que supe de San Francisco fue a través de una amiga por correspondencia de la infancia, Marie Sasselli, una mujer que me llevaba más de 70 años.

Mi padre había conocido a Marie cuando él era un estudiante universitario de Filipinas que trabajaba como mesero en una cafetería de San Francisco durante las vacaciones de verano. Marie, sin darse cuenta, dejó un billete de 20 dólares en la mesa, una cantidad demasiado generosa en ese entonces para ser una propina. Cuando regresó, unas horas más tarde, mi padre le devolvió el dinero y se hicieron amigos.

En aquella época, ella ya tenía más de 50 años; nunca se había casado ni había tenido hijos. Ella y su amigovio llevaban a mi papá a Ocean Beach y Berkeley en sus días libres. Luego, cuando mi padre regresó a la Universidad Estatal de Utah y, más adelante, cuando se mudó a Queens y de ahí a Nueva Jersey, él y Marie intercambiaban tarjetas navideñas.

Yo tenía ocho años, estaba obsesionada con el correo postal y buscaba pretextos para enviar cartas, cuando mi madre me dijo: "¿Por qué no le escribes a Marie? Ella está sola”.

Durante años, Marie fue mi más leal amiga por correspondencia; me mandaba cartas escritas a máquina sobre papel grueso de colores pastel. Ella también me envió postales del puente Golden Gate, en las que describía el clima y la suite del hotel donde vivía.

A medida que crecí, me tomaba más tiempo contestar y prefería a los amigos por correspondencia de mi edad. Cuando llegaba a casa esperando encontrar la última edición de la revista Spin y en cambio veía uno de los sobres rosados de Marie, me sentía decepcionada.

Una vez le hablamos por teléfono en Navidad. Estaba en su habitación y le sorprendió saber de nosotros. "Pásala de lo mejor estos días con tu familia”, me dijo y yo pensé en lo extraño que era que ella no tuviera una familia.

En 1988, cuando cumplí 12 y Marie tenía 84, el correo me devolvió una carta que le había escrito, con la leyenda "Intento: destinatario desconocido”. Mi padre llamó, pero no hubo respuesta. Mis papás pensaron que tal vez había muerto; nunca se me había ocurrido esa posibilidad. Me preguntaba quién habría vaciado su habitación y si habría encontrado mis cartas.

Ahora, viviendo en el estudio subarrendado, recordé dónde había vivido Marie: en la calle Post, que no estaba lejos de donde me encontraba. ¿Podría ser que estuviera viva? Era poco probable, tendría 101 años.

Salí y caminé por su calle, pero no pude recordar el número.

Entonces decidí ir al Registro Civil. Pagué una tarifa y, una hora más tarde, un empleado me entregó un sobre blanco con el certificado de defunción de Marie en el interior. Había nacido el 22 de enero de 1904 y murió el 20 de junio de 1988. (Aquel mismo verano en el que yo me embarraba bloqueador solar color neón en la nariz en la piscina del pueblo). Estado civil: Soltera. Ocupación: Secretaria. Marie había muerto en el hospital, de un ataque cardiaco. Había vivido en el 628 de la calle Post.

El certificado de defunción me dio una certeza que no había esperado. Después del trabajo, fui a la calle Post, pero no di con el 628. Entré a un restaurante y pregunté si alguna vez había habido un hotel con suites residenciales en el 628. Nadie sabía.

Tres noches después, regresé a mi estudio subarrendado tras mi fiesta de despedida. A la mañana siguiente abordaría el tren a Nueva York; mis maletas ya estaban empacadas y en el pasillo.

Me senté en la mesa de la cocina, viendo mi reflejo en la ventana. Me encantaba estar sola, pero ¿qué tal si me gustaba demasiado? ¿Qué pasaría si acababa como Marie? Analicé los cuadros en la pared y las flores en el jarrón de vidrio.

Me había despedido de mis amigos con un abrazo y había llorado. Los iba a extrañar, pero también estaba emocionada. Desde que había terminado con mi novio, ya no me preocupaba que arremetiera contra mí ni que saliera hecho una furia de la casa por cualquier tontería. Haber remplazado esas horas de peleas y gritos con una calma precaria era para mí un regalo. Que mis días fueran míos de nuevo, que yo fuera yo otra vez. Dormía bien por primera vez en años.

Tal vez a Marie le habría dado gusto que fui a buscarla, saber que todavía era recordada. Mi madre pensaba que la vida de Marie había sido solitaria y triste. Sin embargo, vivir en un hotel en el centro de San Francisco no me sonaba mal. Permanecer en una relación infeliz por tener miedo de no ser lo suficientemente fuerte para estar sola, eso sí que era triste y solitario.

Pensé en las decisiones que había tomado Marie. Nunca sabré con qué se había conformado ni en qué se había empeñado, pero yo tenía claro en lo que no estaba dispuesta a ceder.

En la mañana, una amiga me llevó a la estación de ferrocarriles y, mientras el tren se ponía en marcha, me llené de dicha. El tren recorrió las sierras y las Rocallosas; sentí cómo se alejaba mi antigua vida y se iba gestando algo nuevo.

Así pasaron los días. Cambié de tren en Chicago. Cuando comencé a escuchar acentos neoyorquinos, supe que estaba en casa.

Me mudé a un apartamento cerca del río Hudson, en Brooklyn, pinté las paredes de amarillo, azul y rosa. Para ese entonces ya era invierno, hacía mucho frío y el viento resoplaba en las calles, pero en el interior de mi hogar se sentía calor.

Estaba sola, muy sola, y nunca me había sentido más feliz.

--Lisa Ko, quien reside en la ciudad de Nueva York, es autora de "The Leavers", que salió a la venta en mayo.

@nytimesES

Publicación por cortesía de NEW YORK TIMES en español

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