SANGRIENTO FIN DE AÑO INDÍGENA DE SONORA (Parte 2)





La proverbial vulnerabilidad de nuestras etnias no debe re marginar su persecución, desde el primer encuentro aquel 4 de octubre de 1629 en el Río Yaqui, hasta las guerras de exterminio y apropiación sus tierras, subsuelo y aguas.

Por Héctor Rodríguez Espinoza
Fecha de publicación: 2016-11-25 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



Por Héctor Rodríguez Espinoza

La expedición a la isla del tiburón de 1904 II/IV

Sinopsis: PERSECUCIÓN

La proverbial vulnerabilidad de nuestras etnias no debe re marginar su persecución, desde el primer encuentro aquel 4 de octubre de 1629 en el Río Yaqui, hasta las guerras de exterminio y apropiación sus tierras, subsuelo y aguas.

Páginas vergonzantes de ese desigual combate se contienen en un cada vez más desconocido y cásico volumen de Don Federico García y Alva (edición de Ing. Manuel de J. Sortillón Valenzuela), "México y sus progresos." "Album-directorio del Estado de Sonora, Hermosillo, Imprenta Oficial dirigida por Antonio B. Monteverde, 1905-1907.

Contiene, para interés de esta colaboración, "Informe al Gobernador Rafael Izábal y al Vicepresidente Ramón Corral, Enero de 1905”). [439]p. Photos, boards, tall 4to, rebound into green leather boards Very Good Hardcover Directory for various businesses, services, locales and sights in the state of Sonora. Includes details on notable inhabitants and indigenous communities. Interspersed are advertising leaves. Accompanied by hundreds of black and white photographs and a directory with addresses for various companies and organizations (Item ID: 171560) $500.00.

Comparto con mis lectores el texto de dicho Informe, sólo anteponiendo a la narración pertinentes subtítulos:    

AVANCE

" …Solo sabíamos que íbamos en busca de los Seris y de los Yaquis y que solo sus huellas nos guiarían por aquella ingrata y árida Isla que por mucho tiempo no se borrará de nuestra imaginación, y en cuyas playas habían sucumbido varias expediciones a manos de aquella feroz tribu. Desde el principio de nuestra marcha todo contribuyó a hacerla más sombría: su miserable vegetación, formada por unos cuantos árboles raquíticos y algunas plantas fibrosas con las que  hacen sus desdichadas chozas y sus arcos y sus envenenadas flechas, los verdaderos ejércitos de elevados  cactus que pueblan sus montañas y que más de una vez se acercan a figuras humanas. Sus desesperantes espinosos y prolongados matorrales y su blanquecina y quemante tierra, y su horriblemente ardiente sol, todo, todo hacía muy penosa la marcha, que silenciosos seguíamos por aquellas funestas veredas y aquellos primitivos caminos hasta entonces solo cruzados por la planta del Seri. Horas enteras, que parecían eternas, seguimos sedientos y jadeantes sin oír más ruido que el acompañado de la marcha del convoy.
 
Isla_del_Tiburon

Repentinamente las fatigas y las penas de aquella extraña marcha llegaron a un grado máximo, habíamos entrado a un sombrío y profundo cañón formado por dos elevados y apretados cordones de montañas que a cada paso parecían derrumbarse sobre nosotros. El sol a esas horas ya derramaba fuego  y fuego sentíamos también en nuestras plantas al hundirlas sobre la pesada y calcinada tierra del interminable y diabólico arroyo que cruzábamos; cada paso que dábamos por sobre aquel arroyo de plomo que no de arena, nos costaba un sacrificio y aquello ofrecía una perspectiva de inacabables sacrificios, pues mientras más penetrábamos, más angustiosamente penoso era el camino.

Por fin, cuando el sol iba más allá de la mitad de su carrera, el cañón se cerró de tal modo que fue imposible seguir adelante, pues teníamos elevados y escarpadísimos cantiles al frente y a los lados.  Se dio la voz de ¡alto! por el Sr. Gobernador y los menos acostumbrados a ese género de penalidades nos tiramos a descansar sobre la dura peña. Indudablemente que ahí los Seris se habían  desparramado por sobre las filosas crestas de las montañas, pues si bien era cierto que las huellas no se habían perdido, también lo era que estaban señaladas por distintos lados, especialmente por uno, el menos inaccesible y adonde parecían refluir todas las pisadas para seguir montaña arriba… pero… ¡qué montaña!... llena de maleza y de espinas, de matorrales y de cactus de inmensos peñascos y de profundas grietas.

El Sr. Gobernador, después de hacerse cargo de la situación, envió dos grupos de exploradores: uno formado por el Sr. Comandante Medina Barrón y el Sr. Dr. Lorenzo Boido con alguna fuerza, y otro por el Sr. Subteniente Cota con nacionales y Pápagos. Regresaron los exploradores y dieron cuenta, el primero, de que a una intensísima distancia se distinguían la playa  y espesos manglares, y el otro de que las huellas seguían montaña arriba. En esta situación el Sr. Gobernador ordenó que a las órdenes del Sr. Capitán Flores se organizara una fuerza mixta compuesta de Federales, Pápagos y Nacionales y siguieran las huellas hasta atravesar la Isla o encontrar a los indios; esta fuerza llevó las mismas instrucciones de la primera de no abrir fuego sino en caso extremo. El resto de la fuerza se regresó con nosotros por el mismo único y penosísimo camino que nos había llevado ahí; ya en el campamento comimos y luego nos dividimos en grupos pequeños y nos lanzamos por distintos puntos de la Isla.

