1857-1957 "Y CABORCA SE CUBRIÓ DE GLORIA” - 2017





Del baúl de mis recuerdos, la participación de la Banda de Música de la Universidad de Sonora en el 1° Centenario de la defensa heroica de la perla del desierto. Encabezamos el desfile al Templo histórico, donde se defendió la soberanía. El episodio lo divulga mi amigo y escritor Juan Antonio Ruibal Corella, en su clásico libro.

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2017-04-07 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia

 

 

Héctor Rodríguez Espinoza       

"La túnica de la Patria se había roto y había qué coserla: por aguja, la espada; por hilo, la sangre."

Del baúl de mis recuerdos, la participación de la Banda de Música de la Universidad de Sonora en el 1° Centenario de la defensa heroica de la perla del desierto. Encabezamos el desfile al Templo histórico, donde se defendió la soberanía. El episodio lo divulga mi amigo y escritor Juan Antonio Ruibal Corella, en su clásico libro.

Interpretamos la Obertura Fra Diábolo, de Franz Von Suppé. El orador, Lic. César Tapia Quijada +. (Dos notables ex catedráticos de la Escuela de Derecho.)

César pronunció una elocuente pieza –ya no se escuchan, en la actual pobreza discursiva-.  Selecciono conceptos:

"Al llegar a los oídos de los conquistadores el eufónico nombre de Sonora, conversión al castellano del ópata "Sonotl", hoja de maíz o musicalización en la dulce lengua indígena de "Señora", con que los naturales invocaban a la virgen, aquel sustantivo empuja las puertas de la fantasía y se transforma en mensaje legendario; Sonora: zona-áurea, de oro, porvenir en donde acaso surgieran, como oasis en el desierto, las ciudades fabulosas del reino de Quivira.

Seducido por los relatos de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y del peregrino Fray Marcos de Niza, insatisfecha el ansia de rescatar  incógnitos tesoros, profanar imperios y aprisionar lejanos panoramas, el español marcha hacia el Noroeste.

Diego de Guzmán, sobrino del conquistador de la Nueva Galicia, parte del valle de Culiacán el 4 de julio de 1533. El 30 de agosto cruza el Río Mayo y a principios de octubre llega a las riveras del Yaqui. Atraviesa un pueblo recién abandonado, y río abajo, sale a su encuentro una partida de aborígenes.

En la cintura, manta de algodón. Los pies, duros, en sus huaraches. Y en los brazos y piernas, cascabeleando, mil sonajas monorrítmicas. Arrojan al aire puñados de tierra en señal de desafío, ensayan contorsiones y visajes y mueven con violencia, al son de los primitivos atabales, lanzas y macanas. El bélico bullicio se interrumpe y uno, ataviado con fastuoso penacho de plumas multicolores, cual arco iris reclinado sobre su espalda morena y musculosa, se adelanta. Llega hasta unos pasos de la cabalgadura del jefe de la expedición. Arrogante, traza una línea sobre el suelo y en gesto magnífico, dobla, reverente, la rodilla y deposita un beso sobre la tierra venerada de sus antepasados. Se yergue y con ademán firme, extendiendo la diestra hacia el sur, señala a los intrusos el camino de regreso.

Tan hermosa escena, digna y gallarda epopeya, merecía figurar, como emblema, en el escudo de nuestra provincia, símbolo en el alma de cada sonorense... Porque no es sólo una página de grata evocación, perdida en los anales de la historia, sino síntesis, alegoría de ese pasado en el que incontables veces, frente a los traidores, indecisos e indiferentes, se ha plantado el sonorense, mexicano auténtico, para indicar al temerario invasor el camino de regreso, oponer su pecho a las balas del filibustero, enfrentarse a la tiranía y proclamar, con voz unísona y viril, como hoy lo hace desde el atrio de este Templo Venerable, que Sonora vive orgulloso de su presente. …Con fe en su juventud idealista; que sabrá cumplir como Baluarte de la Patria, si así se lo demanda su destino, como en la conquista, como en Guaymas frente a las huestes del Conde Raousset de Boulbón y en esta Heroica Caborca frente a las hordas de Enrique Crabb.

