BLANCA NAVIDAD





Era la víspera de Nochebuena y todos estaban optimistas excepto un abnegado servidor que se tiraba una oreja y no se alcanzaba la otra. Por más que procuré hacer un presupuesto bien equilibrado para los gastos hogareños de enero próximo

Por Gilberto Escobosa Gámez
Fecha de publicación: 2016-12-23 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Gilberto Escobosa Gámez

De su libro titulado "LOS CUENTOS DE DON GILBERTO”


Era la víspera de Nochebuena y todos estaban optimistas excepto un abnegado servidor que se tiraba una oreja y no se alcanzaba la otra. Por más que procuré hacer un presupuesto bien equilibrado para los gastos hogareños de enero próximo, los números se empecinaban en no dar las cantidades suficientes para pasar ese mes sin muchas restricciones. Sucedía que los gastos navideños me dejaron en condiciones de salir con un traje viejo, un sombrero y un botecito a pedir limosna. No encontraba más que una solución un tanto artificial a los problemas que tenía que encarar: NO cubrir la mensualidad del coche ni pagar al antipático casero y... tomar cafiaspirinas y tranquilizadores.

Todo se me venía encima a pesar de que en la Oficina de Egresos y Proyectos no se hace ninguna modificación a los presupuestos de gastos, sin consultarme en mi calidad de perito. Pero en cuestiones de la economía del hogar soy un verdadero fracaso cuando cuento con la obligada colaboración de Tulancinga mi esposa, para quien los economistas somos las personas más inútiles del mundo. Para ella, la encargada de derrochar los centavos que gano trabajando como un negro, el dinero sólo sirve para comprar ropa elegante y vivir como la flor y nata de la nobleza británica; hasta dice que poseo un aire del príncipe Felipe (será el que respiro). Mi Tuli, pues, sigue al pie de la letra el consejo de uno de sus antepasados: "El deber es lo primero”, y por tanto le debe dinero a medio mundo, por lo cual soy un hombre de letras... sin pagar.

Pues... sí; todos estaban en casa, antes de acostarse, con sus rostros alegres como si les hubieran dado el cambio de más en la tienda, con excepción mía porque no podía quitarme aquella cara de pocos amigos que daba miedo. Y no había la menor duda, hasta la almohada que dizque es buena consejera, se estaba haciendo la tonta y me traicionaba.

Por fin, después de pronunciar en voz baja muchos modismos prohibidos por las buenas costumbres, me quedé dormido pero sin prescindir de aquella cara buena para espantar a los cobradores, a los odiosos cobradores. Luego comencé a soñar que por la chimenea bajaba una canasta llena de billetes de banco con los retratos de Allende, Hidalgo y Morelos, sin faltar uno que otro con el de Lincoln. Supe que era Santa Claus el generoso, porque vi sobre el dinero unos pelos blancos. ¡Qué sueño tan hermoso el de volver a creer en el viejo de luengas barbas! La fe mal encaminada es la fortaleza de los ignorantes, de los débiles y los fracasados. Yo me consideraba en esas fechas, entre los terceros.

Soñaba y soñaba porque soñar no cuesta nada, cuando desperté al escuchar que tocaban la puerta de la casa; ya mi Tulancinga también había despertado.

-Tulita –le dije-, ve a ver quién toca.

-¿Y si es un ladrón?

-Los ladrones no tocan, mujer tonta; esos entran sigilosamente.

-¡Ah! Pues iré. ¿Estás seguro de qué los ladrones no tocan?

-Estoy seguro. Además, ¿Quién se va a ocupar de robarse mis deudas?

Sin embargo, por aquello de las dudas, mi mujercita fue a la cocina y tomó un rodillo grande, con cuyo manejo es una verdadera experta. Y yo, con la seguridad de que mi Tulita iba bien armada, quedé tranquilo, mas... Escuché unos gritos "¡Es Santa Claus! ¡Es Santa Claus!” Con toda rapidez que me permiten los 96 kilogramos de peso, corrí rumbo a donde se encontraba Tulancinga, derribando como un tornado cuanto mueble me encontré en mi camino. Al llegar a la puerta que da a la calle, frené y me fui patinando con un tapete hasta que caí cuan largo soy, haciendo temblar a toda la casa como si hubiese caído un elefante.

¡Ah! Pero ahí estaba Santa Claus, sonriente, sonrosado y son su barba blanca. Ante él estaba mi Tulita de hinojos rezando un Padrenuestro y haciendo zalemas orientadas hacia la Meca.

Mi mujercita es hija de mexicana y de árabe, y frecuentemente mistifica las religiones católica y musulmana; por eso no me sorprendió encontrarla haciendo oraciones cristianas y a la vez diciendo: "Sólo Alá es Dios y Mahoma es su profeta”, y "Calam Aléic” al presunto Santa Claus.

A los tres pellizcos que di a mi mujer para cerciorarme de que no estaba soñando, caí en la cuenta de que me encontraba despierto, y pensé: "¿Qué me estaré enloqueciendo más?” ¡Estas condenadas deudas me llevarán a un manicomio!”

A pesar de que he pasado por una escuela de Economía de donde se sale siendo positivista, el agobio de las deudas me colocó en la categoría de los ignorantes y comencé a pedir: "¡Cancélame las deudas, Santa Claus!”, mientras mi Tuli pedía un coche nuevo, una casa nueva y el "gordo” de la Lotería, menospreciando a su gordo marido.

Mucho deben haberse reído los agentes de la Policía cuando llegaron; por cierto era tanta nuestra excitación que no escuchamos la sirena del carro oficial ni la escandalera de los vecinos al abrir las puertas y ventanas para investigar de qué se trataba todo aquel barullo.

Mientras nosotros volvíamos a la realidad, los agentes aprehendían a los "rebeldes sin causa” que quitaron el Santa Claus de ornato de una de las glorietas y lo pusieron en la acera de casa después de tocar la puerta y salir corriendo.

Ojalá que los señores periodistas que dondequiera meten sus narices, no se den cuenta de este incidente; pues ya llevo bastantes piedritas en la mochila y no aguantaría una más.

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