Unos encontramos un cementerio Seri situado en una pequeña meseta; ya se supondrá que los sepulcros de esa tribu son enteramente burdos: un hoyo a más o menos profundidad, el cadáver liado en su andrajos, tierra encima y en la superficie un montón de piedras; cerca del cementerio había un fortín formado también con piedras. Otro grupo encontró trazados con los dedos en la tierra y muy grotescamente y de grandísimas dimensiones, un hombre y un caballo; otro grupo encontró un sitio adecuado para trasladar el campamento, pues además de estar menos a descubierto de los vientos, ofrecía sombra uno de los  poquísimos árboles exuberantes que hay en la Isla y que los nativos llaman "Texcalema”.

Ahí fue trasladado el campamento y a efecto de que huyeran los bichos que pudiera haber, se quemó el matorral en una buena extensión.  Tomamos una vista en esos momentos y nos resultó de las más afortunadas; sentado sobre un saco de harina se ve el Sr. Gobernador Izábal, cerca de él a algunos de sus acompañantes, aquí y allá la poca impedimenta que se llevó y en el fondo las espesas nubes de humo que se desprenden del incendio. Cuando la noche se arrojó sobre el campamento y lo envolvió con sus negruras en medio de las monotonías y tristezas propias de la montaña, se  recurrió a las indispensables fogatas que pronto densamente lo iluminaron. Entonces, comunicando mis impresiones solamente a mi compañero de trabajos, para que ni remotamente fuese a suponerse que más que impresiones del alma y reflejos del cerebro eran más o menos oportunos elogios al pro–hombre del Estado, entonces digo, intensa y sinceramente… admiré al Sr. Gobernador Izábal. Él, por cumplir con sus delicadísimas funciones abandonaba las dulzuras de la familia y la tibia atmósfera del hogar, dejaba las comodidades de su casa y las garantías de la ciudad e iba sereno a penalidades y privaciones;  valiente a perseguir al ladrón, al asesino y al salvaje  hasta los últimos baluartes que oponía en las gargantas y en las cañadas de la sierra; ahí estaba con nosotros comiendo carne seca y frijoles el que debe de tener llena la despensa de exquisitas viandas, sufriendo con nosotros los azotes de los vientos y con nosotros rodeando la caliente luminaria.

Entonces me callé, pero hoy que saliendo mi libro al público saldré yo del Estado de Sonora para seguir mi labor en otra localidad, y que por lo tanto no puede por ningún concepto suponerse que mi sincero cuan justo elogio va envuelto en el deseo de vulgares miras, hoy lo lanzo a los cuatro vientos de la publicidad porque es de justicia que se sepa cómo hay Gobernantes de la condición del Sr. Izábal, que abandonan delicias de hogar y seguridades de ciudad y con mengua de sus comodidades y con peligro de su vida, va a sufrir serenos y a luchar valiente para darles garantías a sus gobernados. Pensando en estas grandezas humanas, desgraciadamente tan poco comunes, rendido por la espantosamente inolvidable jornada de ese día y cubierto por la inmensa y estrellada bóveda del cielo, me dormí sobre la entonces mullida arena del nuevo campamento.

Como de costumbre, el Sr. Gobernador fue el primero que despertó y en seguida  nos fuimos levantando todos.  Y tras del frugal desayuno del café solo y carne seca, dio sus órdenes para que una partida de vaqueros fuese en busca de los Pápagos y no regresara hasta traer noticias de ellos. A la mitad del cañón donde se encontró la primera tinaja de agua dulce, venían regresando las dos fuerzas trayendo a las primeras prisioneras Seris, que desde luego fotografiamos.  Su aspecto no podía ser más repugnante, horriblemente pintarrajeadas del rostro, sucias hasta la exageración, las enmarañadas cabelleras acusando no haber pasado por ellas jamás un peine, la mirada hipócrita e inquieta y las ropas asquerosas, parecían más venir de la cloaca que de la montaña.

Don Rafael Moreno rindió su parte. Siguiendo las instrucciones del Sr. Gobernador, él y su fuerza se habían internado por el corazón de la Isla y después de largas horas de camino, uno de los Pápagos que caminaba por la sierra descubrió a buena distancia, cerca de un espeso manglar a orillas de la playa, una ranchería ocupada por gran número de indios. Indudablemente que alguno o algunos de los Seris vieron también al Pápago porque, no obstante que la fuerza de Don Rafael Moreno a sus órdenes rápidamente echó pié a tierra y se apercibió para  el encuentro, cuando este momento supremo llegó ya los indios, entre los que había varios Yaquis, habían tomado posiciones para el combate. No obstante esta actitud hostil, el Sr. Moreno, siguiendo las instrucciones del superior, enarboló un lienzo blanco y aún a grandes voces les dijo que depusieran esa actitud pues que su misión era pacífica, pero seguramente los Seris bien por su natural salvajismo, bien porque  se creyeran  invencibles en las posiciones que habían tomado, o bien, y esto ha de haber sido lo más probable, porque estuvieran envalentonados con la compañía de los Yaquis y con lo que éstos hubieran podido hacerles entender acerca de que era necesario aniquilar a quienes se presentaran, el hecho fue que a la bandera y a las frases de paz con que les brindó el Sr. Moreno, contestaron abriendo desde luego el combate, unos, disparando las pocas armas de fuego que tenían y otros disparando sus flechas, pero todos en medio de una horrible gritería. …”

(Continuará)

Parte 1:

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