…La guerra del 47 significó para México el inicuo despojo de más de  la mitad de su desangrado territorio y, paradójicamente, como si un hado caprichoso se empeñara en burlarse de nuestro destino, apenas salidas del dominio nacional las comarcas amputadas por las bayonetas, la Alta California ofrece al mundo su riqueza inverosímil; miles de inmigrantes acuden por la codicia y la locura del oro logra, en meses, lo que en tres siglos no había realizado el empeño de monarcas y virreyes.

Aún no termina el vencido de sepultar a sus muertos y se acumulan, sobre la frontera, amenazas. Los desplazados del festín californiano, hambrientos de tierra y de botín, restiran el mutilado mapa de la Patria.

Vuelven a resonar, como alaridos de hienas, los de los ambiciosos. Y nuestro país, torpemente conducido por la administración santanista, debilitado por las incesantes luchas intestinas, vive los momentos más dramáticos de su historia. …

El filibusterismo es hijo ilegítimo del bandolerismo internacional. Su lema no es el acatamiento a la fuerza augusta del derecho, sino la práctica brutal del derecho de la fuerza.

Henry A. Crabb, prototipo de los buscadores de fortuna, trunca su carrera política para confabularse con traidores y al frente de un ejército de aventureros norteamericanos, esgrimiendo los argumentos con que acostumbran disfrazarse los atentados más incalificables, se lanza a conquistar Sonora. Desde Sonoita, al cruzar la frontera, dirige al Prefecto de Altar una nota, cuya insolencia no oculta su temor hacia las justas represalias de los sonorenses:

"No he venido a ofender a nadie.... No nos trae una intriga pública ni privada... Desde mi llegada no he dado indicios de planes siniestros...; es verdad que estoy bien provisto de armas y municiones.... Tenga usted cuidado, señor, porque cualquier cosa que tengamos que sufrir, la venganza caerá sobre la cabeza de usted y la de aquellos que le ayuden...".

El General Ignacio Pesqueira, Gobernante patriota, recoge, en vibrante proclama el desafío:

"SONORENSES LIBRES: Ha sonado la hora que os había anunciado... Habéis oído en esa arrogante carta la más explícita declaración de guerra pronunciada en contra nuestra por el jefe de los invasores. ¿Qué respuesta merece? La de marchar a encontrarlo. Volvemos pues, a castigar con todo el furor que apenas puede contenerse en un corazón preñado de encono contra la opresión, al salvaje filibustero que ha osado en mala hora pisar al territorio nacional y provocar ¡insensato! nuestra saña... Muy pronto  volveremos llenos de gloria después de haber asegurado para siempre la prosperidad de Sonora y consagrado en indelebles letras, a despecho de la tiranía, este principio: "EL PUEBLO QUE QUIERE SER LIBRE LO SERÁ". ¡Mueran los filibusteros! ¡VIVA MÉXICO!".

Se alistan los batallones voluntarios y la Guardia Nacional y corre a marchas forzadas el Capitán Lorenzo Rodríguez, dispuesto a contener al invasor.

Primero de abril. ¡Se acercan los filibusteros! El antiguo templo brinda refugio a las familias caborquenses. ¡Satura el ambiente la angustia! Salen los Patriotas, con el entusiasmo que da la posesión de la justicia y la decisión que arranca de la conciencia del deber. A la vanguardia, a paso de epopeya, como centauros, avanzan jinetes. Y al advertir al enemigo, parapetado estratégicamente, en un arranque de hombría, se adelanta el Capitán Rodríguez y le demanda rendición. La respuesta es el seco latigazo de una descarga y surge, como lance homérico, el Capitán Zúñiga, rescata, entre el polvo y la humareda de la lucha, el cuerpo agonizante del Primer Héroe de la defensa.

El edificio que erigieran en la otrora Misión del Padre Kino, los frailes franciscanos, se transforma en fortaleza de los defensores. Ansioso de precipitar el desenlace, Crabb concibe el vandálico pensamiento de volar con un barril de pólvora el ala del convento con mujeres y niños.

Sale de su madriguera a la cabeza de un pelotón. Avanzan, arrastrándose como reptiles; encienden la mecha y despiadados se aprestan a impulsar el proyectil. Pero como si la mano de la Providencia velara por las vidas inocentes en el templo, tres asaltantes ruedan sin vida y el cabecilla, herido, retrocede: cuando la pólvora está a punto de estallar, la llama detiene, de pronto, su carrera, oscila y se apaga milagrosamente.

Transcurren los primeros días del mes. La batalla continúa, sin ceder en fiereza y mientras el Capitán Bernardo Zúñiga estrecha el asedio, se presentan contingentes de auxilio. Con los intrépidos dragones presidiales, los soldados de la Guardia Nacional y voluntarios.

Tuapes y Bavispes. Cucurpes y Altarenses. Hijos de Caborca y Pitiquito. Sonorenses de toda la frontera y del centro y sur de la provincia ofrecen a la República, para renovar sus glorias, alimentar su resurrección, salvar su dignidad, el holocausto de sus vidas.

El día cinco en la mañana llega el Comandante Hilario Gabilondo. Después asume el mando el Coronel José María Girón. Y al iniciarse el sexto día, se preparan los batallones para el ataque decisivo.

Pero, inesperadamente, siete flechas surcan el espacio, describiendo parábolas de fuego y sin más derramamiento de sangre mexicana, un oscuro indio pápago reclama en justicia el título de vencedor del soberbio Henry A. Crabb. Él merece un sitio de honor en la memoria, al lado de los combatientes. Su imagen de flechador se dibuja enhiesto bajo el cielo de Caborca y al evocar su hazaña, todos los Corazones se conmueven. Juan Francisco Javier: ¡Con tu presencia indígena; con tu arco victorioso, con la bizarría milenaria de tu raza, desde hace cien primaveras y por la eternidad de los tiempos, la Patria te consagra Centinela Inconmovible del Desierto!

A media noche, Gabilondo exige a los supervivientes rendición incondicional. Instantes de emocionada espera y por fin, detrás de una bandera blanca desfilan, de entre las ruinas, los rostros marcados con el rictus de la derrota.

Al más joven lo indulta la magnanimidad del Comandante. El siete de abril, frente a los piquetes de ejecución, cincuenta y ocho prisioneros se derrumban. Otra partida, capturada el día nueve, paga también su audacia. ¡Y Caborca se convierte en la tumba del último filibustero!

Repetimos la frase de algún historiador: La túnica de la Patria se había roto y había qué coserla: por aguja, la espada; por hilo, la sangre. Por defender la integridad del territorio nacional. Por conservar incólume la tradición de patriotismo de los ciudadanos sonorenses. Por salvar la vida y honra de las mujeres y los niños. Por el respeto a los sagrados derechos de los débiles. Por mantener inmaculados los hermosos colores de nuestra bandera incomparable. Por nuestra tierra bendita, cielo azul y sacrosanta libertad, sin la cual no hay alegría, ni justicia, ni progreso. ¡Por el honor de México! Por todo eso combatió en este lugar hace cien años el pueblo de Sonora.

…¡DESCANSAD EN PAZ! ¡Vuestros cuerpos han germinado! ¡Vuestro ejemplo ha sido Ley! ¡VUESTRA SANGRE HA SIDO FECUNDA!”

Nota: Recomiendo el ensayo Las dos historias sobre los filibusteros de Caborca, de Arnulfo Castellanos en: http://fisicahistoriayasuntosuniversitarios.blogspot.mx/2015/08/las-dos-historias-sobre-los.html

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